vulnerables (y 2)

abril 2, 2021 § 1 comentario

Sin embargo, las mujeres y los hombres pueden limitarse a cargar con el peso de su vulnerabilidad —ni siquiera la identidad del yo está garantizada— sin necesidad de invocar a Dios. O mejor dicho, sin tomarse en serio la invocación que espontáneamente surge donde el mundo ha dejado de ser una posibilidad. Estamos solos y no hay nada qué hacer. Nada humano sobrevive a la catástrofe. Al menos, morir de pie (si se puede). Como sabemos, esto es muy griego. Y modernamente estamos más del lado de Atenas que de Jerusalén. De haber nacido en Grecia, las últimas palabras de Jesús no hubieran sido las que fueron —Dios mío, por qué me has abandonado; en tus manos encomiendo mi espíritu…—, sino las de Sócrates —Critón, debemos un gallo a Esculapio—, las cuales acaso constituyan su definitiva ironía. Como dijera Epicuro, hay dioses, pero no se ocupan de nosotros. No cabe esperar ninguna redención de su parte. Los gusanos se equivocarían si creyesen que estamos dispuestos a morir por ellos. De ahí que el cristianismo no pueda prescindir de la revelación. O lo que es lo mismo, del acontecimiento de la resurrección, el cual se nos ofreció a contrapié. Pues la convicción bíblica es que, antes de la redención que sucede a la catástrofe, lo humano aún está por ver. Y esto es, justamente, lo contrario a la tesis griega (y a lo que actualmente damos por sentado). De ahí que el cristiano de hoy en día no pueda invocar honestamente a Dios, mientras siga entendiendo la resurrección como metáfora de una experiencia interior —y difícilmente puede entenderlo de otro modo, si asume los presupuestos de la Modernidad. Su invocación cae, sencillamente, en el vacío. Y es que, en ausencia de resurrección, la cruz es la prueba de que no hay ningún Dios que esté del lado del hombre de Dios.

¿Dónde estoy?

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