de Dios y los árboles

septiembre 22, 2022 § Deja un comentario

Comimos del fruto del árbol prohibido porque quisimos ser como dioses —porque, en lo más íntimo, aspiramos a sentarnos en su grada. Hasta aquí nada que no sepamos. Sin embargo, lo que quizá ignoremos es que esto fue porque Dios quiso, por así decirlo. ¿Acaso un padre no quiere que su hijo ocupe su lugar? ¿Es que la bondad de un padre —su buen hacer— no consiste, precisamente, en procurarlo? La serpiente siempre jugó del lado de Dios, aunque creyese lo contrario. Pues ¿es que Dios podía ignorar que, una vez Adán aceptase la prohibición, el deseo de transgresión se instalaría, por eso mismo, en su ánimo? ¿Acaso prohibición y desobediencia no van siempre de la mano? Sin embargo, conocimiento y pérdida de la alteridad son las dos caras de una misma moneda. Pues el conocimiento no puede ir más allá de la representación, del (a)parecer. De ahí que el viaje consista en alejarse para que, alejándonos cada vez más, volvamos a topar con el rostro de Dios. Aunque ese rostro no sea tan resplandeciente como imaginamos o preferiríamos. Al fin y al cabo, solo así Dios pudo llegar a ser el que quiso ser desde un principio: alguien (y alguien palpable).

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