punto de partida

septiembre 13, 2020 § 2 comentarios

El cristianismo quizá fuese otra cosa si entendiéramos que, de facto, lo primero no es la creencia, sino nuestra incapacidad para la confesión. Esto es, que como cristianos más bien permanecemos en la falta de fe. En su lugar, unas cuantas suposiciones (y en el mejor de los casos, una cierta solidaridad). La fe es patrimonio de unos cuantos elegidos. O eso parece. A lo sumo, podemos decir que creemos que aquello en lo que cree el testigo es verdadero. Pero por honestidad, deberíamos admitir que la mayoría no nos encontramos en la situación en la que la fe es posible. O por decirlo de otro modo, no hay fe que valga para el escriba o el fariseo —para el satisfecho de sí mismo (y de paso, de su piedad)—. Quizá no sea casual que las eucaristías comiencen con un acto de contrición. Nos equivocamos donde creemos que lo que nos une cristianamente es la fe. En el día a día, lo que nos reúne es, precisamente, nuestra falta de fe. Y no estaría de más que fuéramos conscientes de ello. Una vez más, Deus semper maior. Y quien dice Dios, dice aquel que lo encarna.

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