¿nos ama Dios?

abril 6, 2021 § 1 comentario

¿Es cierto que hay Dios y que este nos ama? No lo sabemos. Podemos, sin duda, suponerlo. Como quien supone que somos la creación de una Matrix rebosante de buen rollo. Pero aquí corremos el riesgo de que lo que haya detrás no sea una posibilidad entre otras, sino la necesidad de creer en un Dios que es amor. Evidentemente, en este caso lo que prevalecería sería el sentimiento (y un simple sentimiento, contra lo que suele decirse, está lejos de ser una experiencia: más bien, la suplanta). Con todo, podríamos admitir que estamos ante un modo de ver cuanto nos rodea: como si hubiera un Dios que nos ampara. Y aquí poco hay que decir. Pues cada uno intenta, ante el dolor de la existencia, situarse en la perspectiva que más le consuela.

Por eso quiza la pregunta sea ¿cómo pudieron creerlo los primeros cristianos? La respuesta es simple: porque para ellos se trató de una revelación (y el acontecimiento revelador fue, sin duda, la resurrección; pues para ellos no fue lo que es para muchos cristianos de hoy en día, a saber, una interpretación). Ahora bien, el presupuesto de la revelación —y aquí deberíamos tener en cuenta que una revelación no es, precisamente, una confirmación— es que hay dioses y que, por su propia naturaleza, no es que estén muy dispuestos a prestarnos atención. De ahí la sorpresa, por no hablar del estupor de un Dios que decide entregarse por amor. Únicamente, en un mundo en el que la referencia a lo divino es natural puede darse la revelación de un Dios que, contra el prejuicio dominante, quiere reconocerse en el hombre. El problema es que, con el triunfo histórico del cristianismo, hemos llegado a olvidar el significado originario de la palabra Dios —y con ello el carácter revelador de la revelación. Y una vez el amor de Dios pasó a ser una obviedad, fueron suficientes unos dos mil años para que le perdiéramos el respeto a Dios. Pues aún respetamos a quien, pudiendo condenarnos, se decanta por la misericordia, pero difícilmente a quien nos la ofrece por defecto —a quien es misericordioso. Es el riesgo que corrió un Dios que, de tan íntimo, dejó atrás su exterioridad, su altura, su rareza. Como reza una sentencia talmúdica, todo está en manos de Dios, salvo el temor de Dios.

Es cierto que Agustín dijo aquello de interior intimo meo. Pero lo que no suele mencionarse es que a continuación añadió et superior summo meo, precisamente, lo que actualmente pocos son capaces de añadir. Sea como sea, donde la división entre lo divino y lo humano no se da por descontada, basta con creer en un amor de fondo o en el espíritu de interconexión para sentirse confortados. Es por eso que hoy en día muchos están convencidos de que, cuando el cristianismo proclama que Dios es amor, lo que está declarando propiamente es que el amor es divino. Pero no se entendió así en un principio. Será cierto, hoy en día como antes, que solo pueden hablar de Dios los que viven nuestra constitutiva vulnerabilidad a flor de piel, aquellos que, a casua de nuestro desprecio o pasotismo, son poco más que su invocación de Dios (y no los que han podido hacer de este mundo un hogar; o del hogar una fortaleza).

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