paradojas de la creencia

junio 4, 2022 § 1 comentario

Llamas a Dios en la intimidad. De acuerdo. Pero ¿podrías aceptar que te cogiera el teléfono? ¿O que se te apareciese, da igual en qué forma, diciéndote soy Dios, qué quieres de mí? ¿Acaso nos extrañaríamos de que nos respondiera aquel al que le enviamos un whatsapp? Esto de por sí ya nos da a entender que, incluso para quien se dirige a Dios religiosamente, Dios no es un dios. No puede serlo. Y esto es una herencia cristiana. Pues un pagano, probablemente, no habría tenido ninguna dificultad con que un dios se le apareciese. Aunque fuese bajo el aspecto de un sapo. Como cristianos —o si se prefiere como herederos del cristianismo—, un ente superior no es más que un ente superior con el que hay que saber lidiar. Esto es, un dios. Y un dios solo se distingue de las focas, pongamos por caso, por su naturaleza.

Sin embargo, el Dios bíblico carece de naturaleza —de concepto. YWHW es un Dios que tuvo en el aire su identidad —que ignoró quién era mientras Adán le siguió dando la espalda. Cristianamente, Dios no tiene otro modo de ser que el del hombre que fue Jesús de Nazaret. Y no lo tiene porque Dios quiso —porque Dios es esta voluntad. O por decirlo en clave trinitaria, el Padre no es aún nadie sin el Hijo (y viceversa). Para la fe cristiana, Dios aparece como cuerpo —y como cuerpo que conserva las marcas de la cruz. Dios es su historia, en absoluto algo inconmensurable. Ahora bien, esto no termina de coincidir, diría, con el dios-denominador-común de las espiritualidades tan de moda hoy en día. Pero este es otro asunto.

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