el background de la espiritualidad

diciembre 5, 2021 § Deja un comentario

No hay espiritualidad que no se enfrente a la extrañeza. No digo al poder de la extrañeza. Tampoco, a algo extraño. Pues algo extraño es simplemente algo inusual, una cosa o fenómeno aún por explicar. Tan solo hace falta que nos acostumbremos a su carácter paranormal para que pase a formar parte de nuestro mundo. Un fantasma, pongamos por caso, es tan solo una figura de la extrañeza. Todo lo que hay en el mundo permanece dentro del campo de lo posible y, por eso mismo, concebible. De ahí que el horizonte de nuestro hallarnos en el mundo sea un paradójica ignorancia: al fin y al cabo, acabaremos dándole la razón a Sócrates.

Pues la extrañeza apunta a la imposibilidad por la que el mundo es mundo. Me refiero a la alteridad avant la lettre —a lo enteramente otro. Y es que la alteridad es lo que tuvo que retroceder para que fuera posible lo posible, el mundo como representación del mundo, la creencia. En este sentido, la alteridad es lo eternamente pendiente del mundo, lo que impide el cierre inmanente de la totalidad. No hay nada en concreto que sea verdaderamente otro. O también, hay lo otro como nada o un siempre-aún-nadie. En este sentido, el hogar —lo familiar— es una prisión. En el hogar —el ámbito del trato— no cabe ninguna alteridad. Tan solo las sombras están disponibles. Como en la película de Amenábar, los espectros no son los fantasmas: somos nosotros.

Así, la alteridad de lo real —el puro haber en tanto que absuelto— es no siendo, y en consecuencia aparece como lo que tuvo que ser desplazado a un tiempo fuera de los tiempos —a un no tiempo, a la inmortalidad. La bendición y el horror —la luz y la tiniebla— se dan como las dos caras de este retroceso. Todo queda atravesado de una irreductible ambivalencia. Como si todo aún estuviera por decidir o decantarse.

La cuestión de la espiritualidad no es, por tanto, la de cómo conectarse a la alteridad. Ni por supuesto, cómo participar de su poder. Pues no hay nada a lo que enchufarse. La alteridad, en su negación de sí, deviene un nadie. Y un nadie es, sencillamente, impotente. En cualquier caso, la cuestión es la de Israel: a qué nos obliga la radical trascendencia de la alteridad. Al menos, porque únicamente desde esta trascendencia se nos revela que aquel que despreciamos —aquel que, según el mundo, tiene que morir— es nuestro hermano. Y el resto es esperar lo imposible en nombre, precisamente, de la bendición. No es casual que, bíblicamente, la esperanza se exprese como clamor. Como tampoco lo es que la esta se traduzca en imágenes increíbles.

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