clase de química

enero 31, 2021 § 1 comentario

El juego en el que estamos va de juzgar. Juzgar es inevitable. Es lo que hacemos cuando nos preguntamos qué es lo que nos traemos entre manos o tenemos enfrente. ¿De qué se trata? ¿Del amor o del impulso? ¿De la fe o de nuestra fantasía? ¿De la libertad o de una sutil esclavitud? Nada se nos da en estado puro. De ahí que podamos jugar con las palabras. El sofista, como sabemos, siempre pudo decir cualquier cosa de casi cualquier cosa. La cuestión es desde qué lado juzgamos la mezcla. Por lo común, desde el lado del mito, el paradigma, lo puro. Pero donde suponemos que el juego va de arriba a abajo —que el criterio es lo que debe ser o creemos que debe ser—, entonces fácilmente desestimamos la botella a medias. Como si fuésemos unos niños malcriados. Sin embargo, también podemos juzgar de abajo a arriba. En ese caso, lo deshechado es, precisamente, lo puro, lo paradigmático, el ideal. Y es deshechado como ficción. Tan solo un cuerpo con tara es abrazable. La implicación teológica es inmediata. Dios es temido como Dios. De acuerdo. Pero solo puede ser amado como hombre. De ahí que Dios tuviera que hacerse hombre —y esto significa temblar y mear— para que el hombre fuese capaz de abrazar a Dios. O de despreciarlo por defectuoso.

hermano lobo

enero 29, 2021 § Deja un comentario

El instinto está ahí. La bondad tiene su contrapeso natural. ¿Y si modificásemos nuestro ADN para ser genéticamente buenos? Ya no cabría otro desastre que el geológico o climático. El Reino en la tierra, al fin. Aunque quizá no queramos ser buenos, sino vencer a la bestía que hay en nosotros. En el fondo, el poder. Tampoco estamos tan lejos de Adán. Ni siquiera cuando pretendemos empoderarnos en nombre del Bien.

El problema surge cuando el desideratum moral se entiende en clave política. Así, la alimaña que hay en ti logra encarnarnarse en los otros —en la rata judía, los cerdos con rostro humano, la plaga tribal. Más allá del daño que provoca —o creemos que provoca—, la existencia del enemigo está al servicio de nuestra justificación. Pero seguimos bajo el hechizo de Adán donde creemos que se trata de apuntarse a los templarios. De ahí que el reset cósmico comience una vez dejamos atrás el simbolismo —pues la rata judía siempre representó ese cuerpo extraño que, dentro de nosotros, nos avegüenza—; una vez caemos en la cuenta de que la desgracia es el factor común. Satán siempre fue un pobre diablo (aunque con mucha mala leche). Con todo, no está solo en nuestras manos tratar al lobo como a un hermano.

no es solo

enero 28, 2021 § Deja un comentario

Nada es lo que es. Todo es compuesto. La justicia no es solo justicia —en la decisiones justas siempre hay dosis de parcialidad—; la bondad no es solo bondad —a menudo, también hay complejo—; el sexo nunca es solo sexo —quienes se acuestan lo hacen con una mochila cargada de piedras—. El mundo de lo paradigmático —y aquí no es necesario ponerse místicos: basta con tener en cuenta las películas a la Hollywood— es el mundo de las esencias, de lo sin tara. Ciertamente, porque concebimos la esencia podemos juzgar —decir qué ingrediente tiene más peso, o nos parece que tiene más peso, en cuanto podemos ver y tocar—. Pero la esencia solo llega a ser en lo concreto, es decir, donde deja, precisamente, de ser esencial. No en vano Hegel supo ver en lo negativo el impulso de la afirmación. De ahí el hallazgo del cristianismo. Pues solo el cristianismo cayó en la cuenta de que solo hay Dios donde Dios asume la mortalidad. Dios en verdad es un Dios tarado. Esto es, con cuerpo. Un Dios sin lacra —un Dios que habita inmaculado en los cielos o en el fondo del alma; un Dios que no deja de ser solo Dios— es, sencillamente, una entelequia.

y Johnny cogió su fusil

enero 27, 2021 § Deja un comentario

¿Qué es el clamar de un cuerpo cuerpo paralizado —del muñón al que quedó reducido Johnny, ciego, sin extremidades, condenado a permanecer prostado en el cama de un hospital? ¿Un retorno a la infancia, una regresión —nuestra reacción en medio de la oscuridad—? No es más que eso, solemos decir. Nadie te va a rescatar. Ningún Dios que te repare. Desde nuestro lado, la vision de los protagonistas de la escena es siempre una ilusión, un me parece, una perspectiva. Occidente, desde los griegos, sabe —o cree saber— cómo exorcitarla: es cuestión de situarse en la posición del espectador. No hay teoría que no asuma la distancia de un dios. Por eso mismo, el que ese clamor sea algo más no se decidirá desde nuestro lado. De hecho, la convicción bíblica es que el hombre es algo más que una bestia, sea o no amable, por la interpeleación que Yavhé le dirige a Caín. No hay aparición que no nos coloque sub iudice. En medio de la oscuridad, se nos revela que acaso lo más real sea la voz espectral de aquel a quien perdimos de vista una vez fuimos arrojados al mundo —del irrepresentable, el impresentable, el aún nadie. Y una voz cuya demanda alcanza incluso a las víctimas. Antes que una imagen, el Otro es una voz que clama por volver a tener un cuerpo. Con respecto al Otro, no hay nada que ver. Ciertamente, siempre podremos insistir, como modernos que somos, en que estamos ante una ficción de la conciencia —que esa voz es como la que escuchan los esquizoides en su delirio—. Pero sería una ficción si se tratase de la voz de un alguien en concreto, aunque ubicado en un mundo sobrenatural, y no la que se desprende, precisamente, de aquel que aparece como el que tuvo que desaparecer para que pudiéramos existir. De ahí que no haya alternativa: o debemos responder al fantasma o no somos más que bolas de billar.

la mujer junto al lago

enero 25, 2021 § 1 comentario

Esta historia la suele contar mi amigo Javier Melloni. En la India, una mujer estaba junto a un lago en actitud de agradecimiento, tras haber perdido a su hijo. Un hombre —si no recuerdo mal era Raimon Pannikar— le preguntó, extrañado, por qué se sentía así. ¿Acaso lo propio no era sentirse desgarrada por dentro? La mujer le respondió que al contrario; que no podía sentirse más que agradecida por el tiempo que la vida le concedió junto a su hijo. Ciertamente, no se trata de rechazar lo que hay de bueno en esta manera de sentir la pérdida de un hijo, pero sí de preguntarse por lo que pueda haber de incompleto, desde un punto de vista bíblico. De hecho, el agradecimiento que experimenta la mujer no es incompatible con el dolor (un dolor que probablemente también experimentó, aunque el acento de la historia es otro). Pues donde solo cabe el agradecimiento ante la muerte de un hijo, la humanidad de una madre —o un padre— queda, me atrevería a decir, cercenada. No me parece que podamos decirles a unos padres que han perdido a un hijo que lo que deberían sentir es, principalmente, agradecimiento, si es que la historia de esa mujer a la que hace referencia Javier es, de algún modo, normativa. Ciertamente, el agradecimiento puede latir en lo más profundo de la experiencia de la pérdida. De hecho, es lo que leemos en el libro de Job: el Señor me los dio, el Señor me los quitó. Y para verlo únicamente hay que invertir la secuencia de la frase. Pero no solo late el agradecimiento: también el desgarro. Imagino que acentuamos uno u otro lado de la experiencia dependiendo del cómo de esa pérdida. No hay emoción que sea químicamente pura. Las madres que vieron morir a sus hijos de las cámaras de gas, pongamos por caso, no creo que sintieran, sobre todo, agradecimiento. El escándalo ante la muerte injusta —un escándalo que se vive ante Dios, sin Dios— es un irrenunciable de la espiritualidad bíblica (aunque también, el agradecimiento por lo recibido). No es casual que tengamos una palabra para cuando perdemos a nuestros padres —huérfano—, pero no para cuando perdemos a un hijo. Donde solo cabe el agradecimiento, la totalidad se cierra sobre sí misma. En cambio, con el desgarro, el todo queda abierto a la imposible posibilidad de la reparación —de un nuevo comienzo—. Pues es innegable que la Creación está fracturada.

no hay vuelta atrás

enero 24, 2021 § Deja un comentario

Quien dice la verdad no suele recibir elogios. Más bien sucede al revés: si los recibes lo más probable es que hayas satisfecho los prejuicios de quienes te los dan. O lo que acaso sea peor, que no hayas dicho nada (y entonces ese aplauso será perverso, pues instala a tus oyentes o lectores en la superioridad moral; aquí el aplauso no deja de ser una palmadita en la espalda).

Ahora bien, aunque sea innegable que la verdad, por ir contracorriente, no suela recibir elogios, lo cierto es que, de no recibirlos, en modo alguno implica que estés en la verdad. El predicado nunca terminó de alcanzar al sujeto. Si bien cabe ir del algo a lo que afirmamos sobre ese algo —es lo que hacemos a diario—, en verdad no hay camino de vuelta que vaya de la afirmación al algo. O de otro modo, el sujeto no es deducible de cuanto quepa decir de él. El lenguaje, en tanto que significativo, es incapaz de encerrar la existencia. Y es que donde el ser coincide con el logos fácilmente caemos en lo tautológico —en lo que nada dice por decirlo todo—.

credo quia absurdum

enero 23, 2021 § Deja un comentario

Creer en la resurrección de los muertos no es como creer en una solución que podamos concebir. La fe en la resurrección de los muertos es, sencillamente, increíble desde nuestro lado. Y es que nadie cree en Jesús como el quién de Dios por su cuenta y riesgo. Si creemos lo poco que podamos creer es porque el crucificado —y sus imitadores— creyeron antes que nosotros y por nosotros, esto es, en nuestro lugar. Es por su martirio que sigue habiendo Dios. Algo parecido podemos decir con respecto a la imposibilidad de la resurrección. Si cabe confiar en que el Sí prevalecerá sobre el No —y ello contra toda probabilidad— es porque hubo quienes ofrecieron un perdón donde humanamente no cabía ningún perdón. Y ese Sí, tan increíble como imposible, va con la restitución de la vida de quienes la perdieron antes tiempo debido a nuestra falta de piedad o indiferencia. De lo contrario, no sería un Sí definitivo —el Sí que interrumpe la impotencia de la histórico—. Ahora bien, se trata de un Sí que Dios no quiere —y por consiguiente, no puede— pronunciar sin el hombre. Al fin y al cabo, es lo que tiene un Dios que el mundo no puede admitir como su posibilidad. Credo quia absurdum, que decía, más o menos, Tertuliano. Sin embargo, esto no es lo mismo que decir que uno cree arbitrariamente en lo absurdo. Como si se tratara de creer en lo absurdo por creer en lo absurdo. Aquí la cuestión es, precisamene, en nombre de quién.

técnicas de buceo

enero 22, 2021 § 1 comentario

La interiorización es submarinismo. Tal y como suele entenderse por estos pagos, el buceador busca el tesoro oculto del alma, el Dios interior. Y por aquí vamos mal. Pues en el fondo no hallará a Dios, sino en el mejor de los casos un sucedáneo, algo así como un sentimiento de paz. Podemos llamarle Dios. Pero eso sería hacer trampas. Cuanto puede denominarse con la palabra Dios, no es Dios.

Por otro lado, un sentimiento de paz se basta a sí mismo: no necesita de nadie. Tomarse en serio la Encarnación —el que no haya otro Dios que el que colgó de una cruz—, significa que, antes que interiorizar, de lo que se trata es de incorporar, esto es, de un hacer cuerpo —y un hacer cuerpo que incorpora, precisamente, lo que los cuerpos desechan: el excremento, el que huele mal, el sin gracia—. Al fin y al cabo, a un cristiano se le propone, domingo tras domingo, ingerir la trascendencia, comérsela. Y quizá, a causa de la expulsión de Dios, no se nos dé otro más allá que el de aquellos que viven como si no existieran —los excluidos, los deshechados, los invisibles—. Ellos son nuestra mierda, el resto que no queremos admitir como propio en nombre de nuestra dignidad, ese trompe-l’oeil. De ahí que, a mayor profundidad, más asco. Ante la santa forma, uno debería sentir náuseas. Dios es ciertamente invisible —y por eso mismo, inexistente—. Pero aquí podríamos decir aquello de Galileo: eppur si muove. Pues es posible que no haya más realidad que la que tuvo que desaparecer para que pudiéramos atarnos al mundo.

la edad de la revolución

enero 21, 2021 § Deja un comentario

El sentimiento religioso de dependencia es un sentimiento político antes que religioso. Ciertamente, la percepción del alma de cuanto es, desde los árboles hasta las piedras, no arraiga en lo político. El animismo surge espontáneamente como la primera creencia. Pero con el surgimiento de la civilización el alma de las cosas va siendo desplazada por los dioses. En este sentido, el poder de un dios sería el correlato del poder de los príncipes. Pues bien, tan solo hay que imaginarse viviendo como siervo en la época pre-revolucionaria, donde el noble siempre era visto desde abajo, para caer en la cuenta de que lo natural era creer que existimos bajo el dominio de un Señor. No hay que ser marxista para sostener que el punto de partida de la creencia religiosa, mejor dicho, del sentimiento religioso son siempre las condiciones materiales de la existencia. La muerte de Dios comienza con la guillotina. La revolución francesa supuso algo más que la condena de un rey: supuso la realización del ideal cristiano de la igualdad. Así, la igualdad pasó a ser un igualdad por defecto —aunque, sin fraternidad, este por defecto solo puede llevarse a cabo por decreto—. Sin embargo, lo que no anticipó el cristianismo es que su desideratum solo podía realizarse bajo el presupuesto de la secularización. A partir de la revolución política, la sensibilidad religiosa se transforma inevitablemente: de hallarse bajo el dominio de Dios, al sentimiento de formar parte; de estar sometidos a la voluntad del Señor al coloquio íntimo (o a un Dios concebido como un ángel de la guarda vitaminado); de un encontrarse sub iudice, al querer alcanzar la plenitud espiritual. Ya no hacía falta suponer que había un Dios que estaba de parte de los pobres. La igualdad pasó a ser una condición natural… a pesar de que, de facto, la Modernidad esté lejos de concretarla.

(Con todo, si lo pensamos bien, que hubiera un Dios que estuviera del lado de los abandonados de Dios no dejaba de ser sorprendente… para los mismos pobres. Como si desde la pobreza, más allá del consuelo que proporciona un Dios reducido a un dato de la interioridad, fuese increíble que un dios pudiera caer tan bajo. Como si un noble se pusiera de parte del vulgo. De hecho, el Dios de los pobres, más que confianza, inspira desconfianza. Al menos, de entrada.)

una de teodicea

enero 20, 2021 § Deja un comentario

Algunos pueden seguir haciéndose la pregunta de siempre, aunque actualizada: si Dios existe, ¿por qué permite la pandemia? De acuerdo. Estamos ante una variante de la pregunta de Voltaire ante el terremoto de Lisboa, por no hablar del clásico dilema de Epicuro. Como dejara escrito George Büchner, el sufrimiento es la roca del ateísmo. Pero la perplejidad quizá deberíamos sentirla de otro modo. Al menos, desde la posición creyente. Pues la experiencia del don va con la de la posibilidad de que nos sea arrebatado. Sencillamente, no podemos apropiarnos de lo dado —y en este caso, lo dado es la vida—. Donde el hombre hace suyo lo que, en el fondo, es donación, tarde o temprano prescinde de Dios, de su esencial estar cabe Dios. El escándalo no reside tanto en la muerte, sino en que el hombre sea capaz de asesinar. La duda de Voltaire, al fin y al cabo retórica, no se encuentra en el mismo plano que el desgarro que expresa Dostoyevski en el conocido pasaje de los Karamazov a propósito del asesinato de un niño. De hecho, el problema de la teodicea —el problema de la justificación de Dios ante el horror— fue planteado en su momento en el libro de Job. Y la respuesta ya sabemos cuál fue: hay mal porque hay Dios —al igual que hay bendición porque hay Dios—. Evidentemente, esto no se entiende donde partimos de la suposición de que Dios es un ente bueno, aunque espectral (y aquí el dilema de Epicuro resulta definitivo). La cosa cambia donde Dios se revela como el Dios que tiene en el aire, precisamente, su entidad —el Dios que, como efecto de la caída, aún no es nadie sin el fiat del hombre—. Es lo que tiene un Dios que no quiere —y por consiguiente, no puede— ser sin aquel en quien se reconoce. Dios no nos debe nada. En cualquier caso, es al revés. Y es que el haber de Dios es el de un Dios que fue desplazado más allá de los tiempos históricos como el Dios que está por regresar. Esto cristianamente es así. Aunque Dios no regresará como el deus ex machina de las tragedias griegas, sino con el rostro de un crucificado en su nombre. Pero este es otro asunto.

esos rezos

enero 19, 2021 § Deja un comentario

No invoca el alma, sino el cuerpo. El alma se encuentra demasiado familiarizada con los asuntosn de Dios como para invocarlo. No hay desesperación elevada. Incluso Dios tuvo que morder el polvo para ser Dios.

Florenski

enero 18, 2021 § Deja un comentario

A cada uno Dios le ha concedido una cierta medida de fe, esto es, «una convicción sobre cosas invisibles».

Pável Florenski

esto del filosofar

enero 17, 2021 § Deja un comentario

Comenzamos a filosofar una vez sospechamos de que el sentimiento de estar en lo verdadero acaso no coincida con la verdad. Así, podemos sentir en lo más profundo que hay una manera de proceder que encaja con el orden del mundo —que hay cosas que están naturalmente bien y cosas que no—. Como si hubiera algo así como un instinto moral. Sin embargo, pudiera darse el caso de que lo que sentimos como cierto, sencillamente, no lo fuera. En este sentido, la mecánica cuántica es hija de la sospecha ateniense. Pues ¿quién hubiese apostado en su sano juicio que el gato estuviese vivo y muerto antes de que abriésemos la tapa? Sin embargo, la sospecha no conduce a una mayor verdad —o cuando menos, a una verdad asimilable—. Más bien, al cáracter inconcebible de lo real. Aunque esto último ya lo palpase Israel por la vía del sufrimiento. Al fin y al cabo, todo es muy extraño, para quien sabe verlo.

potestas

enero 16, 2021 § Deja un comentario

Se dice que la muerte iguala a los hombres —a pobres y a ricos, a nobles y a esclavos—. Pero no se muere del mismo modo, si se muere sobre una cama que en la calle. Ya sabemos que, tradicionalmente, los miembros de la realeza eran considerados superiores. Su existencia era, literalmente, real. En ellos se concentraba la esencia de lo humano, por decirlo así. No padecían hambre. Disfrutaban de los poetas. Su inteligencia era sutil. No es casual que fuesen vistos como representantes de los dioses. La suciedad —la podredumbre, el infierno— se decantaba del lado del vulgo. Al menos, el noble siempre pudo encubrirlas. Desde la distancia aristocrática, el resto de los hombres son insectos. Si es posible una vida elevada, entonces no somos iguales. De ahí que Nietzsche no regase fuera de tiesto: es posible que la igualdad sea un trampantojo —que la convicción de que, en el fondo, cualquier hombre es el mismo hombre, obedezca únicamente al resentimiento, a la necesidad que el esclavo tiene de decirse a sí mismo que la elevación es aparente.

Con todo, uno puede sospechar de la sospecha de Nietzsche. Siempre podemos preguntarnos si la verdadera elevación acaso no exigirá otros moldes que los políticos. ¿Quién detenta un genuino poder? ¿Jeff Bezos, Mark Zuckerberg? ¿O un maestro zen? ¿El que domina a los demás? ¿O el que se domina a sí mismo? Ya sabemos cual fue la respuesta de Platón: el héroe es Sócrates, no Aquiles. Sin embargo, aquí seguimos dentro del horizonte de la elevación —del poder—. Y es que, espontáneamente, no hay quien no aspire a la liberación de la soga que nos ata a la necesidad. En este sentido, caben dos posibilidades: o bien, la libertad pasa por detentar un poder absoluto —sea político o tecnológico—, o bien por un saber estar por encima de cuanto no importa en absoluto. O bien por el tener cuanto más mejor, o bien por reducir la necesidad al mínimo. En cualquier caso, hay que partir de la elevación como desideratum de la existencia humana para, cuando menos, intuir el carácter inaceptable de un Dios cuyo poder se ejerce, precisamente, como renuncia al poder —por no hablar de su sacrificio por amor—. De ahí que la pregunta por la verdad sea insoslayable: o es verdad que los hombres somos el mismo huérfano solo ante un Dios que se autoinmola para llegar a ser el que es —que es verdad que ante un Dios que brilla por su ausencia o porvenir, todo ídolo tiene los pies de barro—; o es verdad que el hiato entre agraciados y desgraciados es insalvable (y que, por eso mismo, los dioses siempre despreciarán a los que viven en el barro). Las opiniones, aquí, no interesan.

heraldos

enero 15, 2021 § Deja un comentario

Quizá no es casual que, en la Biblia, Dios no sea el tema —o no lo sea directamente—, sino el del intermediario de Dios. Esto es, la cuestión bíblica no es cómo conectarse con Dios —o cómo preparar el alma para que sea capaz de albergar a Dios—. La cuestión, dado el extremo más allá de Dios, es quién vendrá en su nombre —quién lo representa o representará—. Con respecto a Dios, el tema no es el padre, sino el hijo. Es posible que Israel haya estado más cerca de haber comprendido de que va el religare que los múltiples intentos a lo largo de la historia de acceder a la cima de Dios. O de palparlo.

amour

enero 14, 2021 § Deja un comentario

No hay amor que no sea, en último término, sacrificial. Un ejemplo de amor: aquí, en la plaza donde me tomo un café, hay un hombre que acaricia la cabeza de su mujer, tretapléjica (y parece que también mentalmente deficiente). Esto es lo que significa: no te abandonaré. No es causal que el amor de una madre se nos imponga como el paradigma del amor. Sin embargo, nadie puede desear sensatamente llegar a sacrificarse por amor. En el fondo, aspiramos al amor incondiciobal (¿acaso hay otro amor?). Pero preferimos no amar demasiado. O mejor dicho, en nombre del amor, lo deseable es no tener que amar a quien decimos amar. Pues ello supondría que depende por entero de nuestro cuidado —que se habría convertido en indigente, como la mujer de la plaza—. En este sentido, hay mucha carga de profundidad en Eckarth cuando le pedía a Dios que le librase de Dios. Y ello, precisamente, en nombre del amor de Dios. Traducción: porque amo a quien amo, le pido a Dios no tener que amarlo. Quien sabe, o cuando menos intuye, de qué va esto de Dios, no puede pedir otra cosa. Al menos, de entrada. Todo deseo de Dios, no es de Dios, sino del trampantojo que hemos puesto en su lugar. En cualquier caso, lo que deseamos el paz de Dios. O también, la redención. Pero este es otro asunto.

soto

enero 13, 2021 § Deja un comentario

https://blogs.elconfidencial.com/sociedad/espana-is-not-spain/2021-01-13/mendigos-sintecho-muertos-filomena_2905715/

todo es mezcla

enero 13, 2021 § Deja un comentario

Todo encaje de las piezas conlleva, cuando menos, un mínimo desencaje. No hay dos segmentos que sean exactamente iguales. Tarde o temprano, saltará la diferencia. Si no es al milímetro, será a la micra. Las reformas que hacemos en casa siempre dejan un enchufe suelto. Quien tiene fuerza de voluntad, también posee el riesgo del empecinamiento. Te gusta una mujer. Pero con el tiempo da por descontado que toparás con lo que hay de desagradable en ella. Ni siquiera Dios quiso ser solo Dios. El diferir es la ley del mundo. Pues nada es que no se resista a la indiferencia de lo idéntico.

para que se hicieran dioses…

enero 12, 2021 § Deja un comentario

Por la identificación de Dios con el hombre, el hombre se sitúa por encima del dios —o en su lugar—. Así, no es que el hombre dependa de Dios —en cualquier caso, dependerá de los dioses que imagina—, sino que Dios depende del hombre para ser, precisamente, Dios. Es porque Dios renunció a ser Dios que el hombre es en Dios.

Ulysses y el nihilismo

enero 11, 2021 § Deja un comentario

En el Ulysses de Joyce, no ocurre nada. Y acaso, por eso mismo, el lenguaje anda desquiciado. No hay más que el suceder de las palabras (y un suceder, sin duda, brillante). Como es sabido, el libro de Joyce es una réplica al poema de Homero, pero un réplica nihilista: no hay regreso al hogar… pues tampoco partimos de ningún hogar. Ulysses tiene unas ochocientas páginas. Como podía tener cincuenta o tres mil. Puede cogerse por cualquier parte como también leerse desde el final. Nada cambiaría. Estrictamente, no hay relato porque no hay ni arriba ni abajo —ningún alfa ni omega—. Nadie ocupa una posición en un supuesto drama cósmico. No hay papeles que repartir. El inicio y el término son arbitrarios: un día cualquiera, el dieciséis de junio de 1904, en la vida de Stephen Dedalus. Podría haber sido otro (aunque, de hecho, la escritura habría sido la misma). No hay dramaturgia en Ulysses, nada que parta en dos la continuidad del presente. Donde no cabe más que el mero suceder de las horas, el fragmento lo es todo. Pero al igual que el todo queda reducido a cualquier fragmento o instante. La totalidad, en cualquier caso, sería el resultado de la acumulación. Nada nuevo bajo el sol. Y quien dice nada nuevo, dice nada —o nadie— en verdad otro. El nihilismo deviene el destino de un mundo que ha dejado de estar expuesto a la imposible posibilidad de lo absolutamente extraño. Pues lo nuevo es lo que tuvo que desplazarse a un tiempo anterior a la historia para que fuera posible el mundo. De ahí que en vez de esperar la increíble irrupción de lo nuevo —una irrupción que implicaría el fin del mundo— nos conformemos con la novedad, ese simulacro. Quizá no sea casual que el destino de la razón, al rechazar el mito, sea, precisamente, un caer en brazos de la nada. Y al decir nada, decimos distracción.

haberlos, haylos

enero 10, 2021 § Deja un comentario

De haber un cielo, la pregunta es si nosotros estaríamos a su altura. En realidad, ya se nos concedió el cielo en la tierra —el Edén— y no supimos aprovecharlo. Es verdad que el cielo está destinado a las almas puras, por decirlo así. Pero un alma pura no es humana. Más bien, se trata de un espectro, algo así como un holograma de lo que fuimos como hombres y mujeres buenos. Con todo, estamos más tiempo muertos que vivos. De lo que se desprende que nosotros —y no ellos— somos los fantasmas.

transfiguración

enero 9, 2021 § Deja un comentario

A la hora de hablar de Dios, resulta inevitable tener presente a los hombres, cuya existencia, nos habla de Dios. Así, podríamos decir, grosso modo, que Oriente se decanta por los transfigurados —por quienes emanan la paz de Dios—, mientras que Occidente, por aquellos que obran en consecuencia. Los acentos son distintos, sin duda. Y quizá por eso mismo, espontáneamente nos inclinemos a hablar de complentariedad. Pues los hombres no somos capaces de abrazar a Dios por entero. No obstante, las apariencias son, cuando menos, equívocas. La imagen del transfigurado sugiere que es posible alcanzar la cima —que podemos aspirar a ser algo así como un emisor de luz—, mientras que la del comprometido con la causa de la justicia nos da a entender que cabe una justificación de sí a través de las obras. Pero solo es cuestión de rascar un poco el oropel de la superficie para caer en la cuenta de que el barro sigue ahí. Simul iustus et peccator. En realidad, la experiencia interior confirma aquello de que, con respecto a la verdad, cuanto más cerca, más lejos. De ahí que, bíblicamente, lo decisivo no sea la voluntad de acercarse a Dios, sea por la vía contemplativa o activa, sino la responder a su interpelación, la que escuchamos a través del desgarro de los sobrantes. Y aquí quizá convenga subrayar que no se trata de una reacción, más o menos emocional, sino de una respuesta (aun cuando, inicialmente, la reacción tenga más peso) . Pues quien responde se encuentra sub iudice ante el clamor de los excluidos. En este sentido, la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18, 9-14) es clara al respecto. Y para leer bien conviene tener en cuenta que aquí la figura religiosamente admitrable es la del fariseo. Perfectamente, podríamos colocar en su lugar al staret o al militante… que están encantados de haberse conocido. Como se nos dijo, primero obedeceremos… y luego ya veremos (Ex 24, 7). Traducción: la transformación, en cualquier caso, viene después. Aunque el transformado nunca podrá decir de sí mismo que sea, precisamente, un transfigurado. Más bien, al contrario. Tú nunca fuiste el tema.

allende la existencia

enero 8, 2021 § 1 comentario

Quizá la cuestión no sea si hay o no hay Dios, sino por qué hay hombre habiendo Dios. Esto, en filósofico, se preguntaría del siguiente modo: por qué hay conciencia en vez del puro y simple haber. Y la respuesta hegeliana fue: por qué el haber —o el simple ser o sustancia— es sujeto. O dicho con otras palabras: porque el ser es un diferenciarse de sí, pura voluntad. El fondo teológico de esta afirmación salta de inmediato. Pues, cristianamente, Dios no quiso —y por consiguiente, no pudo— ser Dios sin el hombre. En este sentido, es a través del hombre que Dios es para sí mismo. De ahí que el hombre sea en lo más íntimo una llamada a responder. De no tenerlo en cuenta, Dios sería un mero ente —un en-sí— del que el hombre podría perfectamente prescindir.

de los sentimientos y la razón

enero 7, 2021 § Deja un comentario

El sentimiento no es de fiar. Va y viene. Basarse en el sentimiento a la hora de orientarse en esto de la vida no es una buena política. Puedo sentir que hay Dios. Pero también que el mundo es gobernado oscuramente por los sabios de Sión (y ya sabemos que sucedió con los pobres hombres y mujeres de Sión cuando este sentimiento se hizo popular). El sentimiento nos instala en una certeza de cartón piedra. El problema es que esta certeza se vive como si fuera indiscutible —como una tierra donde arraigar—. Y las cosas del terruño, tarde o temprano, acaban mal. El sentimiento —la pasión— no suele hacerse muchas preguntas. Por lo común, ninguna. Sin embargo, quien no se interroga por la verdad renuncia a su humanidad. Y la cuestión de la verdad no se resuelve teniendo en cuenta lo que uno siente como verdadero. De ahí que los griegos dieran el paso a la razón (la Ilustración no fue más, aunque tampoco menos, que un intento de extender dicho paso). En este sentido, la teoría —el ver las cosas desde la distancia de un dios— nos libera de la sujeción a las apariencias (y de sus peligros políticos). Pues donde no nos preguntamos por la verdad —sobre lo que en verdad tiene lugar y no simplemente me sucede— seguimos siendo algo así como unos bichos más o menos listos.

Sin embargo, el ejercicio de la razón tampoco está exento de riesgos. No hace falta haber leído a Adorno y a Horkheimer para, cuando menos, intuir que la razón tiende a hacer del hombre un objeto entre otros. Es inevitable que la distancia teórica termine viendo a los hombres como el entomólogo ve a las hormigas. Esto es, la razón carece de piedad. Desde su óptica, prevalece el cálculo. La distancia en la que nos sitúa la razón es la misma que hizo posible que los pilotos del Enola Gay lanzasen la muerte sobre Hiroshima. Ciertamente, como dijera Platón, solo por medio de la razón podemos elevarnos a la altura de un dios. O al menos, acercarnos. Pero los dioses, en realidad, nunca quisieron saber nada de los hombres.

De ahí que nos preguntemos como conciliar razón y cuerpo. ¿Qué razones, si las hubieran, pueden tener a mano quienes permanecen en la escena? ¿Cómo integrar saber y vida? ¿Acaso nuestra existencia particular no se sostiene sobre la falsa conciencia? Podemos estar de acuerdo con Freud y sostener que el macho, en el fondo, desea poseer a su madre. Pero ningún hombre va con la foto de su madre cuando se cita con una mujer. La idea de que ella encarne a su madre le resulta, como mínimo, repugnante. Por eso, el racionalista negará de plano la posibilidad de armonizar el fruto de la reflexión y el sentimiento. Donde nos dominan las pasiones, el ejercicio de la razón termina siendo una racionalización, esto es, un intento de justificar como verdadero lo que, en el fondo, no es mucho más que impulso.

Sin embargo, la razón, antes que proporcionar una cosmovisión desencarnada, se ejerce como interrogación, y una interrogación que termina en la constatación de que lo real, como eso absolutamente otro o extranjero, se ofrece como lo que desaparece en su mostrarse a una sensibilidad. Es lo que vio Sócrates. Pero también Job. Todo se nos da desde un retroceso fundamental. Y esto es lo que solo llegamos a ver donde permanecemos en la escena, aunque sin someternos a ella. Como aquel futbolista que, en un momento dado, se pregunta que está haciendo con un balón en los pies. Y ello en nombre del desconcierto que experimenta ante el carácter esencialmente extraño de cuanto sucede. Sin duda, queda fuera de juego, por decirlo así. O cuando menos, comienza a jugar torpemente. Pero sigue de algún modo en la cancha. El ejercicio de la razón no necesariamente tiene que situarse en la grada del espectador. Es posible una razón con cuerpo.

Es cierto que Hegel dijo que una conciencia que no se concibe a sí misma como la expresión del despliegue de lo absoluto termina siendo una conciencia insatisfecha. O por decirlo de otro modo, que el ejercicio tibio de la razón acaba inevitablemente en el escepticismo. Pero, como viera Kierkegaard, el precio a pagar por seguir la senda de Hegel es la disolución de la individualidad. Y es que en la perplejidad del individuo ante la efectividad de lo trascendente, una efectividad que linda con la nada —y por eso Kierkegaard habló, más bien, de angustia—, hay una verdad, un tener lugar que se resiste a su disolución en el imperio de la totalidad. Porque hay individuo, el todo no lo es todo. Ahora bien, el individuo es, en el fondo, un clamor, aquel que apunta a aquel que perdimos de vista una vez fuimos arrojados al mundo. Pues el carácter único de cada hombre o mujer —su exclusividad— es el envés de la exclusión que hizo posible el mundo, la exclusión de Dios. De ahí que la bendición y la maldición sean las dos caras de una y la misma realidad, la cual se revela como la ignotum X de la existencia. El creyente, al fin y al cabo, es aquel que permanece a la espera de que se resuelva esta indecisión (y se resuelva del lado de la bendición). Y quizá no sea lo mismo invocar a Dios como si fuera un interventor espectral que pedirle a Dios por Dios, como dijera Metz a propósito del padrenuestro. En el primer caso, seguimos siendo unos niños. En el segundo, habremos alcanzado una segunda ingenuidad, la cual, contra lo que nos pueda parecer de entrada, es el sello de la madurez.

¿qué es un idiota?

enero 6, 2021 § Deja un comentario

Un idiota es, literalmente, alguien incapaz de salir de sí mismo —alguien que cree que está en sus manos decidir sobre cuanto es. Así, hacemos el idiota cuando, por ejemplo, decimos que Shakespeare, Platón o Moisés son flojos. Que lo que mola es Marvel. O Instagram. Un idiota es aquel que aún no ha caído en la cuenta de que hay obras —o existencias— que nos juzgan antes de que nosotros nos atrevamos a juzgarlas. Por eso mismo, un idiota termina siendo un esclavo de lo impersonal —de lo que se dice, se hace, se espera—… creyendo, sin embargo, que se trata de su libre opinión. Pero es difícil defender que por poco que nos despistemos seguiremos siendo unos idiotas en una época que ha ensalzado el narcisismo —y por eso mismo, donde el debate lo gana quien posee el megáfono más potente—.

¿quién te juzga?

enero 5, 2021 § 1 comentario

Donde el cristianismo deja a un lado el que nos encontramos sub iudice —y, por consiguiente, donde olvida el horizonte escatológico de la existencia, el que el sí o el no de nuestro estar en el mundo aún esté en el aire, nunca mejor dicho— inevitablemente tira al niño con el agua sucia. Esto es, pierde su sustancia, de tal modo que fácilmente acabará decantándose por la interpretación gnóstica del kerigma. Así, Dios deja de ser el Padre para transformarse en un océano —y por eso mismo, el crucificado no será mucho más que un maestro de verdad que tuvo un mal final. Sin embargo, lo cierto es que el gnóstico riega fuera de tiesto. Para comprender que hay detrás del sub iudice basta con imaginar que nos hallamos ante Óscar Romero, Grégoire Ahongbonon, Mik Fleming…. esto es, ante los santos. Y aquí caben dos posibilidades: o su entrega nos deja igual, aun cuando podamos admirarlos —como si nada estuviese en juego, salvo el tener de vez en cuanto sentimientos de compasión—; o por el contrario, su integridad nos sacude de tal modo que no podemos seguir como antes. O bien, permanecemos en el incurvatus in se; o bien respondemos como Abraham, Moisés o Pedro: aquí estoy; qué quieres que haga. Ninguna conversión puede haber en relación con un supuesto acerca de la naturaleza divina —ni siquiera donde nos decimos a nosotros mismos que el amor es divino— o donde partimos de nuestra voluntad de perfección moral, sino solo ante los hombres y las mujeres de Dios. Evidentemente, preferimos pasar de largo. En el fondo, se trata de la parábola del joven rico.

De ahí que el cristianismo no sea para tibios —a los tibios, Dios los vomitará de su boca (Ap 3, 16). Y de ahí también que, sensatamente, no quepa algo así como un deseo de Dios… aun cuando el encuentro con el verdaderamente otro —ese extraño— sea lo que, en el fondo, anhelamos. De hecho, los trampantojos que inspiran el deseo ocultan nuestro anhelo más íntimo, el de ponernos en manos del otro. O mejor dicho, el de amarlo. Sin embargo, el amor solo surge como respuesta a un haber sido amados o, siendo más estrictos, perdonados. No es casual que donde le damos la espalda a Dios —y esto es lo que significa existir— le demos la espalda a lo que en verdad somos: hombres y mujeres que se encuentran expuestos a una alteridad que se revela como lo eternamente pendiente del mundo. Al fin y al cabo, la primera pregunta es quién es nuestro verdadero Padre —quién decide el sí o el no. Pues nadie sabe qué quiere hasta que no sepa qué quiere de él su Padre. Y la convicción cristiana es que el Padre no tiene otro rostro que el de un crucificado que perdona a sus verdugos. En sí mismo, un Padre no es más —pero tampoco menos— que un fantasma, una voz que clama por volver al cuerpo. Por eso, solo ante un Padre que llega a ser en el Hijo —ante un Dios encarnado— se decide el querer, el amor. Nadie puede darse a sí mismo la absolución. El narcisista cree que puede hacerlo —que basta con mirarse al espejo. Pero el espejo nunca miente: la más bella siempre será otra. Y esto es, precisamente, lo que el narcisista no está dispuesto a admitir.

pillados

enero 3, 2021 § Deja un comentario

El mundo es lo que te tiene pillado —el centro alrededor del que giras. Instagram, para las influencers. La ciencia, para el científico. El dinero, para los banqueros. En este sentido, no hay mundo, sino mundos, la mayoría de los cuales suponen un caer en la irrelevancia. Todo lo que te parece evidente no es más que una evidencia del mundo al que perteneces. Y ningún mundo trasciende su evidencia. Quizá sea por eso que el espíritu de la búsqueda no encuentre su raíz en el mundo. Como si el que ama la verdad fuese un árbol invertido.

caricaturas

enero 2, 2021 § Deja un comentario

La caricatura revela la verdad de un rostro. Mucho más que los selfies de instagram. Sí, pero deformándolo, se nos dirá. De acuerdo. Pero sin deformación, difícilmente podremos ir más allá de lo obvio. Y lo obvio es lo que puede ser obviado. La verdad nunca coincidió con la mera descripción de cuanto tenemos enfrente. Al fin y al cabo, terminaremos siendo nuestra caricatura. Y este acaso sea un buen motivo para comenzar a reirnos de nosotros mismos. Como si la vida nos quisiera dar a entender el ridículo en el que cayó quien estuvo encantado de haberse conocido.

un padre, un hermano

enero 1, 2021 § Deja un comentario

Por supuesto que me acordaba del insomnio permanente de mi hermano mayor. Había sido condenado a muerte por un tribunal militar durante la guerra civil. ¿Su crimen? Haberse negado a torturar a dos guerrileras que había capturado su compañía. Todos los demás obedecieron la orden del capitán. Solo él se negó. ¿De dónde había sacado el valor? Alguna vez le pregunté, mucho más tarde, después de la guerra: ¿cómo te atreviste a negarte? Podrían haberte ejecutado ahí mismo. Él me respondió: si lo hubiera hecho ¿que habría dicho papá? Esa fue su respuesta: ¿qué habría dicho papá? Eso es tener un padre. Eso es tener un hermano mayor. Ya no vive. Una mañana se levantó, se hizo su café, se sentó en el sofá a tomárselo, y no se levantó más. Se le reventó la aorta y ya no pudo siquiera tomar su último café.

Theodor Kallifatides

¿Dónde estoy?

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