dinámica de fluidos

enero 5, 2017 Comentarios desactivados en dinámica de fluidos

En los asuntos del sexo caben dos opciones: o ya nos va bien con follar; o, por el contrario, no damos el brazo a torcer a menos que haya una previa conexión, un atisbo de intimidad, por decirlo así. En el primer caso, el sexo es decepcionante, a menos que seas un mandril y creas que hay conexión por el simple hecho de que el otro te sonría o esté bueno. En el segundo, se trata de otra cosa. Al fin y al cabo, en los asuntos del sexo, como ocurre también con el resto de las cosas que nos llevamos entre manos, la cuestión es qué sujeto hay detrás, mejor dicho, qué buscamos en definitiva. Pues, el hombre se define en gran medida por sus búsquedas. Como decía Northrop Frye, los personajes de una novela —y la vida es en definitiva algo que solo puede ser narrado— se dividen entre aquellos que están a favor de la búsqueda y los que no. Y es que no es lo mismo dejarse llevar por el mito pornográfico, tan predominante hoy en día, el mito que da por sentado que con el cruce de los cuerpos ya todo está hecho, que aspirar al encuentro. Lo primero es simple —y de ahí su éxito—. Lo segundo, no. Cuando menos porque la conexión inicial no garantiza por sí sola el encuentro, aunque siente sus bases. Pues lo que sucede a la conexión inicial es la falta de conexión. De ahí que el amor solo pueda ser contado como historia. Y el esquema de dicha historia es, como todo lo que toca fondo, dialéctico: conexión-desconexión-perdón. El encuentro, como ocurre con nuestra relación con Dios, solo tiene lugar, si lo tiene, al final y solo como reconciliación o, por decirlo en poético, como el abrazo de los náufragos. El encuentro, lejos de ser una fusión, preserva, superándola, la distancia de la alteridad. Así, te encuentras con la mujer que abrazas donde ella se encuentra. Y ella siempre se encuentra más allá de sí misma. El amante nunca posee a la mujer que ama, aun cuando posea su cuerpo. La mujer para el hombre —y viceversa— es inalcanzable, intocable, literalmente, sagrada. Por suerte para ambos. En este sentido, Secretos de un matrimonio con la coda de Saraband, filmada unos doce años después, se halla más cerca del hardcore de la existencia que las escenas de Rocco Sifredi, escenas que no dejan de ser una especie de eterno retorno de lo mismo.

judaicas (13)

enero 5, 2017 Comentarios desactivados en judaicas (13)

El judaísmo y las religiones orientales no parten de la misma concepción del hombre. Para el primero, el hombre es el que niega a Dios en el fondo de su corazón. No hay hombre justo (Sal 14). El hombre es, en esencia, un ateo, aun cuando su destino sea el de reconciliarse con Dios. Nadie puede querer sinceramente que Dios interrumpa su existencia. Para las segundas, si es que podemos ponerlas en un mismo saco, la maldad del hombre, su desgracia, sería la expresión de un error. Desde su óptica, de lo que se trataría es de encontrar el camino recto, llegar a la iluminación que nos permita enderezarnos o, por decirlo a la manera gnóstica, desprendernos de la crosta que cubre la bondad que habita en lo más profundo de cada uno. Es obvio que las religiones orientales, en la disputa religiosa, juegan en casa, por decirlo así. Pues, resulta ciertamente más consolador dar por sentado que la solución se halla en nuestras manos que creer que la redención depende de un Dios que, por otro lado, no se sabe bien dónde se encuentra ni qué o, mejor dicho, quién pueda ser. Sin embargo, siempre habrá quienes digan, creyendo que se hallan del lado del sentido común, que el hombre no es un bueno o malo, sino un poco de todo. Pero esta opción intermedia, de hecho, constituye una variante del supuesto oriental, cuando menos porque, si no se limita simplemente a constatar que a veces el hombre es bueno y a veces malo, pone en manos del hombre la posibilidad de alcanzar la bondad. En cualquier caso, oriente vende más (y mejor). Sin embargo, si se trata de la verdad —y de hecho se trata de la verdad— deberíamos plantearnos la posibilidad de que el judío, a pesar de sus escasas ventas, dé en el clavo. Pues la verdad, en estos asuntos, no es algo que pueda ser verificado con independencia del hombre, como si nos preguntáramos si hay o no vida en marte. La verdad aquí tiene lugar en el momento de la verdad y el momento de la verdad es aquel en el que cualquier sentido salta por los aires, el momento apocalíptico. Y la convicción judía es que bajo un cielo impenetrable, el hombre no es de fiar. Incluso los buenos —y quizá sobre todo ellos— son capaces de arrancarle la comida de la boca a un niño. Nadie puede estar seguro de qué será capaz en el momento de la verdad. En los tiempos de la tranquilidad, el hombre es sobre todo su máscara. Por eso, a la hora de preguntarnos en qué punto las diferentes creencias pueden converger, no deberíamos partir propiamente de una concepción formal de lo divino, sino de qué tipo de sujeto hay detrás de cada concepción de Dios. En el fondo, la cuestión es hasta qué punto el hombre, en tanto que aún confía en su posibilidad, incluyendo aquí su posibilidad religiosa, es digno de confianza.

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