Nietzsche y el cristianismo

abril 7, 2021 § 2 comentarios

La pregunta de Nietzsche es muy simple: ¿cómo fue posible el cristianismo? Esto es, ¿cómo pudo tener lugar una religión en la que Dios no se revela como un Dios entre otros —una fe tan contraria a lo que espontáneamente entendemos como inconmensurablemente superior? La pregunta tiene su qué. Pues muestra un estupor que ya perdimos de vista y que los primeros cristianos, antes del tercer día, vivieron a flor de piel. Y es que el cristianismo dice cosas muy extrañas. Imaginemos, pongamos por caso, que somos diseñadores de moda. Y que, en la pasarela de Milán, hacemos desfilar a taradas, en vez de a chicas modélicas: a una leprosa, a una deficiente mental, a una mujer de doscientos kilos de peso… añadiendo, con el micrófono en mano, que ellas, y no las típicas modelos, encarnan la verdadera belleza. ¿Cómo reaccionaría el público? Probablemente, no se lo tomaría en serio —no podrían hacerlo. Como si fuera la extravangancia de un genio, cuya última propuesta quiere llamarnos la atención al estilo de aquella campaña de Benetton protagonizada por un enfermo de SIDA. Pues bien, el cristianismo proclama algo igualmente difícil de tragar, a saber, que aquel que colgó de una cruz como un abandonado de Dios es aquel en el que Dios se reconoce, en definitiva, el modo de ser de Dios, su quién (y no solo su representante o enviado). Cristianamente, Dios se hace presente como Dios en la cruz. Estamos hablando de algo que una sensibilidad religiosa no puede admitir fácilmente. De ahí la pregunta de Nietzsche: ¿en verdad va en serio? ¿No está ello muy cerca de decir que, sencillamente, no hay Dios? ¿No deberíamos entender la declaración cristiana como una feroz ironía —como un ateísmo en clave religiosa? No es casual que el cristianismo, a la hora de hablar de Dios, comience (y termine) hablando de un hombre —y de un hombre que fracasa en nombre de Dios, al fin y al cabo, en su lugar. Pues el Dios que se revela en la cruz es el Dios que no es nadie sin la adhesión incondicional del hombre, un Dios que quiso ponerse en manos del hombre para volver a ser el Dios que fue in illo tempore. En definitiva, un Dios que no quiere —y por extensión, no puede— darse como Dios sin el fiat de su engendro. Sin duda, nos encontramos bastante lejos del prejuicio de la religión, el que da, precisamente, a Dios por descontado —el que supone que Dios en modo alguno depende del hombre, sino que el hombre —y solo el hombre— depende de Dios. Hay más cristianismo en el relato de aquella adolescente de la antigua Palestina que se quedó embarazada del legionario que la forzó —y que, con todo, amó a su hijo como un don de Dios— que en cualquiera de las apariciones marianas. Hay más pureza en esa madre soltera que en un espectro virginal. El cristianismo se deforma cuando toma las imágenes de la pureza —algo así como el destilado símbólico de historias humanas, demasiado humanas— por descripciones. El milagro no apunta a lo paranormal, sino a lo imposible, a lo que el mundo no puede aceptar como posibilidad. Y aquí el milagro —lo imposible— no fue una concepción inexplicable, sino que la bondad fuese más fuerte que el horror.

Es cierto que el cristianismo no es solo el Gólgota. Hubo un tercer día. Por eso, de no haber habido resurrección, la fe, como dijera Pablo, sería un absurdo. Y este es el problema. Pues en la época en la que la resurrección no puede reconocerse como hecho —ni siquiera como un hecho del pasado—, el cristianismo hace aguas… y Nietzsche tiene razón. El problema, sin embargo, quizá resida en nosotros, en nuestra dificultad para admitir una realidad que no sea medible. Pues acaso sea más real lo que desapareció que lo presente. Pero este es otro asunto. Sea como sea, un cristiano, si quisiera confirmarse en la fe que ha heredado, haría bien en leerse El Anticristo. Al menos, para saber de qué va el tema.

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