monstruario

diciembre 3, 2021 § Deja un comentario

El hombre es un monstruo. Al fin y al cabo, su piedad es, salvo en algunos casos ejemplares, formal o episódica. Ya fue dicho: un lobo para el hombre. Muchos dirán, sin embargo, que no deberíamos sacar el asunto de quicio: también como modernos quedamos fascinados, hartos de civilización, con el buen salvaje. Pero acaso porque no quisimos hurgar demasiado en su lado, precisamente, salvaje. La idea de una inocencia originaria que el artificio social corrompe es sobre todo un wishful thinking, un ya me gustaría. Con todo, la ciudad también se revela como un muro de contención, un espacio virtual donde, gracias a las formas de la amabilidad, podemos creer que somos corderos con, de vez en cuando, algún mal pronto. Ahora bien, esas formas, tarde o temprano, muestran no ser mucho más que esa piel de cordero con la que se cubre la bestia. Sencillamente, el hombre no es de fiar. No recuerdo ahora si fue Yeshayahu Leibowitz o Primo Levi quien dijo que, tras sobrevivir a Auschwitz, no es que dejara de creer en Dios, sino que, más bien, dejó de creer en el hombre. Casi me atrevería a decir que, antropológicamente, los tiempos modernos nacen donde se arrincona la idea de una tara original —donde nos decimos que en el fondo, hay bondad, aunque no nos lo parezca. En este sentido, la Modernidad tiene mucho de gnosticismo, aunque ahora creamos que la chispa divina viene de fábrica. De ahí que, donde dejamos atrás la convicción de que nacemos como culpables —por exagerada o carca—, sea muy difícil entender siquiera un texto como la Biblia. Pues la cosa no va de conectarse a la fuente de las buenas vibraciones para que brille esa chispa divina que llevamos en lo más profundo y, así, logré vencer a la oscuridad. Va de si hay o no redención.

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