sobre la piedad cristiana

marzo 24, 2021 § 3 comentarios

La piedad llega, sobre todo, a través de imágenes paranormales: un ángel, la virgen, un mundo espiritual, el resucitado… Así, llegamos a creer que hay lo que imaginamos, sin que nos preguntemos por su verdad. Es lo que tiene satisfacer las necesidades de la sensibilidad. Pero el monoteísmo condena las imágenes. ¿Qué piedad, entonces, para el iconoclasta? Judíamente, únicamente la que arraiga en el memorial. Recuerda de dónde vienes, qué sucedió en el Mar Rojo, en Auschwitz, en el Gólgota… También, como viera Ignacio, la que nace de una composición de lugar, la cual consiste en recrear imaginativamente los relatos evangélicos… como si uno estuviera presente. Ciertamente, la piedad está al servicio de la modificación de la sensibilidad. De ahí que donde no hay piedad, la revelación se reduzca a concepto. El cuerpo no acompaña (y por eso mismo, no hay incorporación). Ahora bien, cuando la piedad llega a través de las imágenes que satisfacen la inclinación espontáneamente religiosa, la modificación apenas modifica. Es posible que el impasse actual del cristianismo tenga que ver con que, tras la crítica ilustrada a la superstición, no supo proponer una piedad sin imágenes. Aunque tampoco era fácil o incluso viable, si se trataba de seguir siendo popular.

§ 3 respuestas a sobre la piedad cristiana

  • Iñaki dice:

    La fe no es algo estático, la vamos viviendo en nuestro caminar y lo que ahora no comprendemos, quizá más adelante, profundizando en ella y con ayuda, sí podamos. La sensibilidad también va progresando y la inteligencia, y la fe. Yo creo que, llegados a un punto de madurez, uno puede creer, sin sonrojarse, en los ángeles, en la virginidad de María y en otras muchas cosas que, a ojos de una sociedad hinchada de autosuficiencia, resultan infantiles. (¿Alguien en su sano juicio querría una eternidad de un mundo gobernado por el hombre?)
    Por cierto que una cuestión fundamental en cuanto a la resurrección es la de los testigos de las apariciones de Jesús. ¿Por qué no poder creerlo y sí muchos hechos históricos vinculados a testimonios?
    Yo creo que el cristianismo no condena las imágenes, sólo advierte de que no deben transformarse en lo que no son. Si han permanecido dentro de su uso adecuado en la Iglesia, su razón de ser tendrán, al menos para el pueblo de Dios que somos, ¿no?.

  • Quentin dice:

    Al principio el hombre quiso seguridad. La persona, sola ante una naturaleza poderosa y amenazante buscó cobijo en un Dios fuerte. Y Dios se mostró como Padre y desde el cielo enseñó al hombre la Piedad. Era el Dios de los judíos, el Dios de la de fe, el que pedía fidelidad, el Dios del Antiguo Testamento.

    Luego el hombre quiso bienestar. La persona, sola ante una sociedad dominante y agresiva buscó soporte en un Dios cercano. Y Dios se mostró como Hijo y desde la tierra enseñó al hombre la Misericordia. Era el Dios de los cristianos, el Dios de la caridad, el que pedía entrega, el Dios del Nuevo Testamento.

    Hoy el hombre quiere sentido. La persona, sola ante su propia vida vacía e inasequible busca luz en un Dios convincente. Y Dios se muestra como Espíritu y desde el alma enseña al hombre la Sabiduría. Es el Dios que nace ahora, el Dios de la esperanza, el que pide reflexión, el Dios del Futuro Testamento.

  • Carmen dice:

    Hace unos años, sobre todo entre las teólogas, era muy frecuente empezar cualquier escrito con la presentación «Desde donde escribo…»; no sé si ahora se hace tanto, pero creo que no es totalmente irrelevante. Se puede escribir desde un aula universitaria, un despacho medio de un país europeo, igualmente medio… o a orillas del Nilo, con una máquina de coser… Lo que se ve desde cada sitio es diferente.
    Coincido con Josep en que la piedad llega siempre a través de imágenes, pero hablo de la piedad sin más adjetivos. Y, quizás desde ahí se pueda ir ascendiendo (¿abstrayendo?) a la piedad religiosa, y las imágenes vayan así perdiendo normalidad y ganando en paranormalidad. También quizá se pueda ir descendiendo y vaciando, abstrayendo igualmente, pero no necesariamente sólo la persona sola, ante «su» propia vida (mi discrepancia con Quentin).
    Mi amiga Agustina cargó con su máquina de coser hasta El Cairo, y pudo afirmar que allí su cuerpo y alma de máquina le proporcionaron la distancia que permite ver y comprender. Comprendió que aunque bien le gustaría poder ella escribir meditaciones como las de Ortega sobre El Quijote, este habría escrito otras cosas a orillas del Nilo, y no habría hablado sólo y solo con las estatuas, como hizo en París. En su tesis doctoral sobre Clarice Lispector la misma Agustina, después de su experiencia egipcia, diría que «Decir que la vida no era bella no es lo mismo que decir que la vida sea fea… En la negación, la autora [Lispector] se ha valido del pretérito imperfecto, frente a ese presente constante que supone decir la vida es un lujo. En segundo lugar, en esa negación la belleza está presente, está escrita, pero por el otro lado, por detrás, por el revés». En el mismo contexto de doctorando, con la metáfora de la escultura y el hueco que deja en la piedra de la que se saca, decía también: «A pesar de que sólo nos quedaran los recortes, podríamos volverlos a unir y entonces tendríamos el hueco de la figura, ese hueco que es tan positivo en la cántara, que es el que le da la existencia». Todo ello son figuras e imágenes, pero no creo que se opongan a la iconoclasia de ningún monoteísmo. Quizá formen también parte, como envés del envés, de muchas de esas figuras de la piedad popular.

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