¿hay Dios?

febrero 19, 2021 § Deja un comentario

Al igual que no hay dinero para los aborígenes del mato grosso —tan solo pedazos de papel al que los blancos le damos un valor cercano a lo sagrado—, tampoco hay Dios para nosotros, hombres y mujeres modernos. No puede haberlo. En cualquier caso, sucedáneos, dioses que ocupan el antiguo lugar de Dios: un amigo invisible o, en su defecto, océanos, energías,algo… No hay hechos puros, hechos que sean independientes de una carga teórica. La interpretación va con la visión. Ver es siempre un ver como. O por decirlo de otro modo, lo que hay se decide desde los presupuestos de una cosmovisión. Los hechos de un mundo en donde no se discute la realidad de un más allá no van a ser los mismos que los de un mundo en el que no cabe la división entre cielo y tierra. Ahora bien, de aquí no se desprende que el monoteísmo cristiano esté fuera de lugar. Al contrario. Y es que lo que el cristianismo revela, siguiendo la estela de Israel, es que la realidad de Dios no es la de un deus ex machina capaz de resucitar a los muertos, aun cuando esta sea la lectura al uso —la propia de un cristianismo en tiempos de religión—, sino la de un Dios —un Padre— cuyo haber es el de un haber sido desplazado a un tiempo anterior a los tiempos, a un tiempo inmemorial. De ahí que su trascendencia deba comprenderse en clave temporal, no espacial. Es verdad que hoy en día no hay Dios. Pero nunca lo hubo (en cualquier caso, hubieron dioses). El asunto Dios no se resuelve sobre el territorio del presente. En este sentido, no es casual que el cristianismo confiese que Dios —el Padre— no tiene otra presencia o rostro que el de un elevado en su nombre. Al fin y al cabo, existir significa estar expuestos a la eterna desaparición del Padre —al paso atrás del otro en verdad— y, por eso mismo, a la imposible posibilidad de un Dios esencialmente extraño. Cuanto podamos admitir —o digerir— de Dios tiene que ver con nosotros, en modo alguno con Dios. Quizá sea cierto que nuestros tiempos, aquellos en los que Dios no se da por descontado, sean la última oportunidad para un cristianismo avant la lettre (aun cuando antes debamos aprender a leer la lettre). Y es que lo serio no es el ateísmo, sino la confesión de un crucificado como el quién de Dios. Nietzsche, como sabemos, dejó escrito que el ateísmo es lo más difícil. Pues por lo común, el altar vacío de Dios es rápidamente ocupado por un equivalente, un valor, un ideal a nuestra medida. Pero acaso sea aún más difícil el ateísmo cristiano, por decirlo así.

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