aporías de la piedad

marzo 3, 2021 § 4 comentarios

Es curioso que muchos de quienes se dirigen a Dios en la intimidad no se pregunten sobre si realmente hay alguien escuchándolos tras el muro de las apariencias. Como si bastara solo el sentimiento de que es así para darlo por cierto. Pero ¿no sería este el síntoma de un narcisismo de fondo —de una infancia mal resuelta? Que un Dios pueda atendernos ¿acaso no presupone un haber ya disuelto la distancia que, por defecto, nos separa de lo divino —el sello del orgullo que condujo, precisamente, a la muerte de Dios? ¿Hasta qué punto sirve como Dios un Dios que decide ponerse en manos del hombre —un Dios que desciende hasta situarse a la altura de su criatura? Un Dios hecho carne ¿no renunció, por eso mismo, a su divinidad, a su poder ex machina? Cuando me dirijo a mis hijas, estando en su habitación, es porque que están ahí. En el caso de que no hubiera nadie en esas habitaciones o, mejor aún, si no hubiera tenido ninguna hija, ¿acaso no haría el ridículo si me dirigiese a ellas? Esa plegaria —ese coloquio— ¿sería algo más que un modo de expresar una ausencia esencial? Más aún: ¿podríamos decir lo mismo en el caso de que se tratará de un clamor por la hija que abandonó el hogar?

§ 4 respuestas a aporías de la piedad

  • Luis dice:

    Buenas volando, todavía estas palomas. Si alguna herida bajando, luchando por mantenerse entre las nubes, sería aquella que versa sobre la infancia; la mal resuelta. No hay trampaquí? – un bien resuelto adulto? Padre. Y padre que es su padre y el otro de tanto, allá… así que quizas al envejecer reaparezca el rostro del padre y la culpa, no aguantando igual el mundo a cuestas, temblando. Y si no diría que bien resuelve el niño que adopta en la Hostia todos los fantasmas que le verán pecar hasta que los arroje de su casa o se vaya él mismo. Hasta que el abismo vuelva a devolverle la mirada.. no era eso? Más o menos..
    Vuelan todas buenas todas.. me vuelve a cegar un rayo. Viva el Betis ! Aunque..

    L

  • Quentin dice:

    Aquel que ora habla solo, no espera nunca respuesta. La insoportable levedad del Dios que escucha pero no habla constituye en sí misma una verdadera aporía. ¿Tiene sentido un Dios omnipotente y a la vez silencioso?

    Son múltiples las contradicciones, las preguntas sin respuesta, que se encuentra el que concibe un Dios maximalista, el que tradicionalmente ha sido evocado por los hombres. ¿Puede Dios saberlo todo y permitir nuestra libertad? ¿Es posible que un Dios omnipotente haya creado un mundo imperfecto? ¿Puede un Dios infinitamente bueno permitir que el mal exista?

    Estos callejones sin salida han desanimado siempre a la humanidad. Le han hecho perder confianza acerca de la realidad de Dios. Y es que la concepción que el hombre ha tenido de Dios se ha basado históricamente en la inmadurez fruto de la ignorancia. Dios ha aparecido en nuestro imaginario como lo hace el padre ante el niño pequeño, que afirma fascinado que papá es el más fuerte, el más sabio.

    El niño crece y ante sus ojos se ponen de manifiesto los defectos y las limitaciones del padre. La madurez despierta la incredulidad respecto de la grandeza del padre. Algo así le ocurre a la humanidad entera cuando la ciencia le hace poco a poco abrir los ojos. Dios ya no es lo que era…

    Pero el joven deviene adulto y aprende que lo importante de su padre no era su omnipotencia sino su debilidad. El hijo ama finalmente al venerable y vulnerable anciano no por su fortaleza sino por su necesidad, la que le hizo amorosamente dependiente de su criatura, la que le impulsó a la entrega incondicional.

    Quizás algo parecido debamos obrar con Dios nuestro padre. Le hemos colmado de tantos adjetivos (omnipotente, omnisciente, omnipresente) que lo hemos convertido en un Dios imposible. Por eso cuando oramos con Él no lo oímos. Porque no lo podemos concebir. No nos lo acabamos de creer.

    Buscar un Dios más vulnerable, más humano nos permitiría aceptar que sí, probablemente nos hizo más a semejanza de Él de lo que inicialmente habíamos pensado. Y así aprenderíamos a saber buscarlo. No en el monólogo de la oración. Sí muy cerca, a nuestro lado.

  • Carmen dice:

    Quizá aunque solo sea como modo de mantener la orientación de la mirada, la oración muestra ya una eficacia (que se puede calificar y mostrar psicopatológicamente para toda otra orientación del ver); si, además, sirve para percibir la parte de la promesa/don ya cumplida/recibido, la eficacia será quizá mayor. En cuanto a la «eficacia» total, creo que estará siempre por ver, lo que no quiere decir que por lo mismo quede automáticamente anulada.

  • Iñaki dice:

    Buenas tardes,
    Decía el Maestro Ávila que el fin del pensamiento es el sentimiento.
    La fe es lo que tiene, confianza en lo que no se ve. Es así, no todo tiene explicación en esta vida, ¡qué le vamos a hacer! Supongo que, de ahí, el acertado título de aporía. Pero no hay que desesperar por no poder saberlo todo.
    La oración surge de la humildad; no veo el sentido de un orar cuyo motivo es intentar estar a la altura de Dios: que es lo que implica el pecado original, la soberbia del hombre por querer ser como Dios en todo: conocimiento, vida, muerte, poder…
    El que ora es el que se pone en manos de Dios, en su petición, en su súplica restaura precisamente la distancia y la acepta, sin que llegue a ser insalvable, si no, no tendría ningún sentido la oración: si tras ella encuentra el silencio, debe desentrañar su por qué, y con el tiempo, quizá pueda ver alguna respuesta en el camino.
    Y, por último, claro que sería una tontería hablarle a alguien donde ese alguien no estuviera. La diferencia respecto al asunto es obvia.

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