una fe adulta

octubre 1, 2020 § 2 comentarios

¿Qué esperanza pueden tener quienes han perdido la ingenuidad? ¿Qué fe, para quien se ha distanciado de sus sensaciones más espontáneas, para los que han visto caer el cielo sobre sus cabezas? El niño no reflexiona —no se interroga sobre su vivencia, no sospecha de sí mismo—. En este sentido, la fe habitual tiene algo —o mucho— de infancia. Así, invocamos a Dios —o mejor dicho, la ayuda de Dios— como quien trata con cuanto le rodea. Y aquí no hay mucha diferencia entre dirigirse a Dios o al ángel de la guarda. O al espíritu del bosque. Mientras todo va bien, ningún problema. Dios es una presencia que se da por descontada. Aunque, hoy en día, dicha presencia sea interior. Pero llega un momento en que Dios no parece que esté ahí como el garante de nuestra satisfacción.

Como sabemos, la desgracia es el punto de partida de la experiencia de Job. Es a través de un sufrimiento indecente que Job es alcanzado por un Dios muy distinto del que inicialmente daba por sentado. Los amigos de Job no aceptan la revelación: siguen en la infancia. Es como si le dijeran que su sufrimiento se debe a que en lo más hondo de sí mismo ha dejado de confiar en Dios; pues Dios bendice a quienes creen en él. Aquí es imposible no escuchar el eco de la tradición sacerdotal —una tradición acaso más preocupada por mantener a las ovejas en el redil que por la verdad—. Ahora bien, lo que no tiene en cuenta dicha tradición es que la encrucijada, nunca mejor dicho, de una fe no ingenua es el abandono de Dios: Eloi, Eloi, lama sabactani. Quien permanece en la primera infancia aún no ha pasado por la cruz. A lo sumo, ha padecido alguna que otra desolación circunstancial. A diferencia de sus amigos —una anticipación de aquellos fariseos que tan a gusto se sintieron, y se sienten, con su fe—, Job se encontró a un paso de negar a Dios. También, el crucificado. Sin embargo, lo cierto es que no dieron ese paso. Esto es, permanecieron fieles. La cuestión es a qué o, mejor dicho, a quién.

La respuesta religiosa es que a la experiencia, por otro lado tan infantil, de un hallarse bajo un Sí —una bondad, una bendición— de fondo. En nombre de ese Sí, el verdugo no puede tener la última palabra. De acuerdo. Pues hay algo —o bastante— de verdadero en esta respuesta. Sin embargo, es cierto que muchos no han tenido la suerte de partir de ahí. Su posición básica es la del No. En lugar del don, la desconfianza, el resentimiento, la separación. Son los niños rotos, aquellos hombres y mujeres que nacieron bajo la desgracia. Para ellos, únicamente vale la fuerza de un gesto de piedad en medio del horror, el espíritu de un Sí hecho carne. Ellos son, en realidad, los destinatarios del evangelio. La fe que puedan tener es la de aquellos que creyeron antes, donde no era posible ninguna fe. Su fidelidad no es a un qué, sino a un quién. Desde esta óptica, lo que no es fe es mera suposición. Y una suposición no resiste el desafío del mundo. Aunque crea que ha llegado a la madurez tras haber sustituido al Dios del viejo teísmo por la inmensidad de un océano.

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