asuntos pastorales

septiembre 18, 2020 § 1 comentario

En la cancha cristiana, suele darse un exceso de tenemos que. Así, por ejemplo, desde el púlpito no es raro escuchar que como cristianos tenemos que experimentar la alegría de la salvación y obrar en consecuencia. No, tendríamos, sino tenemos. Como si se tratara de un propósito moral. Sin duda, el punto de partida de la fe —y aquí conviene tener en cuenta que tener fe es, antes que nada, un confiar— es la experiencia de la redención. Pero ¿cabe tenerla donde no sentimos ninguna necesidad de ser redimidos —donde lo habitual es la satisfacción—? Quien se encuentra hundido en la depresión —quien no tiene el pan de cada día con el que dar de comer a sus hijos— clama por el Mesías, por decirlo así. En gran medida, es ese clamor. Sin embargo, ¿qué salvación pueden esperar quienes aún creen en sí mismos, en su posibilidad? La fe es, sobre todo, una respuesta. Y una respuesta confiada a quien, tras habernos sacado del pozo en el que nos hallábamos, nos pregunta: ¿y tú quien dices que soy yo? Donde nos ahorramos la pregunta no puede haber fe, sino en cualquier caso una suposición entre otras. El tenemos que no va a ningún lado. A lo sumo, contribuye a acentuar un desenfocado sentimiento de culpa, por no hablar de la tentación pelagiana. Pretender experimentar la salvación donde no partimos del clamor supone forzar las cosas. Y de aquí a la neurosis media un paso. Quizá sería mejor reconocer de entrada nuestra falta de fe y, de paso, escuchar a quienes, con su testimonio, pueden hablarnos de Dios. Aunque, por lo común, tengan mucho que callar. O precisamente por esto.

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