leer los evangelios

marzo 31, 2021 § 3 comentarios

Los evangelios se escriben desde la convicción de que Jesús había resucitado (y por eso mismo, los testigos de la resurrección creyeron que el fin de los tiempos era inminente). No es algo en lo que hoy en día podamos creer como quien no quiere la cosa. Para nosotros, la resurrección está lejos de ser un hecho del pasado como lo es, por ejemplo, la batalla de Stalingrado. Más bien, presuponemos que la experiencia de los testigos fue visionaria, y que como tal se expresa en el lenguaje de una época. De ahí que tendamos a traducirlo. Como si el kerigma de la resurrección fuese un modo de hablar. Sin embargo, no lo fue en su momento. Y esto es importante tenerlo en cuenta. Pues la fe pasa a ser otra cosa donde dejamos a un lado el hecho de la resurrección.

No hay visión que no posea una carga teórica, por decirlo así, —que no suponga un ver como; que no incopore un cierto saber. Es cierto que los exegetas suelen decir que el lenguaje de la resurrección coexistió inicialmente con otros lenguajes, en particular, con el de la exaltación (como si Jesús fuese un nuevo Elías). Pero al igual que, en el origen, hubieron diferentes cristianismos (y no por eso el creyente relativiza las fórmulas del credo). Que no haya origen que sea químicamente puro no afecta al posible valor de verdad del precipitado. Llegados a este punto podríamos añadir, como sostienen algunos teólogos, que la resurrección tan solo fue un hecho para quienes previamente creyeron en Jesús —que solo hay resurrección para los ojos de la fe. Sin embargo, el fundamento de la fe —el que Jesús hubiese resucitado— no puede presentarse como su resultado. El presupuesto de la fe en la resurrección no es la fe en Jesús como Hijo de Dios —no puede serlo: la cruz fue un desmentido, por no decir un escándalo—, sino el marco conceptual del mesianismo apocalíptico del segundo Templo. La resurrección como dato, aunque problemático, confirmó una expectativa, a pesar de que esta tuviera que ajustarse, y de manera notable, al desastre —literalmente— del Gólgota (y de ahí, que el cristianismo hable de revelación y no de iluminación). Jesús no se apareció —ni podía aparecer— a quienes no esperaban un enviado del cielo que pusiese un punto y final a la historia. Y esto es muy distinto que decir que solo se apareció a quienes creyeron ex ante que era el Hijo de Dios.

En cualquier caso, hacemos trampas cuando, con la intención de poder decir que seguimos creyendo en lo mismo, actualizamos la fe en la resurrección en términos modernamente digeribles. Como si la experiencia de los testigos fuese independiente del lenguaje con el que se articuló. Quienes proclamaron la resurrección del crucificado no quisieron decir simplemente, aunque a su modo, que Jesús seguía vivo en sus corazones. Si seguía vivo es porque había sido resucitado por Dios. Invertir la secuencia supone caer, cuando menos, en la deshonestidad intelectual. Ciertamente, la omnipotencia de Dios es un punto de partida para quien cree. En este sentido, podríamos decir que la resurrección fue el efecto de una intervención ex machina de Dios. Como si se tratase del milagro definitivo —del suceso paranormal par excellence. Y probablemente así lo vieron los primeros cristianos. Pero la cosa no termina de casar con un Dios que no quiso ser Dios sin aquel en quien se reconoció in illo tempore —con un Dios que, dentro de los tiempos históricos, aún no fue nadie con anterioridad al fiat del crucificado y que, por eso mismo, no pudo hacer otra cosa que guardar silencio en Getsemaní. Ahora bien, si esto es cierto, entonces quizá tengamos que admitir, contra el prejuicio religioso, que la resurrección, al igual que la caída, afectó tanto al hombre como a Dios. Y esto está muy cerca de confesar que Dios vuelve a la vida con el cuerpo de un hombre, lo cual es, sencillamente, inaceptable para quien posea una sensibilidad espontáneamente religiosa.

Por ello, para quedar conmovidos por la Revelación —y por lo que esta tiene de iconoclasta— antes tendríamos que volver a tomarnos en serio la palabra Dios, aun admitiendo la pluralidad de sus significaciones. Pues no cabe hablar del Dios verdadero donde hemos perdido de vista que supone estar bajo el poder de una divinidad en falso. Pero eso quizá no dependa de nosotros.

una historia del cristianismo en tres pasos

marzo 30, 2021 § 3 comentarios

Uno: en la cruz, los dioses huyen definitivamente del mundo. Su lugar lo ocupa un Dios verdadero, un no-dios. Para quien sabe qué fue un dios, reconocer al verdadero Dios en una cruz está muy cerca de decir que no hay Dios. Pues confesar que el crucificado es el modo de ser de Dios —su quién— y no solo su heraldo o representante casi equivale a proclamar que Dios en sí mismo es una entelequia. Religiosamente hablando, resulta difícil de tragar que el Dios verdadero sea inseparable de un colgado en su nombre, de alguien que muere como un apestado de Dios. La resurrección, sin embargo, tapa el agujero. De no haber habido resurrección, el cristianismo hubiera sido la gran ironía de la historia.

Dos: el cristianismo se transforma en cristiandad. El Dios verdadero vuelve a adoptar el rostro de un dios. Resurge el paganismo, solo que sin pluralidad (y con otros temas, ciertamente). El Dios único funciona como el trasunto de la divinidad suprema de las religiones de antaño. El sacrificio sigue siendo el medio par excellence de acceso a Dios, aun cuando devenga un asunto interno, personal, el instrumento de un ideal ascético. Como si el cristianismo hubiese descuidado que el sacrificio que nos reconcilió con Dios, no fue el de los sacerdotes, sino el de Dios. En este sentido, no es casual que la Encarnación fuese interpretada a la religiosa. Para la cristiandad, Jesús fue, sencillamente, un dios paseándose por la tierra. De hecho, la Iglesia triunfa tolerando de facto las herejías que condena de iure. No hay éxito que no repose sobre un malentendido.

Tres: el credo cristiano es entendido, hoy en día, como un modo de hablar. Nadie, salvo quizá algunos eruditos, comprende sus fórmulas, conservadas, eso sí, en formol. De este modo, fácilmente sostenemos que el lenguaje de la resurrección fue una manera de decir que Jesús seguía vivo en el corazón del creyente o que su causa continuaba. Como si la experiencia originaria fuese traducible sin pérdidas. Del cristianismo solo se acepta lo modernamente aceptable, lo que encaja con los presupuestos de una mentalidad para la que tan solo puede darse lo posible. En la Modernidad, el cristianismo auténtico sobrevive como arrianismo. De ahí que veamos como obvio lo que en modo alguno es obvio, a saber, que el cristianismo es una perspectiva religiosa entre otras. Que Dios cuelgue de un madero como si fuese una alimaña ya no es motivo de escándalo. Así, Dios ha quedado reducido a un denominador común, a una especie de arkhé. Nada más racional que una divinidad de fondo. Sin embargo, Dios en verdad nunca fue homologable a lo que espontáneamente pasa por divino. Que actualmente nos lo parezca es un síntoma —otro más— de que Nietzsche no andaba desencaminado. Ahora bien, el Dios verdadero muere, no cuando deviene increíble, sino cuando los hombres dejamos de creer que no hay otra realidad —otra alteridad— que la imposible, aquella que ningún mundo puede admitir como posibilidad. Y no porque se trate de algo que se ubique en un mundo inconcebible —no hay mundo que no sea concebible—, sino porque no hay nada más real que lo que fue desplazado a un tiempo anterior a los tiempos (y que, por eso mismo, solo podemos esperar contra cualquier expectativa). Dios, al igual que los sobrantes, no cuenta. Nunca contó. Pues de Dios, hoy como siempre, tan solo lo debido a Dios, a su retroceso o paso atrás.

la corresponsal

marzo 29, 2021 § Deja un comentario

El otro día vi A private war, un biopic basado en Marie Colvin, corresponsal de guerra del The Sunday Times, un mito del periodismo británico. La película es, me atrevería a decir, mediocre. No porque no esté bien filmada, sino porque lo que cuenta está muy por encima de cómo lo cuenta. Demasiados primeros planos de la protagonista con rostro desencajado (aun cuando ella, ciertamente, fuese una outsider). Sin embargo, lo interesante de la película es el contraste que muestra entre el mundo al que ella pertenece —la sociedad acomodada londinense— y el que narra en sus reportajes. Los hombres y las mujeres del primero —literalmente, otro mundo para las víctimas de la guerra— no ven morir a sus hijos bajo las bombas del enemigo. No sufren la impiedad de las potencias. No saben —no sabemos— qué es vivir bajo el silencio de Dios. Sencillamente, son los que cuentan —los que pueden observar la desgracia desde la atalaya del espectador. Y acaso, por eso mismo, lo único que tienen que contar sea la dura existencia de los que no cuentan. El contraste entre ambos mundos clama al cielo —y lo hace con el llanto de las madres que solo tienen agua y azúcar para alimentar a sus hijos agonizantes. Ellas y sus hijos no importan a nadie. El último tramo de la película —el del bombardeo de Homs— da fe de lo que supone, humanamente, estar en el lado de los que pierden. Basta con verlo para darse cuenta de que no es lo mismo quedar traumatizado por el horror, como en el caso de la protagonista —al menos, según la película—, que convertirse en rehén de quienes apenas son algo más que su pesadumbre. Como si no hubiera otro Dios que esas madres de Homs —otro Dios que aquel cuyo espíritu es un hedor.

del sentimiento de formar parte

marzo 28, 2021 § Deja un comentario

Decía Merton —cito de memoria— que tarde o temprano deberíamos caer en la cuenta de que nos hallamos en medio de aguas que nos cubren. Y no seré yo quien le lleve la contraria. Podríamos decir que el sentimiento de formar parte es saludable. Sencillamente, se equivoca quien cree que él es el centro. Sin embargo, hoy en día, es lo que cualquiera da por descontado. El sentido de la trascendencia no flota en el ambiente. Nuestro punto de partida es narcisista —y por extensión también nuestras preocupaciones. De ahí que la sentencia de Merton —y las espiritualidades que sintonizan con ella— tenga efectos, cuando menos, balsámicos o compensatorios en aquellos que comienzan a hartarse de sí mismos (y de una vida meramente inercial). Sin embargo, lo cierto es que la separación no obedece simplemente a un error de perspectiva. No se trata solo de volver a conectarse con el fondo nutricio del cosmos —no es cuestión de saber qué dieta seguir— o de ver las cosas con los ojos del asombro. Pues la separación no es espacial, sino temporal. De ahí que el todo nunca sea el todo, sino un todo en el aire, puesto en suspenso No es que nos falte poder vital, nos falta el Padre, por decirlo así. Y la espiritualidad que se desprende de esta falta —o de su su porvenir— no termina de casar con la de la reconexión.

de la muerte de Dios (one more time)

marzo 27, 2021 § 3 comentarios

La Modernidad no es la época de la muerte de Dios. Dios murió —mejor dicho, quedó agonizando— con el desafío de Adán. La época de la muerte de Dios —o de su eclipse, como dijera Buber— coincide, sencillamente, con la historia, aunque la Modernidad legitime, por decirlo así, la situación en la que nos encontramos por defecto una vez fuimos arrojados al mundo. Los padres que perdieron a un hijo están muertos: sencillamente, no tienen vida por delante. Y Dios perdió a su criatura cuando esta creyó que podría valerse sin Dios. Siguiendo el paralelismo, podríamos decir que los padres que vieron morir a su hijo solo pueden volver a la vida con la nueva vida del hijo, esto es, con su resurrección. Y esto está muy cerca de lo increíble, por decirlo suavemente. De ahí que el cristianismo se halle a un paso del nihilismo. Pues proclamar que sin resurrección la fe es un sinsentido —Pablo dixit— es casi como confesar que, de hecho, lo es.

del amor de Dios

marzo 26, 2021 § Deja un comentario

Cristianamente, Dios es amor. De acuerdo. Pero diría que al confesarlo hay que ir con cuidado para no confundir las churras con las merinas. Pues fácilmente terminamos creyendo que el amor es Dios… como si Dios fuera simplemente un nombre para el amor —o la buena vibración— que infunde vida al cosmos. Como si, al fin y al cabo, la redención consistiera en entrar en conexión con ese amor (y aquí uno difícilmente puede evitar la impresión de que estamos ante un whisful thinking). Pero no es esto lo que quiere darnos a entender Juan en su primera carta. Dejando al margen que no hay amor que no sea, de algún modo, sacrificial —y lo que esto significa con respecto a Dios es que el sacrificio que nos reconcilia con Dios, no es el del hombre, sino el de Dios—, lo cierto es que el amor solo puede ser narrado. No hay amor sin historia de amor. Pues esto del amor es una larga marcha. El amor tiene poco que ver con el y comieron perdices. De hecho, comienza, si es que comienza, donde terminan las películas románticas. De ahí que proclamar que Dios es amor equivalga a decir que Dios se da como historia de Dios o, mejor dicho, como la historia de la relación entre Dios y el hombre. El amor arranca con el encuentro entre extraños o, si se preferiere, con su coincidencia. Sin embargo, luego viene, inevitablemente, el desencuentro. Uno tiene que contar con ello. Es lo que tiene que el otro sea, precisamente, otro. Y aquí se plantea la cuestión sobre cómo lidiar con el desencaje. Y me atrevería a decir que únicamente con muchas dosis de perdón. Por no hablar de que los amantes no son nadie sin aquel o aquella a quien aman. Aplíquese esto a Dios y toparemos con un Dios que poco tiene que ver con el que, religiosamente, damos por descontado. Aunque se lo encubra con montañas de bondad.

sobre el poder

marzo 25, 2021 § 3 comentarios

El poder es fascinante. Adán sintió la tentación del poder. Pues aquel que aspira a detentar un genuino poder aspira, en definitiva, a poder ser como Dios, esto es, invisible: nadie te juzga. Así, desembarazarse de Dios supone dejar atrás nuestra filiación (y la responsabilidad que implica). Sin embargo, no es posible desprenderse de Dios como quien arrincona un mueble viejo. En su lugar, la voz —ese resto (y no hay otra realidad que la del resto)— que, como mosca cojonera, no deja de interrogarte por el lugar de Abel. Y es que la alteridad se revela como demanda… antes incluso que como ese misterio que, por irreductible, nos deja sin palabras. Y aquí hay que tener en cuenta que cuando hablamos de demanda hablamos tanto de una invocación como de una acusación. En ambos casos, de lo que se trata es de responder (y no solo de reaccionar). Aunque el perdón vaya por delante.

sobre la piedad cristiana

marzo 24, 2021 § 3 comentarios

La piedad llega, sobre todo, a través de imágenes paranormales: un ángel, la virgen, un mundo espiritual, el resucitado… Así, llegamos a creer que hay lo que imaginamos, sin que nos preguntemos por su verdad. Es lo que tiene satisfacer las necesidades de la sensibilidad. Pero el monoteísmo condena las imágenes. ¿Qué piedad, entonces, para el iconoclasta? Judíamente, únicamente la que arraiga en el memorial. Recuerda de dónde vienes, qué sucedió en el Mar Rojo, en Auschwitz, en el Gólgota… También, como viera Ignacio, la que nace de una composición de lugar, la cual consiste en recrear imaginativamente los relatos evangélicos… como si uno estuviera presente. Ciertamente, la piedad está al servicio de la modificación de la sensibilidad. De ahí que donde no hay piedad, la revelación se reduzca a concepto. El cuerpo no acompaña (y por eso mismo, no hay incorporación). Ahora bien, cuando la piedad llega a través de las imágenes que satisfacen la inclinación espontáneamente religiosa, la modificación apenas modifica. Es posible que el impasse actual del cristianismo tenga que ver con que, tras la crítica ilustrada a la superstición, no supo proponer una piedad sin imágenes. Aunque tampoco era fácil o incluso viable, si se trataba de seguir siendo popular.

de espaldas

marzo 23, 2021 § 1 comentario

Que Moisés viera a Dios de espaldas tiene su envés en nuestro existir de espaldas a Dios, mejor dicho, a lo debido al retroceso de Dios. Así, la mujer, en su intimidad, es inalcanzable para el hombre —y esto es lo innegable del encuentro (aunque, por eso mismo, puede haber precisamente encuentro: porque nunca la poseerá podrá amarla). También podríamos decirlo a la inversa. Sin embargo, en el día a día permanece el trato, el intercambio, la dominación y su reverso formal, la amabilidad. No en vano el horizonte de la religión siempre fue la religación. Pues su punto de partida es nuestro alejamiento de lo que en verdad tiene lugar y no únicamente sucede. En este sentido, la verdad pertenece a un pasado anterior a los tiempos, un pasado cuyo eco escuchamos en el silencio de los desiertos. En el mundo, andamos distraídos de lo esencial. Demasiado ruido, demasiada dispersión. Como si hubiera verdad, pero no (aún) para nosotros. Y evidentemente, quien permanece ciego a esta distancia no se diferencia mucho del chimpancé. Su yo apenas se distingue de su circunstancia. Ningún chimpancé clama al cielo —ningún chimpancé escucha la invocación del indigente que encubren los cuerpos. En cualquier caso, reacciona.

el diálogo interreligioso y la irrelevancia actual del cristianismo

marzo 22, 2021 § 3 comentarios

La tesis de la espiritualidad transconfesional —la idea de que todos, en el fondo, creemos en el mismo Dios aunque por vías distintas— ¿no será, al menos, desde el lado cristiano, un intento, acaso desesperado, de salvar al cristianismo de su actual irrelevancia (por ininteligible)? Y es que, hoy por hoy, resulta difícil sostener que Dios no es un elefante palpado por ciegos. Sin embargo, la convicción de que no hay otro Dios que el encarnado no termina de casar, a pesar del aire de familia, ni con Alá ni con la nada del budismo. Pues aquí no se trata de palpar, sino de ser palpado, por decirlo así.

Matusalén

marzo 21, 2021 § Deja un comentario

Quizá la experiencia de Dios —o de un hallarse en manos de— sea más instensa donde, como en los primeros tiempos de Isarel, la inmortalidad no está garantizada, ni siquiera para los justos. En lugar de la inmortalidad, a lo sumo una vida fecunda. Pues donde creemos, aunque sea vagamente, en una inmortalidad por defecto, tarde o temprano podremos prescindir de Dios. La experiencia del don va con el plazo. Así, no es causal que la esperanza en una nueva creación, ciertamente increíble desde nuestro lado, surja en Israel solo ante la cuestión, siempre sagantre, del justo sufriente. Esto no suele tenerse en cuenta. Pero tampoco que, con esta nueva esperanza, nos desplazamos de un Dios a la religiosa —un Dios por descontado— a un Dios imposible, aquel cuyo porvenir, precisamente, no puede concebirse como una posibilidad del mundo.

el problema del sufrimiento

marzo 20, 2021 § 5 comentarios

A veces nos preguntamos qué decir a quienes sufren. Muchas de nuestras palabras son fórmulas de compromiso, sobre todo si las pronunciamos para salir del paso, cuando en la mayoría de las ocasiones acaso sea preferible guardar silencio junto al sufriente. Todo irá bien. De acuerdo. Sin embargo, hay sufrimientos irreparables —y más si son culpables. Introdujiste a tus hijos en las cámaras de gas y no tuviste el valor de entrar con ellos —Abraham Bomba en Shoa—; los viste morir a manos del enemigo o en el mar mientras intentabas alcanzar la orilla en una patera a reventar: ya no tienes vida por delante. La muerte ha vencido. ¿Qué palabras pueden consolarte? ¿Qué actos, liberarte? Los que sufren lo que quieren es dejar de sufrir —que el séptimo de caballería corte las alambradas del lager, que el cáncer no sea devastador, que tus hijos puedan comer el pan de cada día, que haya un nuevo comienzo. Pero ¿y si no fuera posible? Ante el sufrimiento irreparable, ¿qué cabe esperar? Cristianamente, tan solo hay una respuesta: el horror no tendrá la última palabra; los muertos resucitarán y la Creación será restaurada. Ahora bien, lo cierto es que hoy en día pocos cristianos son capaces de ofrecer esta esperanza. Como si el proclamarla les sonara a tranquilo que ya resucitarás —como si se tratase de una fórmula más para salir del paso. Sin embargo, y dejando al margen de que aquí damos por sentado que la resurrección es meramente compensatoria —que no irá con nuestra condena (y aquí conviene recordar que la resurrección es la antesala del Juicio)—, el que nos suene a fórmula ¿no tendrá que ver con nuestra falta de fe? ¿Acaso los primeros cristianos no estuvieron convencidos de que, a partir del tercer día, todo presente es un tiempo terminal? ¿Acaso no vivieron la resurrección del crucificado como una genuina liberación? Su alegría ¿fue un delirio? Ciertamente, la fe —la confianza— en la resurrección de la carne es increíble. Pero el creyente ¿no vive de la imposible posibilidad de Dios en nombre, precisamente, del tener lugar de Dios como resucitado? Sin resurrección, la cruz es el final: Dios no estaba junto al hombre de Dios. ¿Qué esperar? Hay quienes gozan y quienes sufren. Y a unos les ha tocado sufrir lo indecible. Ninguna respuesta que no sea nada a la pregunta mesiánica por excelencia —¿qué pueden esperar las víctimas de la historia, aquellos a los que la vida les fue arrancada injustamente antes de tiempo? El problema del cristianismo de hoy en día es que no sabe qué hacer con la resurrección de los muertos. Como si fuese un modo de hablar. ¿Será porque el dolor del hermano no nos duele lo suficiente? De ahí que, en su lugar, se propongan sucedáneos —que si resiliencia, que si un cierto sentimiento de plenitud en medio del dolor… Y, sin duda, haberlos, haylos (y tampoco es que sean poca cosa). Pero ¿qué valen ante sufrimientos irreparables? Por eso, quizá no estaría de más tener en cuenta que con respecto a Dios estamos más cerca de lo imposible que de lo posible. Que la fe, al fin y al cabo, arraiga en el acontecimiento de la bondad en medio de los infiernos de este mundo; que es en nombre de los mártires, por decirlo así, que podemos esperar, contra cualquier expectativa, que el que siempre niega en modo alguno tendrá la última palabra. Aunque nosotros no podamos pronunciarla —pero tampoco solo un Dios que no es nadie (ni quiere serlo) sin el fiat del hombre.

la raíz del ateísmo

marzo 19, 2021 § Deja un comentario

¿Quienes somos como modernos? Pues aquellos que, de entrada, ya no nos sentimos bajo la amenaza de lo gigantesco, de un poder sobrenatural. No parece que en el cosmos haya un dios que esté dispuesto a devorarnos. Las emociones que dieron pie a la sumisión religiosa han quedado almacenadas en las películas de terror. Nacemos dentro de una torre de control. Todo se nos ofrece en el marco de, cuando menos, un posible dominio. Sin embargo, acaso el primer paso hacia la muerte de Dios lo diera el monoteísmo bíblico, al desplazar a la experiencia de lo divino al territorio de lo moral: lo que nos puede en verdad no es la desmesura del fenómeno paranormal, sino la desproporción del llanto que clama al cielo. Y ello en nombre de un Dios que no tiene otra voz que la de los abandonados de Dios. Tan solo hizo falta que dicho llanto dejara de acusarnos —que lo viésemos como algo a solucionar políticamente— como para que ya no supiéramos que hacer con el nombre de Dios.

asombro y curiosidad

marzo 18, 2021 § 6 comentarios

La verdad está del lado del asombro, no de lo certificable. Al fin y al cabo, lo certificable es trivial, aunque discutible. Pues cuanto se certifica es en cualquier caso un hecho —y los hechos siempre se observan desde una determinada posición o sensibilidad, esto es, en relación con. En cambio, lo que reclama nuestro asombro no admite discusión: que el mundo simplemente sea; que la hierba crezca; que haya alguien frente a ti (y no tan solo un cuerpo disponible)… La rosa es sin porqué, como decía el Silesius. O lo ves, o no lo ves. Uno se asombra de la desmesura de lo simplemente dado, en definitiva, de su carácter intocable (y no de lo que fácilmente nos impresiona por gigantesco). Y es que la verdad, antes que adecuación entre lo que decimos y los hechos, es lo que acontece y no simplemente pasa o sucede. Por eso, la verdad no supone un tomar nota, sino un caer en la cuenta de lo que siempre estruvo ahí y, con todo, no supimos ver. La caída —la desaparición de la genuina alteridad, la naturaleza espectral de la presencia—, sin duda, fue el precio que tuvimos que pagar para dominar el mundo (y de paso ahogarlo). En el día a día, vivimos de espaldas —y de ahí que prevalezca el trato, el comercio, la desintegración. No es causal que la curiosidad, ese sucedáneo del asombro, haya estado bajo sospecha desde los tiempos de Agustín hasta los modernos. Y es que, al igual que la novedad nos aleja de lo nuevo —al menos, porque lo nuevo únicamente puede irrumpir como regreso de lo que perdimos de vista, es decir, como interrupción—, la curiosidad, en tanto que apunta a un objeto por descubrir, nos distancia del presente. En el doble sentido de la expresión.

no es quien te imaginas

marzo 17, 2021 § 1 comentario

A lo largo de la tradición judeocristiana, se fue instalando en la conciencia creyente la idea de Dios como el gran otro —como el sujeto del saber y el poder. Esto es, la idea de Dios como Padre. Él posee la solución. Y por eso invocamos su ayuda. Sin embargo, al dar por supuesto que Dios está por la labor, el creyente más que creer en Dios cree en la ayuda de Dios, como dijera Yeshayahu Leibowitz a propósito de aquellos que dejaron de creer tras sobrevivir a Auschwitz. Es verdad que aquí podríamos preguntarnos si la fe, más allá de un postrarse ante la desmesura de lo divino, no supone también —y quizá sobre todo— un confiar en la intervención de Dios; en que, por la gracia de Dios, el horror no será el final. Pero, con independencia de lo que podamos decir al respecto, lo cierto es que, según el cristianismo, Dios no termina de coincidir con la idea que, espontáneamente, nos hacemos de Dios. Pues, lejos de presentarse como el sujeto del saber y el poder —de hecho, este sujeto no deja de ser una figura de la imaginación—, se reveló como el hijo de unos parias. Dios no satisface nuestras preferencias acerca de Dios. Al contrario: su poder —la fuerza de su espíritu— es el de su impotencia. ¿Buscas a Dios? Ahí lo tienes: es un desvalido, la criatura de unos inmigrantes que no tienen donde pasar la noche. Como el gran Otro, en realidad, no es nadie. O mejor dicho, aún no lo es sin la ayuda del hombre. Dios es su indigencia, su pobreza como Dios. De ahí que se identifique con los abandonados de Dios —que aparezca como el que clama por el hombre con la voz de los nadie. La sentencia de Atanasio —Dios se hizo hombre para que los hombres pudieran hacerse partícipes de la naturaleza divina— debería entenderse, por tanto, en este sentido: la condición de hijos de Dios es restaurada solo a través de nuestra respuesta —y una respuesta confiada— a su invocación. Y es que la filiación no se decide en la infancia, sino con la madurez. Pues el destino del hijo es el de acabar cargando con el peso de un padre que, contra nuestras fantasías, se reveló como un hombre de carne y hueso. Traducción: cuidando de él cuando ya no valga para mucho más que para ofrecernos su bendición y, por eso mismo, su espíritu. No es casual que el cristianismo esté a un paso de caer en el ateísmo. Pues podríamos decir que el ateo es aquel que, tras el desengaño que implica la revelación, desestima a papá, si es que no lo desprecia. Nunca tuve un padre. Sin embargo, aquí no estaría de más tener en cuenta la lúcida reflexión de Nietzsche a propósito de la muerte de Dios, a saber, que tras haber vaciado el altar de Dios, quizá tendríamos que preguntarnos qué dios hemos puesto en su lugar. ¿El éxito? ¿El amor romántico? ¿El poder? ¿Cuanto se dice o se hace? Y es que el ateísmo, como dijera el mismo Nietzsche, es lo más difícil. Aunque, de hecho, nazcamos como aquellos que negaron a Dios.

la cruz y la espada

marzo 16, 2021 § 1 comentario

Los misioneros cristianos fueron con la cruz. Pero los conversos —desde las américas hasta Oriente— vieron, sobre todo, la espada que los acompañaba. No debería extrañarnos que el cristianismo se haya entendido, por sus víctimas, como la expresión del colonialismo, esto es, como la religión de los vencedores. Así, se confirmó algo que fue evidente para el viejo politeísmo, a saber, que el dios verdadero es el de los pueblos con mejores armas. Los malentendidos son la savia de los triunfos históricos. En este sentido, la lectura del libro de Abdelmunin Aya —Islam sin Dios— resulta sumamente instructiva. Al menos, para saber de qué hablamos cuando hablamos del Islam.

concepto o experiencia

marzo 15, 2021 § 1 comentario

La muerte de Dios o al menos del Dios de la tradición bíblica ¿supone únicamente la irrelevancia actual del discurso sobre un Dios personal o más bien la desaparición de la experiencia que hay detrás? Pero si se trata de lo segundo, ¿acaso la muerte de Dios no va con la del hombre, como sostuvo el mismo Nietzsche? Puede que tan solo quepa recuperar el sermo sobre Dios contando las historias de aquellos hombres y mujeres cuyas vidas o, mejor dicho, cuyos últimos gestos incorporan, literalmente, la realidad de un Dios que nunca quiso aparecer como dios (y que, por tanto, no cabe imaginar como tal). No hay teología que, en el fondo, no sea narrativa.

la ironía del cristianismo

marzo 14, 2021 § 3 comentarios

Para quien no esté en el ajo, el anuncio cristiano no deja de ser una broma. Pues que fuese ensalzado —¡y ensalzado como Dios!— aquel que, habiendo fracasado como liberador, terminó colgado como un despojo es como si entendiéramos como paradigma de lo bello, no a un ángel de Victoria’s secret, sino a una tullida o deforme. ¿Va en serio? Sensatamente, no puede ir en serio. Un dios, por definición. siempre nos mira desde arriba. Pero no como el que pende de una cruz, sino como el que nos ve —si es que llega a vernos— como aquellos que no cuentan. La fuerza de lo divino se muestra en mayor medida con el poder de la muerte —uno siempre muere solo— que a través del ímpetu del amor. El cosmos seguirá en pie una vez nos hayamos ido. Como si nuestras pasiones y creencias fuesen ridículas. Todo es vanidad y alimentarse de viento, escribió el autor del Eclesiastés. Que un Dios esté por cada uno de nosotros —y lo esté hasta el punto de sacrificarse por nosotros— ¿acaso no será un delirio narcisista? ¿Tanto se equivocaron los viejos monjes cuando creyeron que, ante Dios, tan solo cabe postrarse —pues no está claro cuál va a ser su veredicto? Vivir del aliento de una bendición de fondo ¿no será la convicción de aquellos a los que les va bien? ¿No es esta la sospecha con la que comienza el libro de Job? ¿Qué pueden proclamar de Dios aquellos que han sido pisoteados por el mundo? La Biblia es clara al respecto: solo ellos, los desconectados de lo divino, pueden hablar de Dios, aunque este hablar sea propiamente un tartamudear. Hay que tener mucho valor para creer en el amor de Dios donde las pruebas van en su contra. ¿Quién se atreverá a decirles a los que tienen el vientre hinchado por el hambre que Dios los ama con locura? Aquí, el simple entusiasmo, ¿no equivaldría a reírse en su cara?

En modo alguno es casual que los evangelios traten de la revelación. Y es que una revelación, a diferencia de la mera iluminación, siempre nos coge con el pie cambiado. De entrada, la revelación es sencillamente inaceptable. Quien la admita como quien no quiere la cosa solo baraja hipótesis más o menos consoladoras. Reconocer como Dios a un crucificado en su nombre está muy cerca de declarar que Dios ha muerto (y quizá por esta razón, Nietzsche comprendió mejor que muchos de los que nos llenamos la boca con la palabra Dios de qué va el asunto cristiano). Por eso mismo, la revelación no se precipita en un nuevo saber —o al menos no, para quienes ya no pueden acreditar los hechos que hay tras el kerigma—, sino en un permanecer a la espera. De ahí que la raíz de la fe no sea tanto un sentimiento de conexión —o la expectativa de que la película termine bien— como el dar fe, precisamente, de aquellos actos de bondad en medio de un mundo sin piedad. Solo en relación con estos actos el todo es aún el no-todo. Son estos los únicos que, dándose entre huérfanos de Dios —o, mejor dicho, de un Dios por venir—, resisten numantinamente al implacable poder de los dioses. Únicamente por el testimonio de los santos, el que siempre niega todavía no ha cantado victoria. Es imposible creer en Dios donde no partimos de un hallarnos en medio de un combate de dimensiones cósmicas. Y esto en absoluto es un modo de hablar. Si no, que se lo pregunten a los que están de más.

de la amistad con Dios

marzo 13, 2021 § 2 comentarios

En Jn 15, 12-17 leemos aquello de que a vosotros os he llamado amigos, porque os he dado a conocer cuanto he oído a mi Padre. Aquí muchos se sienten confirmados en su relación íntima con Dios: como si Dios fuese una variante del amigo invisible de la infancia. Y algo se esto hay. Sin embargo, el riesgo de esta intimidad es olvidar la radical exterioridad de Dios, la cual apunta a la exterioridad del clamor de los que no cuentan (un olvido imperdonable para un judío). Por tanto, quizá reguemos fuera de tiesto donde leemos el texto desde el prejuicio moderno. Para deshacer los malentendidos basta con tener en cuenta el significado originario de los términos clave de la perícopa. En el mundo griego, la amistad ocupaba el lugar de lo que, hoy en día, entendemos como amor romántico. Sencillamente, sin amigos la vida no merecía ser vivida. Ahora bien, la palabra amistad —filia, en griego— posee la misma raíz que la palabra filiación. Es verdad que, para la mentalidad helenística, tan solo cabe amar a lo igual (y de ahí que la pasión entre hombre y mujer fuera vista, por excesiva, como desviada). Pero del mismo modo que también es verdad que la amistad más sólida era la que mediaba entre maestro y discípulo. El paradigma de la amistad implicaba, por tanto, una iniciación a la seriedad de la existencia. De ahí la conexión entre filia y filiación. El fragmento no llega a comprenderse hasta el final donde lo leemos sin tener esto presente. Por eso Juan subraya lo relativo al conocimiento del Padre (y es que uno no sabe lo que quiere o ama hasta que no sepa qué quiere de él aquel que reconoce como padre). Al fin y al cabo, de lo que se trata es de ser admitidos como hijos. O por decirlo a la manera de Pablo, es través de la fe en el Hijo que fuimos aceptados como hijos. Ahora bien, un hijo no es solo aquel que recibe la bendición —la caricia— paterna, sino aquel a quien se le exige, por eso mismo, que cumpla con su voluntad, en definitiva, que acabe ocupando su lugar. Pues el padre no terminó su obra.

equívocos de la fe

marzo 12, 2021 § Deja un comentario

El creyente que, hoy en día, vive a flor de piel su fe corre el riesgo de considerar su sentimiento como criterio de verdad. Así, una de las declaraciones nucleares del cristianismo —a saber, que a través de la adhesión al Hijo de Dios se restaura nuestra filiación—, termina entendiéndose únicamente desde el sentirse hijos de Dios. Es lo que tiene confundir sinceridad con verdad, aunque, con respecto a Dios, la verdad no debería comprenderse como una simple adecuación entre nuestras representaciones mentales de Dios y los hechos. Pues la verdad de Dios no es la de lo constatable, sino la que apunta a una perdida fundamental (y consecuentemente a lo pendiente). De ahí que, al no saber qué hacer con esta verdad, el acontecimiento que dio pie al sentimiento —el que Dios enviase a su Hijo— queda relegado a un segundo plano como un residuo mítico o un modo de hablar. Pero en su origen no fue un modo de hablar. Por eso podemos preguntarnos hasta qué punto seguimos creyendo en lo mismo. Y no me atrevería a decirlo donde la cuestión de la verdad de la confesión cristiana se entiende tan solo como una lectura sentimental de hechos en sí mismos neutros. Ciertamente, y para salir del paso, suele decirse que la experiencia es la misma, a pesar de que el lenguaje que la traduce sea inevitablemente distinto. Sin embargo, podríamos también preguntarnos hasta qué punto la experiencia es independiente de los presupuestos conceptuales que constituyen un mundo. Pues no hay vivencia que no incorpore una carga teórica —no hay un ver que no sea un ver como. Con todo, sigue siendo igualmente cierto, hoy en día como antes, que solo Dios sabe hasta qué punto creemos en Él.

día 9

marzo 11, 2021 § Deja un comentario

Ayer en una plaza bajo el Sol, tras días de lluvia, la sensación de que el mundo es muy extraño. Como si de repente un gran silencio lo cubriese todo. Como si cuanto es tangible y ruidoso fuese un holograma. Sin embargo, tampoco quería que esa sensación se disolviera, volver, en definitiva, a la obviedad. Pues acaso no haya otro mundo que este, tan poblado de espectros. Al menos, mientras tanto.

de vocaciones y pastores

marzo 10, 2021 § 1 comentario

Es difícil que haya vocaciones, ya no solo religiosas, sino también meramente cristianas, si no partimos del padre, esto es, de aquel a quien admiramos (y lo admiramos porque está de vuelta o, mejor dicho, porque ha vuelto con vida del horror). En el fondo, el pistoletazo de salida de una vocación es un decirse a uno mismo quiero ser como él (o como ella). Quizá los pastores se equivoquen donde pretenden aproximarse demasiado al rebaño —donde aspiran al coleguismo, a ser uno más, aunque con un oficio singular. O donde se limitan a decir que a ellos esto de Dios los hincha de felicidad. Quizá a los pastores les iría mejor si se atreviesen a hablar del clamor que los puso contra las cuerdas —de la voz que los sacó del quicio del hogar, obligándolos a quemar las naves. Esto es, puede que no estuviera de más que volviesen a hacer de padres y no solo de consoladores o compis (y para ello acaso baste con que nos presenten a su padre, a quien los dejó cojeando de por vida). Su vocación debería, al menos por resonancia, provocar nuestra resistencia y no únicamente buenos sentimientos. Y es que será verdad, como hemos dicho en otras ocasiones, que nadie sabe qué quiere mientras no sepa qué quiere de él su padre. Donde no hay paternidad que valga, sabemos qué deseamos o preferimos, pero en modo alguno qué —o quién— nos reclama una entrega.

acerca de lo que se trata

marzo 9, 2021 § 2 comentarios

Imaginemos que sufrimos una aparición. La sensación de realidad es innegable. No dudamos de que estamos ante una presencia. Pero ¿de qué se trata? ¿De la visita del ángel? ¿Del espectro de un muerto? ¿Del holograma de una dimensión paralela? ¿De un delirio mental? Que sea una cosa u otra dependerá de los presupuestos que determinan una cosmovisión. Si damos por descontado que hay otro mundo —y que entre este y el nuestro median vasos comunicantes—, entonces espontáneamente se trata de lo divino. Si, en cambio, lo que se da por cierto es que no hay algo así como espíritus —que todo es materia—, entonces el ángel o los fantasmas son, sencillamente, imposibles y, por consiguiente, habremos padecido una alucinación. Es verdad que, como decíamos, la impresión de que estamos ante presencias reales es indiscutible. Y por eso mismo inicialmente tendemos a creer que se trata de seres de otro mundo o dimensión. Va con los genes. Pero la cuestión es qué nos decimos al respecto —si juzgamos cuanto se nos muestra o aparece como sobrenatural… o no. Y esto va a depender, en último término, de lo que demos por sentado con respecto a los cielos. Algo parecido ocurre con el Sol. Pues aunque no podamos evitar la sensación de que el Sol se mueve, lo cierto es que, hoy en día, no podemos afirmarlo.

Con todo, es igualmente cierto que existimos de espaldas a lo que tiene lugar y no simplemente sucede o pasa. Tan solo basta con distanciarnos de lo que nos parece para caer en la cuenta de que en realidad vivimos en un estado de excepción; que lo que acontece cuando los amantes, pongamos por caso, llegan a mirarse a los ojos es, sencillamente, un milagro (y no tan solo un hormigueo en el estómago). Sin embargo, no podemos permanecer ante lo que acontece o tiene lugar. Esto es, el milagro tiene fecha de caducidad. Con el paso de los días, termina disolviéndose como azúcar en el café (aunque siempre queda un poso en el fondo de la taza: y hay que aprender a leer, como el augur, esos posos). Tarde o temprano, caemos de nuevo en el trato. No es casual que el horizonte de la aparición sea, de hecho, la desaparición. Es lo que tiene, precisamente, haber caído en la existencia. De ahí que podamos preguntarnos si acaso los mundos que presuponen un más allá no nos proporcionarán, en mayor medida que el nuestro, un lenguaje capaz de incorporar la aparición en el horizonte de la existencia. En este sentido, el drama del individuo moderno es que, al apostar por los hechos, se ve privado del imaginario que hace posible un estar expuestos a la desmesura que perdimos de vista una vez fuimos arrojados al mundo. Y aquí el mito es más eficaz que la descripción objetiva de lo que sucede. Al igual que, tras Copérnico, ya no podemos decir que el Sol gire en torno a la tierra, aun cuando nos lo siga pareciendo, no podemos defender con facilidad que haya lo, literalmente, extraordinario. Aunque sea lo único que hay.

irrespirable

marzo 8, 2021 § 4 comentarios

Hay algo de asfixiante —por no decir mucho— en aquellas comunidades cristianas que están encantadas de haberse conocido, satisfechas de su fe. Pues pocos en ellas creen en lo que dicen creer. Buena gente, sin duda. Pero también lo fue el fariseo de la parábola de Lucas. Pocos conmocionados, alterados, descentrados por la irrupción de Dios, cuya trascendencia roza la nada. El Dios al que invocan es demasiado obvio, aunque sea en la intimidad, como para que merezca una fe, un temblor, una locura. De hecho, la única comunidad en la que he visto como se comparte el pan de cada día —de hecho, el salario para los que se han quedado en paro— es una de supersticiosos pentecostalistas, la mayoría de cuyos miembros tienen empleos basura. Tampoco es que su entusiasmo me inspire, precisamente, entusiasmo. Pero me atrevería a decir que, en su error, están más vivos que los que nos llenamos la boca con palabras de cartón piedra.

revolución y cristianismo

marzo 7, 2021 § Deja un comentario

La igualdad fue real durante la Revolución francesa. Esto es, se trató de un acontecimiento. Que los revolucionarios proclamasen que no había diferencias de naturaleza entre el noble y el plebeyo, antes que una constatación —de hecho, lo constatable es lo contrario—, fue el resultado de un acto del habla, de una locución performativa, aquella que constituye, de hecho, la realidad que afirma en el momento de afirmarla (como cuando el que lleva una reunión dice la reunión se ha terminado). Y esto es así, aunque los revolucionarios creyesen que estaban simplemente reconociendo un dato natural. Sin embargo, al instaurarse por defecto, la igualdad se transformó en ideología. Pues que actualmente la demos por descontada —que se trate de una igualdad sobre el papel— enmascara las desigualdades de la sociedad capitalista. Desde nuestra óptica, la igualdad revolucionaria fue un espejismo, una ilusión. Pero lo cierto es que no lo fue en su momento. Y precisamente porque no lo fue, de lo que se trata hoy en día es de recuperar lo que perdimos. Otro mundo es posible porque hubo otro mundo. Tan solo basta creer en lo que una vez tuvo lugar. Algo parecido podríamos decir con respecto al cristianismo. Como también con respecto al amor.

de las vísceras

marzo 6, 2021 § Deja un comentario

El odio —literalmente, lo diabólico, lo que separa— va con los genes. O por decirlo en cristiano, se trata de una culpa original. Políticamente, comienza con el extranjero, ese principio de identidad. Luego, sigue con los vecinos (aquellos que eran, en principio, de los nuestros). Termina, entre hermanos. Como si necesitásemos negar —excluir, juzgar—. Como si solo fuésemos en relación con lo insoportable. Podríamos incluso decir que estamos ante una malformación cósmica. De hecho, si existimos es porque en los orígenes hubo división celular. Es de ilusos creer que si nos separamos del excremento habrá paz. Quizá tregua. Pero no hay tregua sin fecha de caducidad. Y es que lo insoportable del excluido simboliza lo que no podemos soportar de nosotros mismos. De ahí que necesitemos proyectar nuestra tara sobre los otros para sentirnos puros. Pero ya se nos dijo hace tiempo: no es impuro lo que entra por la boca, sino lo que sale de ella.

diseño inteligente

marzo 5, 2021 § 1 comentario

Por poco que consultemos un manual —o una web interactiva— sobre el cuerpo humano no podremos dejar de asombrarnos. Todo encaja (o casi todo). Cuesta imaginar que estemos ante del producto del azar. De ahí la hipótesis del diseño inteligente frente al darwinismo académico. Sencillamente, hasta los ojos de una simple mosca tienen que responder a la inteligencia de un ente superior. Y quien dice los ojos de una mosca, dice la inmensidad del cosmos. De hecho, la tesis del diseño inteligente es algo así como la puesta al día del deísmo ilustrado —de la hipótesis del dios relojero. Sin embargo, que no podamos imaginar que del azar salga espontáneamente un orden —que los ojos de una mosca tardasen millones de años en llegar a ser lo que son— tiene que ver con nosotros, con los límites de nuestra imaginación. Y no deberíamos confundir lo que nos parece que es con lo que es. Sin embargo, la cuestión de fondo no es esta, sino si habríamos topado con Dios en el caso de topar con el gran diseñador. Los que defienden dicha hipótesis probablemente dirían que sí. Pero podríamos preguntarnos si un dios que formase parte del mundo, aunque perteneciese a otra dimensión, sería algo más que un ente superior. La pregunta, para quien posee una sensibilidad bíblica, es retórica. Pues aun cuando los gusanos no puedan concebir ni siquiera nuestra existencia, no por ello somos dioses. Que se lo pudiéramos parecer no tiene que ver con nosotros, sino con su incapacidad. No es casual que la distinición mosaica entre el falso dios y Dios en verdad apunte en esta dirección. Y es que la experiencia de la realidad de Dios no tienen nada que ver con la percepción indirecta o parcial de lo desconocido, sino con la de una falta esencial y, por eso mismo, invisible (y no meramente aún por ver). Dios no pertenece a la totalidad. Ahora bien, no porque sea la pieza que falta, sino porque no se trata de pieza alguna. Más bien del nadie cuyo clamor espectral mantiene el mundo en vilo. En relación con el Otro en falta, el todo es el no-todo. Estar ante Dios es estar ante un Dios eternamente porvenir (y no ante el dios que juega al escondite). En este sentido, debería llamarnos la atención que el cristianismo declare, al margen de los malentendidos históricos, que Dios —estrictamente, el Padre— no tiene otro rostro que el de un condenado en su nombre. Y que, consecuentemente, el por-venir de Dios no es discernible del de aquel que, abandonándose a Dios, murió como un abandonado de Dios. Creer en otra cosa supone confundir las churras con las merinas —o por decirlo de otro modo, la fe con la religión. Aunque el huérfano no pueda evitar fantasear con papá.

presencias reales

marzo 4, 2021 § Deja un comentario

El que no ve más allá no ve nada. Pues hay más realidad en lo que se perdió de vista que en lo disponible, en la desaparición que en la aparición.

aporías de la piedad

marzo 3, 2021 § 4 comentarios

Es curioso que muchos de quienes se dirigen a Dios en la intimidad no se pregunten sobre si realmente hay alguien escuchándolos tras el muro de las apariencias. Como si bastara solo el sentimiento de que es así para darlo por cierto. Pero ¿no sería este el síntoma de un narcisismo de fondo —de una infancia mal resuelta? Que un Dios pueda atendernos ¿acaso no presupone un haber ya disuelto la distancia que, por defecto, nos separa de lo divino —el sello del orgullo que condujo, precisamente, a la muerte de Dios? ¿Hasta qué punto sirve como Dios un Dios que decide ponerse en manos del hombre —un Dios que desciende hasta situarse a la altura de su criatura? Un Dios hecho carne ¿no renunció, por eso mismo, a su divinidad, a su poder ex machina? Cuando me dirijo a mis hijas, estando en su habitación, es porque que están ahí. En el caso de que no hubiera nadie en esas habitaciones o, mejor aún, si no hubiera tenido ninguna hija, ¿acaso no haría el ridículo si me dirigiese a ellas? Esa plegaria —ese coloquio— ¿sería algo más que un modo de expresar una ausencia esencial? Más aún: ¿podríamos decir lo mismo en el caso de que se tratará de un clamor por la hija que abandonó el hogar?

sacrificio y sentimiento de culpa

marzo 2, 2021 § 3 comentarios

El culto es natural donde lo natural es un mundo repleto de presencias invisibles. Pues hay que congraciarse con los genios del bosque, pongamos por caso, del mismo modo que hay que pagarle el tributo al dueño del territorio. En este sentido, el culto —el sacrificio, el ritual— acaso sea lo más espontáneo de una sensibilidad religiosa. De ahí lo ininteligible que resulta, para dicha sensibilidad, un Dios que exige justicia antes que culto o sacrificios (Os 6,6). Como si fuese, antes que un dios, la excusa imaginaria de los desarraigados —de quienes viven consumidos por las ganas de revancha. No es casual que Yavhé tuviera que refugiarse en la interioridad para seguir funcionando como Dios. La interiorización de la relación con los dioses sería, así, la expresión de un mundo desacralizado. Como tampoco es casual que Nietzsche viera en esa fuga de Dios a los recovecos del alma el origen de la mala conciencia que caracteriza al sujeto de la cristiandad. Pues nadie puede estar en paz con aquel que le reclama lo imposible, a saber, que cualquiera sea su hermano. Es inevitable que, para seguir en el candelero, el Dios de la tradición bíblica requiera hombres y mujeres que se sientan culpables ante el sufrimiento injusto de tantos. Pues no se trata solo de colaborar con Caritas —aunque ello nunca esté de más—: se trata de entregar la propia vida a los demás, mejor dicho, a los que ya no tienen vida por delante. Un Dios, por defecto, siempre nos pedirá un sacrificio, aun cuando, tal y como corresponde a un Dios interiorizado, este sea íntimo. No debería extrañarnos, por tanto, que el neopaganismo de hoy en día suponga una liberación para muchos. La situación de quien tiene que responder a la demanda de los excluidos es, sencillamente, menos gratificante que la de quien cree que basta con sintonizar con las energías positivas del cosmos para que las cosas vuelvan a encajar. Esto es indiscutible, aun cuando haya aquí también algo de sacrificio. Y es que no es fácil seguir una dieta detox.

Sin embargo, puestos a sospechar, podríamos preguntarnos si acaso no habrá más verdad en ese desplazamiento de Dios que en las creencias que dan por descontado que la clave de la existencia reside en el poder de las buenas vibraciones. Y es que quizá la verdad apunte, no tanto a las presencias aún ocultas, sino al originario paso atrás de Dios. Al fin y al cabo, la voz interior no es más, aunque tampoco menos, que el eco de una desaparición (y, por eso mismo, de un eterno porvenir).

la razones del mal

marzo 1, 2021 § 1 comentario

Hanna Arendt, tras asistir al juicio contra Eichmann, sostuvo que el mal encuentra su raíz en la ausencia de reflexión. Esto es, quien produce el daño no sabe lo que hace. Se trata de una tesis muy antigua. La encontramos en Sócrates. Pero también en una de las últimas palabras del crucificado. Y no lo sabe porque no cae en la cuenta de lo que supone estar frente a otro hombre. O bien porque daña a sus víctimas a distancia —quienes arrojaron la bomba sobre Hiroshima simplemente dieron en el blanco—, o bien porque estas fueron previamente reducidas a representación: los judíos tuvieron que ser vistos como mala hierba, si no como ratas, antes de que fuesen gaseados impunemente. Ahora bien, lo cierto es que no se trata solo de un no haber caído en la cuenta de lo que exige el otro como tal —del carácter intocable de una genuina alteridad; del no matarás que se desprende de su aparición. Pues, como escribiese Ernst Jünger en Las tempestades de acero, la crónica del tiempo que pasó en la guerra de trincheras, la primera muerte no la puedes soportar; con la segunda, te acostumbras; la tercera la deseas. Y es que el mal no solo responde a la ignorancia, sino también a la pulsión de muerte que se halla en lo más profundo del alma. Es lo diabólico que hay en nosotros. Adolf Eichmann, para los habitantes del gueto de Terezín, no fue banal. Fue la encarnación de Satán.

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