vulnerables

abril 1, 2021 § 2 comentarios

La experiencia de la propia vulnerabilidad se encuentra en el centro de la vivencia religiosa. No en vano, Schleiermacher hablaba del sentimiento de dependencia como el sentimiento fundamental de la fe. Es a partir de esta convicción corporal, por decirlo así, que los enunciados básicos de la religión devienen inteligibles. Podríamos decir que, con respecto a este asunto, el libro de cabecera es el Eclesiastés: uno es polvo (aunque pueda ser polvo enamorado que diría Quevedo). Creer lo contrario —vivirlo— es vanidad y alimentarse de viento. Sencillamente, no somos el centro. Existimos como descentrados. Por tanto, lo natural es que el niño invoque al padre que encuentra en falta. Y desde el suelo de la fe seguimos, de algún modo, en la infancia. Sobre todo cuando apenas somos algo más que dolor. Aquí la cuestión es si hay un padre al que invocar. Esto es, si acaso el hombre, como dijera Sartre, no será una pasión inútil. El horizonte de nuestro estar en el mundo no es el dominio, ni siquiera del dominio de sí. Podríamos dar por sentado que existimos ante un poder que nos sobrepasa. Y aquí no es necesario ponerle un rostro: basta con la infinitud del cosmos. Creer que dicho poder nos tiene en cuenta ¿no supondrá rebajar su exceso? Sin embargo, quien vive como si este no tuviera que ver con él ¿no habrá hecho del mismo un espectáculo?

En cualquier caso, y teniendo lo anterior en cuenta ¿no debería dejarnos estupefactos que Dios, como proclama el cristianismo, nos haya amado hasta el punto de sacrificarse por nosotros? Más aún: ¿podría un cristiano continuar proclamándolo de no seguir creyendo en el hecho de la resurrección, aunque como tal solo pudiera darse en un mundo capaz de apariciones? Que la resurrección se haya actualizado en metáfora — que fácilmente muchos cristianos de hoy en día la entiendan como un modo de hablar— ¿no hará del Dios cristiano, precisamente, un no-Dios? Y por eso mismo, la fe ¿no será actualmente una especie de ateísmo irónico? Que el poder de Dios se manfieste en la debilidad del Hijo —Pablo, dixit— ¿no está cerca del oxímoron? ¿Podemos tomarnos en serio que la resurrección —ese imposible— fue el acto de un Dios impotente? Acaso ello ¿no implicaría hacer de esa impotencia una impotencia táctica? ¿Pudo Dios humillarse hasta el punto de colgar de una cruz y seguir siendo divino? La Trinidad ¿es inteligible donde la esencia de Dios se concibe al margen del cuerpo del hombre que fue Jesús de Nazaret? ¿Fue la cristiandad un malentendido? Es posible que no sepamos qué afirma el cristianismo mientras no respondamos a estos interrogantes. Aun cuando también es posible que las respuestas se nos dieran en su momento —desde Agustín hasta Anselmo— y que, simplemente, nosotros, como hombres y mujeres modernos, ya no podamos aceptarlas.

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