Dios y el inconsciente

noviembre 24, 2021 § 1 comentario

Con el inconsciente, seguimos siendo títeres de un afuera radical. Pues difícilmente vamos a reconocernos en cuanto tuvo que ser olvidado. Esto es, difícilmente vamos a incorporarlo (aunque los indicios del insconsciente sean ciertamente corporales). El inconsciente es un extraño en nuestra casa. Sin embargo, Freud hizo de su extrañeza lo más íntimo: como si pusiera al Dios terrible en lo más oscuro del alma. Así el psicoanalista deviene el nuevo sacerdote: el posee el secreto de Dios, un secreto cuya traducción es, sin embargo, infinita. Ahora bien, aquí un estoico podría decirnos que el inconsciente, aun siendo determinante, no importa. Al igual que, según el profeta, para Dios mismo, Dios no es el asunto. El asunto es a qué nos obliga lo que se desprende de la altura de Dios. De hecho, el yo está por encima de su inconsciente (y no solo de facto). Pues su pregunta es y ahora qué. Al menos, porque al tratar consigo mismo, tarde o temprano, descubre que él no es el tema. Aunque el extraño termine ganando la partida, su victoria es anecdótica: el yo no tiene por qué hacer una derrota de su derrota a manos de poderes invisibles. Y en esto acaso en esto consista la salvación.

¿Dónde estoy?

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