una vida examinada

abril 16, 2021 § 1 comentario

Como es sabido, hacia el final de la Apología de Sócrates topamos con una de las sentencias fundacionales de Occidente: no vale la pena vivir una vida que no se examine a sí misma. ¿Es realmente así? A muchos no se lo parece. Pues no hay examen que no suponga un quedarse en suspenso —y uno, espontáneamente, siempre prefiere pisar tierra firme. Pero ¿qué sería aquí tierra firme? La respuesta es sencilla: permanecer pegados a lo que se dice, se hace, se cree. Esto es, a lo impersonal. Sin embargo, esto es como decir que preferimos estar cerca de los chimpancés. Al menos, porque no parece que los chimpancés se pregunten por la verdad de cuanto se traen entre manos. De ahí que muchos digan que hay Dios o que son libres —o que hay amor— porque así lo sienten. Y esto les basta. Pero pocos se preguntan si es verdad que hay Dios o que son libres —o que lo suyo con su pareja es amor. Quizá los muchos tampoco anden tan equivocados. Y es que, en el momento de hacernos estas preguntas, no sabemos qué responder (en realidad, nunca lo sabremos). Y esto equivale a decir que nos situamos fuera de juego, en la distancia de quien contempla un espectáculo desde la grada. Un ciempiés sabe mover sus cien pies… siempre y cuando no se interrogue sobre cómo es capaz de hacerlo. Sin embargo, lo cierto es que, cuando el barco haga aguas —y con el tiempo, sin duda, terminará haciendo aguas—, será inevitable interrogarse por lo que pueda haber de sólido en cuanto nos sucede. Puede que, en este sentido, la filosofía —ese deseo de verdad— sea un intento de anticiparse al hundimiento del barco: que no nos pille sin saber nadar. Y aquí el saber nadar tiene mucho que ver con un saber estar por encima de cuanto nos pasa y apenas importa, en definitiva, con la libertad. O si se prefiere, con la fortaleza. Con todo, la cuestión es en nombre de qué llegamos, si es que llegamos alguna vez, a vivir una vida más robusta. Y la respuesta de la filosofía es en nombre de lo real, de lo que en modo alguno admite la modificación. Esto es, del misterio que abraza la existencia, aunque no sin también amenazarla (y aquí la amenaza es el vacío). Pues lo real es, precisamente, lo que siempre retrocede en su hacerse presente, lo que se resiste, en su alteridad, a la representación y, por eso mismo, roza lo ilusorio. Al menos, desde nuestro lado, el de las apariencias. Acaso sea por esta razón que, con respecto a lo real —a su eterno más allá de cualquier presente— tan solo podamos hacernos una idea… concibiendo imágenes increíbles. Hay más realidad en lo que tuvimos que perder de vista al nacer, por decirlo así, que en lo que cabe ver y tocar. No es casual que Sócrates confesara que, al fin y al cabo, no dejó de ser un ignorante. Suele decirse que la filosofía nace del asombro. Y es cierto. Lo que no suele decirse es que también nace de la sospecha. Ahora bien, el asombro y la sospecha, la estupefacción y la duda no van, cada una, por su lado, sino que se revelan como las dos caras de una misma moneda. Pues el filósofo se atreve a poner entre paréntesis lo que, en un principio, se le muestra sin fisuras porque antes quedó conmocionado ante el hecho de que hubiera algo en vez de nada.

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