un comunicado

junio 30, 2021 § Deja un comentario

El creyente está convencido de que Dios se comunica. De acuerdo. Pero ¿de qué estamos hablando? ¿De un mensaje? En cierto modo, sí (aunque se trate de un mensaje hecho carne). Ahora bien, no para que nos llenemos la boca. Hay un exceso de verborrea en muchos cristianos, sobre todo cuando intentan traducir su experiencia de Dios. Como si esta no hubiera sido antes la de Dios. Sin embargo, lo cierto es que en toda comunicación, de haberla, lo dicho se revela como el síntoma de lo que debe permanecer oculto. Sucede algo parecido con el encuentro: que, a diferencia de la fusión, preserva la distancia —eterna e infranqueable— de la alteridad.

más Kierkegaard

junio 29, 2021 § 1 comentario

En los Diarios de Kierkegaard encontramos lo siguiente: todos los que saben callarse se convierten en hijos de los dioses; pues callando es como nace la conciencia de nuestro origen divino. Los charlatanes nunca serán más que hombres. Y es cierto, a su modo. ¿Cómo es que la sensación de profundidad la da quien guarda silencio, y no quien se llena la boca con grandes palabras (y que por eso mismo nos vienen grandes)? ¿Acaso porque ha caído en la cuenta de que no hay nada que decir —que el habla no logra escapar del escenario, de lo que nos parece que es? ¿Será por está razón que el Dios de Getsemaní fue el más penetrante? ¿Es posible que el secreto de lo real consista, precisamente, en que no hay secreto? El cofre, cerrado a cal y canto, no guarda ninguna joya. Y quizá sea por este vacío que cuanto despreciamos, mientras intentamos abrir el cofre, posea el aura de la excepción, aquella que solo llegará a deslumbrarnos, si fuese el caso, cuando apenas nos quede tiempo por delante.

de la eleccion

junio 28, 2021 § Deja un comentario

Al final, y con respecto a uno mismo, no se trata de seguir eligiéndose —de un permanecer abierto a la novedad—, sino al contrario, de no poder elegir. Y no porque no haya ninguna alternativa sobre el papel, sino porque llega un momento, si llega, en que te has convertido en lo que elegiste, antes incluso de nacer. Aquí tan solo cabe un disyuntiva: o fidelidad o traición —u obediencia o rebelión (aunque sin norte, esto es, como si fuera un espasmo). Porque lo más íntimo ni siquiera garantiza una identidad —porque nadie se posee a sí mismo—, no hay vocación que no se experimente, en definitiva, como encargo —como misión.

películas del oeste

junio 27, 2021 § 1 comentario

El séptimo de caballería: eso —y no que el león coma hierba— es lo que espera el prisionero de los sioux. Sin embargo, en su lugar, el cristianismo ofrece un Mesías crucificado —un Dios que no tiene otros brazos que los nuestros. Mal remedio para quien prefiere una expectativa a la fe (¿y quién no la prefiere?). La esperanza siempre fue de entrada muy física —muy concebible. De salida, en cambio, es incapaz de ver nada que no sea increíble y, por eso mismo, delirante. La esperanza de quienes ya no pueden imaginar una intervención ex machina apunta a lo imposible. Pues, sensatamente, no cabe esperar que el león coma hierba, ni que los muertos resuciten. Y menos que la nueva humanidad dependa de un siervo sufriente. Eppur si muove.

Etty

junio 26, 2021 § 3 comentarios

Escribe Etty Hillesum: sólo una cosa es para mí cada vez más evidente: que tú no puedes ayudarnos, que debemos ayudarte a ti, y así nos ayudaremos a nosotros mismos. Es lo único que tiene importancia en estos tiempos, Dios: salvar un fragmento de ti en nosotros. Tal vez así podamos hacer algo por resucitarte en los corazones desolados de la gente. Aquí, teológicamente hablando, solo cabe hacer una pregunta: ¿qué implica, con respecto a Dios, el que no pueda ayudarnos? ¿Qué Dios es aquel que necesita ser resucitado en el corazón del hombre (y por el hombre)? Evidentemente, no uno ex machina. Pero tampoco uno cuyo modo de ser esté determinado de antemano. Incluso la bondad de Dios está en el aire, una vez decidió no ser Dios sin el fiat del hombre.

emoción y verdad

junio 25, 2021 § Deja un comentario

Todo pasa por el cuerpo. El estremecimiento es el síntoma de la aparición. Pero no alcanza al aparecido. Este permanece siempre más allá como el extraño que siempre fue (y será). De ahí la pregunta por su realidad. Trascender el horizonte de las apariencias no es posible salvo que aceptemos que no hay otra realidad —otra verdad— que la del desaparecido. Pues la desaparición de la alteridad es la condición de su presencia sensible. Esto es, en el fondo, Platón. El resto, como ha sido ya dicho, notas al pie.

amar a Dios

junio 24, 2021 § Deja un comentario

Amarás a tus hijos. ¿Tiene sentido? No, cuando se da por sentado. Que Dios nos exija amarlo presupone, por tanto, que no es el caso. Nuestro punto de partida es un pasar de Dios (aunque nos llenemos la boca con su palabra —sobre todo, entonces). De ahí que el primer mandamiento sea leído como profecía: terminarás amándolo. En Israel, mandato y anticipación siempre fueron de la mano. Con todo, lo que acaso estuvo por aclarar es que esto solo es posible abrazando —o dejándose abrazar: Dios ama primero— por el cuerpo que lo encarna. Difícil amar a Dios si no es respondiendo a su entrega o sacrificio. Quien de entrada cree amarlo, no ama a Dios, sino su idea de Dios.

tiempo y verdad

junio 23, 2021 § Deja un comentario

Con el paso del tiempo, incluso las palabras verdaderas dicen algo muy distinto a lo que originariamente dijeron. Por ejemplo, la proclamación de la cruz como sacrificio redentor derivaba, inicialmente, de algo muy físico, a saber, la resurrección. Actualmente, dicha proclamación se ha convertido en una variante, pongamos por caso, del carácter curativo de la ascesis, al fin y al cabo, en un asunto interno. Así, el relato de la resurrección acaba entendiéndose como un modo de hablar. Pero no lo fue en un primer momento. En realidad, fue una visión. Sin embargo, no hay visión que no incluya un cierto saber —una ver como, una carga teórica, en definitiva, los presupuestos de una cosmovisión—. Y este es el problema.

santo vs sabio

junio 22, 2021 § 1 comentario

Para comprender la distancia que separa Atenas de Jerusalén basta con poner frente a frente la figura del sabio, tal y como la entendió el helenismo, y la del santo. En el primero, el horizonte es el de la autosuficiencia —un estar por encima de cuanto sucede—. O, como decía Lucrecio, el de poder contemplar el naufragio ajeno desde la atalaya del espectador. En el segundo, se trata de plegarse a la voluntad que se desprende de un Dios trascendente hasta rozar la nada —de instalarse en el sentimiento de una dependencia fundamental—. Para el sabio, el cosmos no tiene propósito. Es posible que las piezas encajen —puede que haya un sentido—, pero no para nosotros. En cambio, el santo se encuentra expuesto a la demanda insatisfacible que arraiga en los estómagos del hambre, una demanda que experimenta como la demanda misma de Dios. O el despreciado —y espontáneamente despreciable— nos incumbe, o no. Esta es la única disyuntiva, aquella ante la que se decide nuestra justificación. Para el sabio, por contra, lo único que está en juego es la libertad que se da como indiferencia ante lo que no importa sub specie aeternitatis (aunque desde esta óptica cuanto importa quede siempre en suspenso). En cualquier caso, lo que tienen en común ambas figuras es su extrañamiento del mundo (y, por eso mismo, un cierto sentido de la donación). Pues el todo nunca termina de ser el todo ni para el sabio, ni para el santo (aun cuando lo cierto es que no se sitúan de igual modo ante esta esencial incompletud).

Jesús calma la tempestad

junio 21, 2021 § Deja un comentario

Según cuentan los evangelios, durante un anochecer Jesús y sus discípulos cruzaron el mar de Galilea en una barca. Más tarde se levantó una gran tormenta. Jesús dormitaba sobre un cabezal. Los discípulos le despertaron e, inquietos, le dijeron: Maestro, ¿no te preocupa que nos ahoguemos? Jesús, tras increpar a los vientos, logró calmar la tempestad. Sin embargo, a continuación añadió: ¿por qué teméis? ¿acaso perdistéis la fe?. El episodio evangélico termina del siguiente modo: entonces, aún desconcertados, los discípulos se decían unos a otros: ¿quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?».

Para percibir el alcance de la perícopa hay que situarse en los Getsemaní de la historia. La pregunta de los discípulos es la que se hicieron muchos condenados en los campos de exterminio: ¿dónde está Dios? Ahí no se calmó la tempestad. Tampoco lo hizo en el Gólgota. Por eso muchos se preguntaron si era posible seguir creyendo en Dios después de Auschwitz —o, como Adorno, si aún cabía escribir poesía. Yeshayahu Leibowitz dejó escrito que quienes dejaron de creer en Dios tras Auschwitz nunca creyeron en Dios, sino en la ayuda de Dios. Algo de esto hay, aunque sea difícil separar la confianza en Dios de un esperar su intervención ex machina. Sin embargo, el horizonte de la fe trasciende los tiempos del hombre. De ahí que la fe tenga un punto ciego, aquel en el que se decide, precisamente, nuestro hallarnos en manos de Dios. Con todo, lo que no muestra la perícopa es que el Dios en cuyas manos estamos no tiene otras manos que las del hombre. Es lo que va con un Dios que se puso en manos del hombre para llegar a ser el que es. Quizá sea por este motivo que la fe en Dios sea, bíblicamente, inseparable de la fe en el Mesías. Fuera de esta fe, la creencia sigue siendo una cosmovisión entre otras, a saber, algo de lo que podríamos perfectamente prescindir.

dentro, fuera

junio 20, 2021 § Deja un comentario

Cada hijo es único para sus padres. Ahora bien, desde la distancia del espectador, esto es así en cualquier caso. Por tanto, los hijos no serían únicos, sino que tan solo se mostrarían a sus padres como si lo fueran. Evidentemente, lo que aquí está en juego es desde qué óptica se decide cuanto es en verdad. Hoy en día, nos decantamos —y quizá sea esta la mayor herencia de Grecia— por la perspectiva teórica: en lo relativo al saber, tan solo vale lo objetivo. Sin embargo, lo objetivo es siempre una abstracción. Para un dios imparcial nada otro aparece o se da. La razón, en su ejercicio metódico, opera como un lecho de Procusto. De este modo, queda amputado cuanto sobresale de sus límites. Y sin embargo es posible que haya más realidad en lo esencialmente extraño que en lo reducible a los esquemas de la conciencia; más realidad en el don que en aquello que devino objeto de dominio.

la escritura y la vida

junio 19, 2021 § Deja un comentario

Cuando caemos en la cuenta —y no simplemente constatamos—, nos quedamos sin palabras. Tan solo cabe el asombro. O el estupor. Así, Etty Hillesum escribe en sus diarios (3 de julio de 1942): [los nazis] quieren nuestra completa destrucción. Ahora lo sé. Sobra el resto. Pues lo enorme es que Caín alce su brazo contra Abel; que un hombre le quite la vida a otro hombre… (lo cual presupone que cuanto es digno de asombro —el milagro— es que haya vida y no tan solo lo inerte). Únicamente, los hechos admiten una descripción (y porque no hay descripción sin prejuicio, los hechos son discutibles). No es el caso de cuanto acontece. El problema es que no hay acontecimiento sin hecho. De ahí que tengamos que detenernos —y esto significa dejar el discurso en suspenso. En medio de lo que acontece y no simplemente sucede, difícilmente podemos hacer más que abrir los ojos (y mirarnos unos a otros con la mirada del desconcierto). A lo sumo, y en lo relativo a las palabras, la imposible imagen del poeta. Donde decidimos seguir con los verbos que buscan fijar las apariencias, nos alejamos de lo real —de su gobierno. Pues ante lo real, siempre de rodillas. Para implorar. O para agradecer.

una de fantasmas

junio 18, 2021 § Deja un comentario

El alma de los muertos, según la antigua creencia, habita en el sheol, algo así como una tierra de nadie —o como el no-lugar de los nadie. El alma, por tanto, sobrevive como un espectro de lo que fue —como lamento en la oscuridad. Algo parecido podríamos decir de Dios tras el desprecio con Adán. De ahí que Dios sea, en sí mismo, un fantasma que clama por volver a la carne. O mejor, un fantasma que dejó de serlo una vez fue abrazado por el cuerpo de aquel que fue crucificado en su nombre. En este sentido, podríamos decir que la resurrección, a menos que se entienda como una operación ex machina, afectó tanto al hombre como a Dios.

icono

junio 17, 2021 § Deja un comentario

Todo es icono desde el retroceso de Dios —todo queda cargado con el aura de la excepción. El gnóstico dirá que tan solo hace falta caer en la cuenta. Y algo de esto hay. Pero no solo. Hay también mal. El icono no basta. De ahí la esperanza bíblica en el porvenir de Dios. Ahora bien, Dios no volverá, ni mucho menos ex machina. En cualquier caso, el que volverá —o mejor, el que regresa a diario, aun cuando lo sigamos ignorando— es aquel que ocupa su lugar: el quién de Dios, el hereu, el que ofrece una bondad de otro mundo cargando con la cruz. Esto es, el Mesías.

lo concerniente

junio 17, 2021 § 1 comentario

O el pobre nos incumbe, o no. O bien vivimos como si no hubiese nadie con el vientre hinchado por el hambre; o bien como si la miseria de tantos nos juzgase (y no solo provocase nuestros mejores sentimientos). Tertium non datur. Ante esta disyuntiva se decide una existencia cristiana. Lo habitual es pasar de largo. Aunque con la boca grande digamos lo contrario.

falsa identidad

junio 16, 2021 § Deja un comentario

La cuestión no es si cabe identificarse con Dios —o lo divino—, sino si un Dios puede reconocerse en un hombre. El anhelo de participar de la fuente del poder responde, en el fondo, a la primera tentación: y seréis como dioses. Esto sigue siendo así, aunque ser trate del vigor de los océanos. En cambio, lo audaz —por no decir, lo inadmisible— es lo segundo. De ahí que no acabemos de comprender el alcance de la confesión cristiana mientras no nos sintamos, cuando menos, desconcertados ante un Dios no quiso ser Dios —y por consiguiente, no pudo serlo— sin la adhesión incondicional del hombre. No en vano fue Atanasio el que, siguiendo las huellas de Pablo, dejó escrito que Dios se hizo hombre para que los hombres pudiéramos hacernos Dios (y aquí deberíamos tener en cuenta que el hacerse hombre no consiste simplemente en adoptar un aspecto humano). Lo que ignorábamos es que esto del hacernos Dios tuviera que ver con la renuncia a ejercer el poder de un dios. Por no hablar de la persecución.

unos por otros

junio 15, 2021 § Deja un comentario

Antes teníamos a los dioses —y siguiéndolos muy de cerca, a la nobleza. Ellos eran sin resquicio: bellos, fuertes, listos y, a veces, también compasivos. No estaban atados a las limitaciones de un cuerpo deforme (o cuando menos, en el caso de los nobles, no como el vulgo). Hoy en día, ya no tenemos dioses. Pero sus sustitutos siguen poniéndonos en nuestro lugar, esto es, por debajo. Hablamos, como es obvio, de los efectos políticos de la creencia religiosa, la que da por sentado que hay seres superiores. En vez de la nobleza de antaño, los super-ricos, las influencers, los futbolistas de élite… Ellos viven más allá, en su mundo. Aparentemente. De ahí que los relatos del tipo los ricos también lloran sean algo así como un espejismo a la cristiana: Dios también es humano. Es verdad que la existencia va con una desesperación de fondo (y por eso podemos entender que los ricos tengan algún motivo para soltar alguna que otra lágrima). Ahora bien, no es lo mismo llorar mientras te tomas un baño en tu piscina climatizada que hacerlo donde no tienes pan que darles a tus hijos. De ahí que, aun cuando los ricos lloren, lo que espontáneamente nos juzga es su divina apariencia. Y aquí siempre tenemos las de perder. Necesitamos una buenas dosis de ateísmo para liberarnos, de nuevo, del trampantojo de los dioses. Y para ello no hay nada mejor que apuntar, como el viejo Israel, a un Dios que no tiene imagen a la que agarrarse. Pues como dijera Nietzsche, donde la palabra Dios ha perdido su antigua fuerza vinculante, tan solo debemos preguntarnos qué dios hemos puesto en el altar vacío de Dios. Y es que el ateísmo es lo más difícil. O al menos, tan difícil que no es posible negar los derechos de un dios sin el apoyo de Dios.

Dios no es lo primero

junio 14, 2021 § Deja un comentario

Donde lo primero, con respecto a Dios, es Dios, tarde o temprano acabamos regando fuera del tiesto cristiano. Pues de dar por hecho que Dios es, por ejemplo, misericordioso, el Hijo de Dios será, en el mejor de los casos, casi tan misericordioso como pueda serlo Dios, pero en modo alguno será la misericordia de Dios (que es lo que confiesa el cristianismo). Donde partimos de una idea de Dios —y partimos de ahí donde nos atrevemos a decir lo que Dios es, aunque sea a tientas—, la encarnación solo podrá entenderse a la platónica, esto es, como ejemplificación —por no decir como copia imperfecta. A muchos esto les parecerá secundario, si no irrelevante. Pero no es lo mismo creer que hay Dios y que este posee una esencia, sea cual sea, que existir ante un Dios cuyo modo de ser se encontró, nunca mejor dicho, en el aire. El cristianismo, aunque en un primer momento nos lo pueda parecer, no proporciona una nueva descripción definitida para la palabra Dios —no sustituye, por ejemplo, la ira por la compasión—, sino que altera, y significativamente, qué se entiende por Dios (o mejor dicho, que supone estar ante Dios). Y esto es así porque Getsemaní deja atrás cuanto pudiéramos decir religiosamente acerca de la naturaleza de Dios. Sencillamente, en la pasión del crucificado, Dios se revela como el absolutamente otro que no es nadie sin el fiat del hombre —y no lo es porque no quiso ser Dios sin ese fiat. La cruz hace patente la crisis de Dios, la que dio pie, precisamente, al inicio de la historia. Es por eso que en el Gólgota Dios se hace presente como aquel que cuelga de un madero como un apestado de Dios. Y esto equivale a proclamar que Jesús no fue un representante de Dios, sino su esencia o modo de ser. Que Dios se encarne significa, por tanto, que la realidad de Dios tiene lugar en el centro de la historia —y tiene lugar como carne. Y de ahí a la dogmática trinitaria media un paso. Pues entenderla supone entender que no hay Padre sin Hijo. Y viceversa. Sin duda, en muchas cabezas cristianas la encarnación se comprende a la platónica. Como si el Padre fuese por un lado y el Hijo por otro, esto es, como si la filiación fuese tan solo cuestión de participación. Pero este es otro asunto.

el test de Rorschach y la resurrección

junio 13, 2021 § Deja un comentario

En el test de Rorschach, nadie ve lo mismo ante las mismas manchas. Uno ve lo que cree ver. Se supone que depende del inconsciente. Aquí la clave del asunto consiste en darse cuenta de que hasta que no interpretamos no vemos nada. Evidentemente, en el día a día no todo son manchas de tinta sobre el papel. Sin embargo, sigue siendo cierto que no hay visión que no contenga una carga teórica, un ver como, un cierto saber. En este sentido, podríamos entender la resurrección como una postal del test de Rorschach. Los testigos de las apariciones vieron lo que vieron porque pudieron verlo en tanto que la resurrección de los muertos formaba parte de su expectativa, aun cuando es verdad que no la esperaban tan pronto. De habernos situado en la grada del espectador, no habríamos visto lo que de hecho vieron. A lo sumo, diríamos que ellos creyeron ver lo que proclamaron a los cuatro vientos. Para la visión objetiva cuanto aparece es subsidiario de una realidad que debe expresarse en otros términos. Nosotros, por ejemplo, al ver los colores no vemos la frecuencia de onda como tal: vemos su manifetsación sensible. Esto es, en el fondo, Platón: de lo real, tan solo una idea. O por decirlo de otro modo, lo real tan solo puede ser pensado como lo que en sí mismo no aparece —o también, como lo que solo se revela al pensamiento. Ahora bien, la abstracción no puede afectarnos —no puede comprometernos con lo real. De ahí la convicción cristiana de que Dios solo puede incidir en nuestra existencia como cuerpo (y como cuerpo transfigurado a través de la cruz). Ninguna visión —ninguna aparición— puede ser confirmada por el observador imparcial. Aunque tampoco refutada.

Das Ding

junio 12, 2021 § Deja un comentario

El lenguaje encuentra su raison d’être en lo que perdimos aun antes de nacer. Y evidentemente, esta no es una tesis sobre el origen del lenguaje, el cual, fuese el que fuese, deviene irrelevante en relación con su raison d’être. Pues la Pérdida, escrita con mayúscula, es la condición ontológica del para sí de la conciencia, de la extrañeza con respecto al mundo. Quien entiende esto, entiende, sin embargo, que no estamos hablando de un ente, aunque solo podamos imaginarlo como tal, sino del Padre o, mejor dicho, de su espectro. La realidad del Padre —y no hay otra realidad que la que retrocedió a un pasado anterior a los tiempos— se revela en la noche del desierto, en los Getsemaní de la historia, esto es, donde cesa el ruido de fondo que enmascara que existimos en relación con una falta irreparable. El nombre del Padre es el nombre par excellence —un nombre cuyo referente está eternamente por ver—, al fin y al cabo, lo único que resta del Padre una vez fuimos arrojados a la existencia (y en ello reside nuestro común desamparo, el punto de partida de la fraternidad). De ahí que el Padre no tenga otro rostro que el del Hijo. El cristianismo —en particular, su dogmática trinitaria— supone, de hecho, un vaciamiento de la palabra Dios. Al menos, porque por sí sola no significa nada que tenga que ver con Dios.

el cuerpo

junio 11, 2021 § 1 comentario

Los chimpancés no tienen cuerpo. Son cuerpo. Tan solo el hombre posee un cuerpo. Pues tan solo él se enfrenta a su cuerpo. El cuerpo es un problema para el hombre, aunque no solo un problema. Nuestra relación con el cuerpo es ambivalente. Pues a pesar de lo dicho, es innegable que también somos el cuerpo al que nos enfrentamos. Sin cuerpo, seríamos unos nadie —como entendió el mismo Dios in illo tempore (y de ahí la encarnación). Pero, por eso mismo, somos algo más que cuerpo. La posibilidad de ser un nadie permanece como lo más profundo (incluso para Dios). Es lo que tiene ese continuo diferir de uno mismo: que no terminamos de identificarnos con el cuerpo que somos (y no solo habitamos). Esto es así porque inevitablemente nos hallamos sub iudice. El o el no recaen en un primer momento sobre el cuerpo: no todo en ti es puro. Hay algo de ti que debe permanecer oculto. Los chimpancés no saben qué es la intimidad —no pueden saberlo. Pues no hay vida interior que no repose sobre la vergüenza y, en definitiva, sobre la acusación. La pregunta es quién nos acusa de verdad —quién exige de nosotros una respuesta—: si el publicista o el que no cuenta para el mundo.

problemas de definición

junio 10, 2021 § 1 comentario

Nada es que no admita una cierta definición, aunque esta sea borrosa (y acaso no pueda dejar de serlo). Y si hay definición, hay negación. Todo cuanto es se da a la contra, por decirlo así. De este modo, ser humano, por ejemplo, implica no ser solo un animal (o en absoluto, una piedra). Aquí la cuestión es qué rasgo o característica delimita lo humano frente a lo que no lo es. Tradicionalmente, se suele apelar a la razón. En este sentido, también podríamos hablar de la capacidad de reflexión —de un volver sobre uno mismo, sobre el propio parecer. Ahora bien, lo innegable es que la reflexión admite grados. Cualquiera se enfrenta a la posibilidad de hacerse aquellas preguntas que nos sacan de lo impersonal —de lo que se dice, se hace… Sin embargo, no todos permanecemos fieles a la interrogación radical. Por lo común, se prefiere dejarlo estar. De ahí que no todos cultiven su inquietud —y la inquietud, el no acabar de encontrarse en donde uno está, acaso sea la pasión fundamental del animal consciente. Ahora bien, si es cierto que, como dijera Platón, una vida reflexionada posee más valor que una vida sin reflexionar —si es cierto que hay más elevación en quien se examina a sí mismo en nombre de lo que importa y no acabamos de retener que en aquellos que viven sometidos a su circunstancia—, entonces hay quienes tienen en al aire, precisamente, realizar la posibilidad de lo humano. Así, quien evita el ponerse en cuestión estaría más cerca de la bestia que de sí mismo. Como si renunciara a ser lo que es. Por eso la irrupción del cristianismo en la Antigüedad fue tan desconcertante. Pues según el cristianismo, ante Dios, todos somos iguales: el ignorante y el filósofo, el que sabe que, en el fondo, no es más que un ignorante. O dicho de otro modo, si lo decisivo es responder a quien (re)clama el pan de cada día, nadie puede decir de sí mismo que dará el primer paso. De ello se deduce que, donde Dios desaparece del mapa, lo obvio es que, en modo alguno, somos iguales.

hacer la pregunta adecuada

junio 9, 2021 § 1 comentario

La pregunta que le hemos de dirigir al cristiano no es cómo sabes que hay Dios, sino qué pasó para que llegaras a creer, en nombre de Dios, que la bondad triunfará sobre la impiedad (lo cual, dicho sea de paso, deja fuera de juego a muchos de los que se autoproclaman cristianos solo porque dan por descontado que hay un Dios que nos ampara desde el más allá). Y es que la fe en Dios, contra lo que suele entenderse, brota de la crisis de la suposición religiosa, mejor dicho, de su hundimiento en medio del horror. Cualquier fe que no nazca de las cenizas del homo religiosus pertenece a un mundo que ya no es el nuestro. Auschwitz hace inviable —por no decir que convierte en ridículo— el que podamos creer que nos hallamos en presencia de Dios como los antiguos creyeron que el mundo estaba atravesado de poderes invisibles. En el infierno, no hay rastro de Dios.

Por eso, quien lleva sobre sí el llanto de los que sobran no puede seguir bajo la seducción de hipótesis personales. La fe apunta, antes que a los cielos, a lo que sucedió tras la cruz. De ahí la necesidad de contar. Y lo contado suena siempre más o menos como sigue: no hay Dios que nos saque las castañas del fuego; el Mesías cuelga de una cruz; pero he visto a quien, en medio del infierno, cuidó de su verdugo… como si hubiera regresado con vida de la muerte, conservando, sin embargo, la herida en su costado. Todo cuanto cristianamente cabe decir acerca de Dios —incluyendo aquello del uno y trino— es un intento de dar razón de este imposible. De ahí que cristianamente se proclame que el crucificado es el quién de Dios y no solo su representante, lo cual afecta también a Dios. Pues esto último equivale a decir que el Padre aún no es nadie —o mejor dicho, no es más, aunque tampoco menos, que su clamar por su quién— con anterioridad a la entrega del Hijo. Y llegados a este punto uno está tentado de pensar que la figura del Espíritu está, precisamente, para impedir que sigamos creyendo, como quien no quiere la cosa, en la presencia etérea de la divinidad. Pues no hay que olvidar que el Espíritu procede del encuentro histórico entre el Padre y el Hijo. Donde creemos que solo procede del Padre, fácilmente convertirmos al Espíritu en una especie de onda expansiva de un Dios sin cuerpo. Si podemos confesar que Dios está presente incluso donde no parece que pueda haber Dios es porque Dios se encarnó, esto es, porque Dios descendió a los infiernos como hombre —porque no hay otro quién para Dios que el de un crucificado en su nombre.

nuestras manos y las suyas

junio 8, 2021 § Deja un comentario

Suele decirse que Dios no tiene otras manos que las nuestras. De acuerdo. De lo que no se suele hablar es sobre la idea de Dios que hay detrás. Y no suele hablarse porque lo habitual es no terminar de saber de lo que estamos hablando. De ahí que muchos proclamen lo anterior como quien no quiere la cosa —lo cual no quita que lo hagan honestamente—… mientras siguen dirigiéndose a Dios como si tuviera unas manos dispuestas a intervenir ex machina (si es que ello entra en sus planes). Sin embargo, por poco que pensemos nos daremos cuenta de que estamos hablando de un Dios que no es nadie —porque no quiso serlo— sin la respuesta incondicional del hombre. Al fin y al cabo, ya quedó escrito en el Talmud: si tú crees en mí, yo soy; si no crees, no soy. Otro asunto es que esto cueste de tragar para quien permanece sujeto a una concepción ex machina de lo divino. Aunque se vista con los oropeles de una fuerza cósmica y, por eso mismo, impersonal.

Dios y el algoritmo

junio 7, 2021 § Deja un comentario

Antiguamente, los augures, como sabemos, indagaban en las vísceras de un animal —o en la trayectoria de un cometa— buscando signos. ¿Nuestro ejército vencerá? ¿Dónde nacerá el Mesías? Hoy en día, la decisión la proporciona el algoritmo, tan complejo y opaco como la intención de un dios. Seguimos en manos de lo que no terminamos de entender. Solo que ahora el dios es nuestro hijo. Y quizá no sea necesario haber leído a Freud para, cuando menos, intuir que, tarde o temprano, un hijo tiene que matar al padre. Es lo que quiso decirnos Mary Shelley al escribir su Frankenstein. Un hijo es un monstruo. Dios firmó su sentencia de muerte cuando quiso ir más allá de sí mismo creando una humanidad a su imagen. También la firmarán los hombres cuando logren colocar una inteligencia de silicio, por decirlo así, en un cuerpo de carne y hueso. No hay paternidad que no sea sacrificial. De ahí que un padre solo pueda sobrevivir por la piedad de aquel a quien engendró. Aunque su piedad —y acaso sea esto lo que un hijo ignora— suponga el fin de la historia.

Dios y Blancanieves

junio 6, 2021 § Deja un comentario

¿Dios puede decir de sí mismo que es Dios? No, en el caso de que se trate de un sujeto —de un yo. Con la creación de Adán, Dios devino un para sí —y por eso dejo de ser solo un principio, un arkhé. En este sentido, el hombre es el espejo de Dios. Sin embargo, ahí reside su fragilidad. Pues el espejo siempre te dirá que la más bella es otra. Tras el nacimiento de Adán, Dios es un Dios puesto en cuestión —un Dios que se arriesgó como Dios. Y ello por su voluntad —por la voluntad que es Dios. O por decirlo de otro modo, Dios no quiso ser sin el hombre —y, por extensión, no pudo. Estamos hablando, por tanto, de un Dios que se puso en manos del hombre para llegar a ser el que es. En lo más íntimo de Dios se halla la renuncia a ser un dios. Pues un Dios pendiente de confirmación es un Dios que se interroga por su quién —aunque en cristiano, dejase de hacerlo en el Gólgota.

enamorarse

junio 5, 2021 § Deja un comentario

No hay amor que comience como amor. Al principio, siempre la ilusión —el espejismo. La cuestión es qué nos enamora. Y ello va a depender de quién haya detrás. Pues no es lo mismo que te sientas atraído por el brillo de un cuerpo que por el poder de su mirada. A los niños les atrae la miel hasta el punto de que son incapaces de poner freno. Para quienes han dejado de serlo, demasiada miel empacha. Richard Sennet defiende que vivimos tiempos donde el carácter se va disolviendo como azúcar en el café —su libro La corrosión del carácter es de lectura casi obligada. Quizá no sea casual que las vocaciones, en la mayoría de los casos, no partan de un referente —de una figura paterna—, sino de un entusiasmo, en definitiva, de una fantasía. De hecho, partir del referente tampoco garantiza nada. Pues tarde o temprano uno tiene que matar a su padre para heredar —para coger su testigo. Y esto no es algo que pueda hacerse como quien no quiere la cosa. Pero sin duda es más frágil partir de lo segundo que de lo primero. Pues no hay querer que no dependa de un sentido de la deuda.

el Vasili

junio 4, 2021 § 1 comentario

Gracias a la autoridad de las figuras sacerdotales, esas que garantizan el encaje de las piezas, tendemos a creer que el sentido de la existencia es la matriz de la moral; que cabe ser buenos porque hay un Bien, escrito con mayúscula. Y esto es así —o mejor dicho, nos parece así— siempre y cuando la moral sea lo que fue en los inicios, a saber, una serie de buenas costumbres. Sin embargo, la cosa es muy distinta si hablamos de la bondad. Pues esta acontece, como creyó Vasili Grosmann, en medio del sinsentido. Precisamente, porque hay algo roto en el mundo —y de un modo en apariencia irreparable— la bondad se hace presente como la excepción que nos permite esperar lo imposible, en definitiva, la reparación. Aunque esta no dependa de nosotros. Ni tampoco solo de un Dios. De ahí que acaso necesitemos más dosis de Vasili Grosmman —y menos de Anselm Grün. Más pan de cada día para los que no tienen pan y menos soma.

el Bien

junio 3, 2021 § Deja un comentario

¿Por qué creemos que una buena madre debe sentir amor por su hijo? ¿Acaso no basta el instinto, el cual siempre tiene corto alcance, para definir lo que es una madre? ¿Por qué creemos que no debería limitarse a soltarlo como si fuéramos peces? ¿Por qué decimos —y decir es juzgar— que una madre de verdad nunca abandonará a su recién nacido en un contenedor? En definitiva, ¿cuál es la razón por la que no podemos entender cuanto es si no es en relación con el Bien? La respuesta ya la dio Platón: porque lo que hay es el Bien. Sin embargo, podríamos también preguntarnos por qué esta respuesta dejó de satisfacernos. Y la pregunta no supone, necesariamente, que Platón regase fuera de tiesto.

de ilusiones

junio 2, 2021 § 1 comentario

Suele decirse que de ilusiones también se vive. Pero es como si se nos dijera que también se vive de la falsedad (y esto al margen de que la sentencia nos parezca adecuada). Pues no hay ilusión que no termine siendo desmentida. De ahí que vayamos de ilusión en ilusión como en el juego de la oca: y tiro porque me toca. Quizá el aprender a vivir no pase tanto por encajar la decepción, sino por saber de qué va el juego (si es que no se trata, precisamente, del de la oca). Y aquí la piedra de toque es el sufrimiento, sobre todo el que padecen injustamente tantas mujeres y hombres. Hay que situarse en la perspectiva del final, o lo que es equivalente, en la de aquellos para los que el mundo ha dejado de ser una oportunidad. Qué prevalece, en definitiva. Aparentemente, el No —el vacío, la soledad, el infierno (aunque si tienes los riñones cubiertos, de hecho no te lo parezca: ándeme yo caliente y ríase la gente, como también suele decirse). Por eso mismo, de creer que la última palabra será un Sí, tarde o temprano tendremos que preguntarnos en nombre de qué o, mejor dicho, de quién lo creemos o esperamos. Pues de no arraigar en la carne de quienes creyeron antes que nosotros —y por nosotros— donde no cabía ninguna fe probablemente nos hallemos ante la mayor de las ilusiones. Puede que los pastores tengan que promover la ilusión de sus ovejas. Sobre todo, cuando empiezan a caminar. Al menos, porque de entrada casi nadie comienza a moverse por la verdad. Pero acaso se equivoquen donde, en un segundo momento, no les proporcionan la munición necesaria para enfrentarse a la impugnación de la creencia inicial. Y esta munición no tiene los mismos ingredientes que los de la ilusión. Pues no es lo mismo fantasear que esperar.

surreal

junio 1, 2021 § Deja un comentario

La película de Juan Cavestany, Un efecto óptico, es ininteligible. Los protagonistas, una pareja de unos sesenta y pico años —estupendos Carmen Machi y Pepón Nieto— deciden hacer un viaje a Nueva York, con el propósito de recomponerse, por decirlo así, tras la pérdida de su única hija, se supone que tras una violación. Sin embargo, ambos entran en una especie de bucle temporal en el que las repeticiones del viaje no terminan de ser exactamente una repetición: los detalles cambian de tal modo que no es lo mismo. Nada termina de encajar. A veces da la impresión de que no han salido de Burgos —de hecho, no da la impresión. A veces, parece que estén efectivamente en Nueva York, aunque no sin alguna que otra anomalía. Es como si tuviéramos las piezas de un puzle, pero sin un modelo a la vista. La película ya está hecha. Solo que está mal montada, se dice en un momento dado a modo de explicación. Y quizá no pueda montarse porque la muerte de Isabel, su hija, sigue ahí como esa distorsión que impide habitar un mundo y, en definitiva, que haya mundo. El arkhé no sería, pues, un principio de orden, sino todo lo contrario. Es cierto que en una de las repeticiones las cosas parece que se desenvuelven según lo previsible. Sin embargo, no se trata de una solución, sino de un montaje más. Prevalece el caos bajo una apariencia de realidad. Así, la película se mueve entre el drama, la comedia y lo onírico. Podría ser que lo extraño —el movimiento azaroso de los corpúsculos— fuese el fondo mismo de lo real. O por decirlo de otro modo: que todas las posibilidades se dieran al mismo tiempo. Nuestro mundo sería simplemente un montaje entre otros, el único que cabe entender, pero que, desde la irrupción de lo irreparable, deviene precisamente surreal. En cualquier caso, la única constante es el desencaje —la soledad— de los protagonistas. No hay mundo que valga para quien tiene que enfrentarse a la muerte del hijo. Únicamente, un final de los tiempos. O si se prefiere, un reset de dimensiones cósmicas. La creación, sencillamente, está rota.

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