finitud y dependencia

noviembre 20, 2021 § Deja un comentario

No parece que pueda seguir habiendo cristianismo —y me atrevería a decir que ni siquiera religión— donde el antiguo sentimiento de dependencia ha sido reemplazado por el de finitud. A pesar del aire de familia, no se trata de lo mismo. Pues el primero apunta a un quién, mientras que el segundo a la propia impotencia. Y no parece que pueda haber marcha atrás, salvo que culturalmente volvamos a la infancia, cosa la cual no debería descartarse. En cualquier caso, que espontáneamente creamos que no hay un quién al que dirigirnos por encima de nuestras cabezas quizá sea uno de los daños colaterales de la cristiandad. Pues no hubo un quién en Getsemaní. De hecho, en Getsemaní se derrumbaron los cielos. El cristianismo no da al quién de Dios por descontado. En realidad, ese quién tuvo que revelársenos a pie de una cruz —y de manera, ciertamente, desconcertante, por no decir inadmisible, para quien posee una sensibilidad típicamente religiosa—. Es verdad que la resurrección, incluso dejando a un lado su interpretación ex machina, parece poner las cosas de la religión en su sitio: Dios, con la entrega del enviado, pudo volver a ser el que quiso ser de buen principio. Sin embargo, al precio de hacerle tragar al creyente algunas ruedas de molino. Con todo, acaso erremos el paso donde suponemos que es posible creer desde nuestro lado.

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