eucaristía y espíritu

mayo 1, 2022 § Deja un comentario

Para un cristiano, el pan con el que se comulga es el cuerpo de Cristo. Aquí cualquier antropólogo podrá encontrar vestigios de la convicción de los primeros cazadores: la carne de la presa transmite la fuerza necesaria para seguir con vida. Otro asunto es que, al comer a diario, hayamos olvidado la conexión que nuestros ancestros —y los pobres de siempre— vivían a flor de piel: que un animal tiene que morir para que otros puedan vivir. El sacrificio es la base de la existencia. Y es por ello que el culto eucarístico posee una connotación sacrificial. Inicialmente, el pan eucarístico era, tal cual, el pan de cada día. El pan que se ganaba durante la semana, por decirlo así, se compartía. Ningún miembro de la comunidad pasará hambre. En esto consiste, en definitiva, el milagro de la multiplicación de los panes. De ahí el íntimo vínculo, tal y como leemos en el relato de Emaús, entre el espíritu de la resurrección y compartir el pan, lo cual sería, hoy en día, como compartir el sueldo. Los tiempos han llegado a su final —y al margen de las fechas, para los pobres cualquier tiempo es terminal. Por tanto, nada de lo que suele importarnos, importa. Únicamente, el espíritu de la fraternidad. Sin embargo, donde no hay fraternidad que valga —donde aún confíamos en nuestras posibilidades—, la comunión pasa a ser un acto puramente devocional o psicológico, por no hablar de la mistificación que supone creer que en la sagrada forma se encuentra, vete a saber de qué modo, la sustancia de Cristo. Y de aquí a tomar el nombre de Dios en vano media un paso —y un paso más bien corto.

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