el hogar

junio 6, 2022 § Deja un comentario

Una casa, de saber leerla, nos dice mucho. Una casa, como un ciudad, es un refugio. Sus muros —sus murallas— hacen posible un mundo habitual en el que las piezas encajan, un mundo previsible hasta cierto punto y al que podemos acostumbrarnos como si no hubiera nada más allá. Lo familiar nos mantiene al margen de la presencia de lo extraño —de la perseverante resistencia de lo real. No fue casual que en la ciudad, los dioses se convirtieran en estátuas —o en un reflejo especular de la intimidad. Nada que ver con la exposición, espiritual en tanto que física, a la que nos obliga un desierto. O una cruz.

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