pater, domus

junio 5, 2022 § Deja un comentario

La cristiandad, ciertamente, acabó llevando al cristianismo de nuevo a casa. Esto es, transformando lo que, en principio constituía una superación de la relación religiosa del hombre con Dios en una religión entre otras. Y de esas lluvias el barro de las espiritualidades aconfesionales de hoy en día. Pues si la divinidad es, en el fondo, la misma, las diferentes devociones son simplemente aspectos. De ahí que pudiéramos considerar el actual revival de las espiritualidades como un neopaganismo. Al menos, porque el presupuesto del paganismo es, de hecho, que da igual referirse a Zeus o a Júpiter.

Pero ¿por qué la confesión cristiana supera la religión (y aquí superar significa conservar de algún modo lo que es dejado atrás)? En la cristiandad, Dios funciona como ente divino. Es decir, como el dios del que dependen sus criaturas análogamente a como los hijos dependen de sus padres. En el cristianismo, sin embargo, la relación es un tanto distinta. Pues el Dios que se reveló en el Gólgota es el Dios que, desde el principio, quiso depender del hombre que depende de Dios. No se trata exactamente de lo mismo. Y es que aquí la analogía sería la de un padre que, ya convaleciente o en fase terminal, está en manos de unos hijos que se le fueron abruptamente de casa, de tal manera que, en tanto que sigue siendo su padre, su absolución o condena dependerá de que lo acojan o, por el contrario, sigan con la suya. Como si no tuvieran padre.

Al fin y al cabo, la cuestión que el cristianismo pone encima de la mesa —¿quién es en verdad nuestro padre?— no es accidental. Pues nadie quiere nada, en cualquier caso simplemente desea, donde ignora que quiere de él su padre. Es cierto que también podemos decirnos a nosotros mismos que no tenemos padre. Pero aquí podríamos preguntarnos qué ídolo ha ocupado su lugar.

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