Matusalen

mayo 14, 2022 § Deja un comentario

Quizá las primeras generaciones de Israel —la de los patriarcas— estuvieron más cerca de saber de qué hablamos cuando hablamos de Dios que nosotros. Pues la experiencia que hubo detrás es la de estar en manos de quien da la vida y la muerte. O mejor, del Dios que nos ofrece la vida porque al final nos entrega a la muerte. Hay vida porque hay muerte. Y es que difícilmente vamos a percibir la vida como donación o milagro donde demos por hecho que no hay muerte, sino simplemente un paso a otra dimensión. Para dichas generaciones, la bendición de YWHW se traducía en una vida larga y plena. Que Israel pasara a esperar que Dios resucitase a los muertos no fue, por tanto, algo que se diera de entrada. Esta fe surgió, como es sabido, durante la época de los Macabeos y como respuesta a la cuestión acerca de qué vida pueden esperar los mártires de Israel, esto es, aquellos a los que, permaneciendo fieles a YWHW, se les arrebató la vida antes de tiempo. La convicción de fondo es que Dios no abandona a los suyos y, por eso mismo, los muertos tienen que resucitar. Hablamos del imperativo que va con la fe. No, obviamente, de lo que creemos que será porque no podemos soportar que la película termine mal. Hablamos, en definitiva, de lo imposible en nombre de Dios. Y es que la fe o apunta a lo increíble, o no es fe, sino suposición. Dios, sin embargo, no interviene ex machina. Pero este es otro asunto.

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