perdidos

julio 20, 2021 § Deja un comentario

Es cierto que no caemos en la cuenta del valor del otro hasta que no se nos va. En el día a día, prevalece el trato, la reacción (y solo en raras ocasiones se nos revela su carácter excepcional, el milagro de que esté-ahí). La apariencia no basta. El otro tiene que desaparecer para que se haga presente su aura —su espíritu, su huella—. Podríamos decir lo mismo con respecto a Dios. Un Dios en exceso tratable aún no es Dios. En cualquier caso, una imagen a disposición. Al fin y al cabo, para la fe cristiana, no hay otra presencia de Dios que la del espíritu de un crucificado en su nombre (y un crucificado que volvió a la vida con la vida de Dios, en el doble sentido del genitivo).

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