Dios está con nosotros

abril 17, 2021 § 2 comentarios

Dice un padre a su familia: de aquí dos días nos desahucian. Pidámosle a Dios que nos concedan una prórroga. Pero Dios no hace nada. A la calle. Otro: acabo de perder el empleo en la pizzería. Imploremos a Dios para que pronto encuentre otro trabajo. Pero Dios no está por la labor. Y el paro se prolonga sine die. Una madre clama a Dios por la salud de su pequeña de seis años, enferma de leucemia. Sin embargo, la hija termina muriendo. ¿Es que sus rezos no conmovieron a Dios? Y así hasta cansarnos. Que Dios esté junto a nosotros, ¿va en serio? Luego leemos en las obras del teólogo: Dios nos ayuda dándonos la mano mientras sufrimos… como la médico aprieta, con piedad, la de quien agoniza solo en el hospital. ¿Es esto un consuelo? Quizá sí en el caso de la médico. No me atrevería a decirlo en el caso de la mano invisible de Dios. Al menos, para quien se pregunta si será verdad lo que se imagina, a saber, que Dios está de nuestra parte y que nos aguarda en el más allá para compensar tanto dolor. De ahí que, para los sufrientes que no ven a Dios por ningún lado, la última invocación acaso sea esta: cuándo pondrás un punto y final a todo esto —cuándo restaurarás el mundo. Desde la óptica de los que no parecen contar ni siquiera para Dios —desde la posición de los incontables—, los relatos de las transfiguraciones y las uniones místicas, así como las abstracciones del teólogo suenan a sarcasmo. Como si fueran un insulto.

Quizá no sea casual aquello tan bíblico de que solo los que sobran estén autorizados a hablarnos de Dios o, mejor dicho, en su nombre. Pues la fe de quienes, sensatamente, no pueden tener fe es la única fe que puede provocar nuestra fe. Y aquí no estamos hablando de la ilusión —aunque en su situación también quepa, sin duda, mucha ilusión—, sino de aquella extraña confianza en el triunfo final de la bondad, que, aun cuando no sepamos cómo podría tener lugar, arraiga en la compasión de las mujeres y hombres buenos. Hablamos de la confianza que, me atrevería a decir, lejos de manifestarse como un delirio, posee la gravedad —y la robustez— de los cuerpos. Sencillamente, en nombre de una bondad hecha carne, y contra toda evidencia, el mal no pronunciará la última palabra. Y esta convicción es tanto profecía como mandato. Sobre todo si tenemos en cuenta que el Dios del que hablamos no es nadie sin la entrega del hombre —y porque no quiere ser sin el hombre. En este sentido, podríamos decir que el hombre carga sobre su débil espalda la responsabilidad de ayudar a Dios a ser, precisamente, Dios. De ahí que esta responsabilidad únicamente pueda asumirse donde no nos da la impresión de que haya Dios. Y de ahí también que la fe, en tanto que confianza, se exponga a la posibilidad de la derrota. No en vano los viejos creyentes concibieron la historia como un combate entre las fuerzas de la luz y las de la oscuridad. Al fin y al cabo, el nihilismo acontece cuando percibimos este combate como ficción —como si solo fuera materia para una nueva versión de Star wars. Pero esto último probablemente solo tenga que ver con nosotros. No con lo que es.

¿Dónde estoy?

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