advaita

noviembre 20, 2020 § Deja un comentario

No hay dos, sino uno —no hay separación, sino unidad. El mundo donde las cosas se distinguen entre sí es una ilusión. No hay, por tanto, distinción entre mente y materia. De hecho, cualquier separación resulta artificial. Todo es un continuo. Y no hay nada más que el todo. Estas son, como sabemos, las tesis del pensamiento o la espiritualidad no dual. No hay, por consiguiente, caída. En ningún momento fuimos arrancados del absolutamente otro. La noción de alteridad es un trampantojo de la conciencia desgraciada. Bien y el mal serían, por extensión, perspectivas. Únicamente sucede el suceder. Así, podemos creer que hay bendición al contemplar la quietud de un paisaje. Pero si nos acercamos veremos que entre las briznas de hierba la mantis religiosa devora al macho que la fecundó. El horror es el envés de la belleza. Ninguna redención en el horizonte. Pues, no hay nada que, estrictamente, deba ser redimido. Auschwitz se halla en el mismo plano que la sonrisa de un niño. Desde esta óptica, la acusación de nuestras víctimas es puro histrionismo. Se equivoca, pues, el bodhisattva, que habiendo alcanzado la iluminación, renuncia a entrar en el nirvana por compasión hacia los que sufren. Obviamente, estamos en las antípodas de una sensibilidad bíblica, según la cual la conciencia, lejos de disolverse en el todo, debe acentuar su resistencia al todo en nombre, precisamente, del carácter sagrado de la infancia. O por decirlo de otro modo, en nombre de un tener que responder a la demanda que nace de los estómagos del hambre. No es casual que Nietzsche viera en las tradiciones orientales la expresión más certera del nihilismo. Pues el nihilismo es el destino de quien contempla el mundo desde la distancia de un dios. Puede que quienes observan el mundo sub specie aeternitatis estén en lo cierto —y que nuestro escándalo ante la desproporción de la barbarie sea una simple reacción emocional. Pero también es posible que la verdad esté del lado de quien se enfrenta a lo cierto. Cuando menos porque la verdad, antes que una descripción de lo que simplemente sucede, es un tener lugar. De ahí que o bien no haya nada que esperar; o bien tan solo cabe esperar lo que, por imposible, aún no ha tenido (el) lugar. Y lo imposible —lo que el mundo en modo alguno puede admitir— no se decide desde nuestro lado. Aunque tampoco solo desde el de un dios interventor.

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