la quinta cuestión
noviembre 30, 2024 § Deja un comentario
¿Podemos decir que hay alma si esta no es observable —y mucho menos medible? Hoy en día, no parece que podamos afirmar como quien no quiere la cosa que existe algo así como un espectro interior que sobrevive a la muerte del cuerpo. Sin embargo, lo cierto es que la conciencia de sí no termina de coincidir con el cuerpo —ni siquiera con el carácter— con el que, por otro lado, se identifica. De hecho, si podemos decir que somos alguien y no solo algo es porque el yo difiere continuamente de sus rasgos. Así, y a diferencia del chimpancé, no somos cuerpo, sino que tenemos cuerpo (y por eso mismo, podemos relacionarnos con nuestro cuerpo e incluso transformarlo). Por otro lado, nunca tenemos suficiente con lo que satisface al cuerpo. En lo más íntimo, ¿acaso no aspiramos a lo que ningún mundo puede ofrecernos? Como si, en definitiva, no perteneciéramos al mundo. De ahí que nunca terminemos de encontrarnos en donde estamos. El lenguaje sobre el alma pretende, en definitiva, dar cuenta de esta inquietud. Que no podamos ver el alma no es un argumento para negar que haya alma. De hecho, hay materia, aunque, como tal, nunca llegaremos a verla. En cualquier caso, vemos su hacerse presente en las cosas que podemos ver y tocar.
la tercera cuestión
noviembre 29, 2024 § Deja un comentario
Platón se pregunta por la naturaleza de lo real. ¿De qué hablamos cuando hablamos de lo real? La respuesta más inmediata es que lo real es lo que podemos ver y tocar. Y en cierto modo es así. Pues lo real es, por definición, lo que, estando ahí, aparece —se muestra, se hace presente… bajo un aspecto u otro. De hecho, el aspecto o forma de lo real es lo que podemos ver y tocar, es decir, lo que es accesible a nuestra sensibilidad.
Ahora bien, si lo real es lo que aparece de diferentes modos ¿qué es en sí mismo lo que aparece de un modo u otro? Por ejemplo, ¿qué es lo que aparece en un cuerpo bello en tanto que bello? ¿Es algo? Mejor ¿puede serlo?
En principio, lo que aparece o se hace presente en los cuerpos bellos la belleza. Vemos la belleza en los cuerpos que la encarnan o representan. Sin embargo, la belleza de los cuerpos bellos siempre se muestra relativamente, esto es, hasta cierto punto o medida. Ningún cuerpo bello es por entero bello. Al menos porque, en tanto que sometido al tiempo, va dejando de ser lo que en un momento dado parece ser, es decir, bello. Y lo que no termina de ser, propiamente, no es. Con todo, es innegable que hay belleza. ¿Qué sería, por tanto, la belleza en cuanto tal o en sí misma, es decir, al margen de su hacerse presente en los cuerpos bellos? Estrictamente, nada en concreto. Pues la belleza se concreta, precisamente, en los cuerpos bellos. No obstante, hay belleza… en tanto que se hace, de hecho, presente. ¿Cómo entender, por tanto, que haya belleza —que la belleza sea real— si, en sí misma, no es nada en concreto?
Como sabemos, la tesis de Platón es que el ser —lo real—, y con independencia de su mostrarse a una sensibilidad, es idea… y, por extensión, ideal —pues la idea es la norma, el paradigma de lo sensible… lo que nos permite ver o, cuando menos, tantear en qué medida un cuerpo es, por ejemplo, bello. La realidad de lo real —su en sí— es la realidad de lo abstracto. Pero ¿lo abstracto no es siempre el resultado de un proceso de abstracción —de un extraer mentalmente los rasgos comunes a una serie de cosas? ¿Cómo Platón puede decirnos que lo abstracto es real y no solo un contenido mental? Esto es, ¿qué razones pone encima de la mesa para demostrar que lo abstracto está ahí, fuera de nuestra mente?
Es evidente que lo que tienen en común las diferentes cosas es que son —que están ahí. Sin embargo, el ahí en cuanto tal —el que sean o estén ahí, al margen de que sean, además, un árbol, un hipopótamo, una piedra…— no es nada. Si se nos hiciera presente el ahí como tal —el ser absoluto, es decir, ab-suelto de lo concreto o particular— , no veríamos nada. Únicamente experimentaríamos la oscuridad y el silencio más impenetrables, en definitiva, la presencia de un simple afuera. O por decirlo de otro modo, la presencia de una ausencia. Sin embargo, la nada no es. El puro ahí —el ser puro o absoluto— no puede ser, no puede hacerse presente como tal. Por eso mismo, tiene que haber algo. Este tiene que haber algo es el envés del puro haber —de su no ser nada en sí mismo. De ahí que Platón diga que ser y deber ser —al fin y al cabo, el bien— sean, en definitiva, lo mismo. El puro haber —o ser— es no siendo nada y, por eso mismo, es negándose a sí mismo, como quien dice, como puro haber o ser. Ahora bien, las cosas se encuentran sometidas al tiempo —a un no ser por entero—… porque el puro haber —el ser en su carácter otro o absoluto— permanece como lo que es continuamente dejado atrás en su hacerse presente como el haber de las cosas.
De ahí que Platón afirme que hay un hiato entre lo real —el haber en cuanto tal— y su manifestación sensible —entre el mundo sensible, el de las cosas que podemos ver y tocar, y el mundo real, el de la idea, tan solo accesible a la razón. La realidad del haber en cuanto tal es la de lo abstracto. Y abs-tracto significa lo que queda liberado del trato. Por eso, lo real en sí es invisible —y, por eso mismo, intratable. Pero es. Aunque no sea nada en concreto.
ruptura epistemológica
noviembre 28, 2024 § Deja un comentario
¿Cómo sucede el cambio de marco epistemológico —de paradigma, del saber de fondo que determina cuanto hay en tanto que todo ver es siempre un ver como? ¿Cómo fue posible dejar de ver a Dios en todas las cosas? El cambio nunca es interno al paradigma. Un paradigma se resiste a la anomalía —a lo inexplicable—, casi por definición.
La cosa, diría, es como sigue. En un principio, el fuego fue evidentemente un regalo de los dioses. Y fue evidente porque el fuego caía del cielo. Posteriormente, aprendimos a hacer fuego, aunque este saber de entrada también fue debido al dios. El dios nos enseñó a pescar. Con los siglos, la razón descubrió el orden matemático. Los números que, en primer lugar, estuvieron al servicio de la contabilidad, pasaron a regir el cosmos. Pero esto, por sí solo, no nos obliga a prescindir de Dios. Dios escribe en el libro del cosmos con el lenguaje de la matemática, decía Galileo. Con todo, de ahí al Dios relojero media un paso. Y del Dios relojero a prescindir de Dios, otro medio, el que dimos una vez el capitalismo se encargó de disolver todo lo sólido en el aire. Aquello inicialmente inexplicable, el indicio de otro mundo —el milagro— deviene lo aún por explicar. Ciertamente, el modo de producción determina la cosmovisión —el ver como. Y no hay nada definitivo en el como… a pesar de que, al igual que los prisioneros de la caverna platónica, no sea fácil desprenderse de las sombras, de tomar lo nos parece que es como lo que es.
Sin embargo, el hallazgo griego consistió en confiar en la razón —en su exigencia— a la hora de trascender las apariencias en la dirección de lo verdadero —de lo que en verdad tiene lugar y no simplemente pasa. La teología fue la respuesta cristiana al reto de una razón que, frente al imaginario mítico, solo admite un arjé impersonal. El haber de Dios tenía que ser, también, accesible a la razón… si es que el cristianismo tenía que eludir el relativismo histórico. Y ello porque la verdad del Dios cristiano —la que se nos revela en la cruz— no admite perspectiva. Con todo, el precio a pagar por el uso teológico de la razón será la ruptura entre religión —la cristiandad— y fe. O de otro modo, entre la creencia como suposición y la mística, la cual, como insistía JB Metz, frente al misticismo oriental, mantiene los ojos abiertos. Por no decir, desorbitados.
Otro asunto es que esta ruptura conserve en su seno una cierta continuidad con lo que deja atrás. Pues, por volver a la caverna… o a los evangelios, el ascenso atraviesa diferentes fases. Jesús de Nazaret no comenzó pisando Getsemaní. Al fin y al cabo, el cuerpo también tiene derecho a participar del saber. Aunque, a menudo, olvide quién lleva las riendas.
platonismo y nihilismo
noviembre 27, 2024 § Deja un comentario
El platonismo medio —el que triunfó históricamente— fue con respecto a Platón lo que la cristiandad fue con respecto al cristianismo: una versión de manual. Y es que el último Platón no tiene nada de idealista. En cualquier caso, fue un idealista a la Hegel: la doble negación —el sí como negación de la negación— es el alfa y el omega de cuanto hay. La dialéctica —y todo pensamiento profundo, tarde o temprano, termina desembocando en la orilla de Heráclito— difícilmente congenia con la creencia, ciertamente ingenua, de que al final no habrá más que luz… al menos, porque si todo fuese luz, no habría luz. Un mundo en el que, habiendo luz, no hubiese oscuridad se revelaría, en el caso de que llegásemos a ver algo, como irreal. Satán debe permanecer, como quien dice, bajo las botas del arcángel.
Así, Platón supo ver o cuanto menos intuir que el haber en cuanto tal —el ser con independencia de su hacerse presente, esto es, al margen del tiempo— no es nada en concreto. Su naturaleza es, sencillamente, la de lo abstracto —y esto no debemos entenderlo como si hablásemos de una abstracción, del resultado de un proceso mental. Al contrario. Hay más realidad en lo abstracto que en lo concreto… porque, en lo concreto, el carácter absolutamente otro de lo real da un paso atrás. Lo real, en sí mismo, es idea. Y la idea solo es accesible al pensar.
Todo cuanto vemos y tocamos podemos verlo y tocarlo porque lo real se da relativamente, es decir, ajustándose al molde de nuestra receptividad… y, por tanto, perdiendo por el camino, como decíamos, su carácter otro o absoluto. Esto último, no obstante, es un modo de hablar. Pues lo absoluto no es anterior a su negación de sí. No hay tiempo con anterioridad a dicha negación. Es el paso atrás, como quien dice, lo que constituye lo absoluto de la existencia —el carácter ab-suelto de lo absolutamente otro o real. La negación de la nada es el envés del puro haber… en tanto que el puro haber es no siendo nada. Sin embargo, queno sea nada significa que tiene que ser algo. De ahí que ser y deber ser sean lo mismo. Y quien dice deber ser dice bien.
Por consiguiente, el mundo —el haber de las cosas, el que las cosas sean… y que, con el paso de los días, vayan dejando de ser lo que parecen, esto es, deformándose— es el otro lado de la doble negación . Y, por eso mismo, el mundo no es nada. ¿Lo primero? Un acto sin sujeto —el hágase de la creatio ex nihilo. Ahora bien, aquí hay que tener en cuenta que lo primero, como decíamos antes, no es anterior a todo tiempo en tanto que lo primero da origen, precisamente, al tiempo. No habrá, por tanto, un final del tiempo… mientras haya el haber. No puede haber ese final. Y si no hay un final del tiempo, nada nuevo —nada en verdad otro— puede tener lugar.
Ahora bien, esto es lo que afirma el nihilismo: no cabe esperar nada que no sea el eterno retorno de lo mismo, en definitiva, el eterno combate entre el bien y el mal. A lo sumo, que haya más bien que mal. Ciertamente, Nietzsche creyó que el platonismo es la raíz del nihilismo negativo —el que mereció su desprecio— por devaluar la vida… al contrastarla con el ideal. Pues nada de lo que podamos vivir estará a la altura del paradigma que juzga la existencia desde arriba. Sin embargo, la devaluación fue el resultado de la lectura de manual del pensamiento de Platón. En sus diálogos, sobre todo en los últimos, no hallamos una devaluación del mundo, a pesar de su carácter derivado, sino un ejercicio de extrema lucidez. Y en este sentido, es posible que Platón estuviera más cerca de Nietzsche de lo que él mismo se imaginó.
Quizá solo la mentalidad apocalíptica, la cual experimenta el mundo como un territorio de combate entre las fuerzas del bien y las del mal, pueda hacer frente al nihilismo. La creencia de que al final todo será luz sin sombra es una ingenuidad. En cualquier caso, lo dicho: Satán bajo las botas del arcángel.
Más aún: si Dios es la voluntad de Dios —si lo primero es el hágase—, entonces la bondad de Dios —y, en definitiva, su quién— dependerá de la posición que adopte el hombre en medio de dicho combate. Esto es, de su fe. Y por eso mismo, el cristianismo acaso sea, en el fondo, una religión nietzscheana. Al menos, porque el Dios cristiano es el Dios que, negándose a sí mismo, se encarna en un crucificado… arrojando al hombre a la rebelión contra lo absoluto del retroceso de Dios en nombre, precisamente, del acto creador.
necesitamos más Eliot
noviembre 26, 2024 § Deja un comentario
¿Dónde está la vida que hemos perdido viviendo?
TS Eliot
Dios y el mapa mental
noviembre 25, 2024 § Deja un comentario
Ya no vemos el mundo desde la óptica de Dios. Quiero decir que dejaron de haber indicios de un mundo sobrenatural. Sin embargo, la existencia sigue apuntando al misterio que abraza el mundo. No cabe otra. Solo que, ahora, el punto de partida no es la presencia invisible, sino el retroceso de Dios —su extrema trascendencia o altura… como comprendió Israel hace milenios. De hecho, la quiebra de los mapas mentales, incluidos los religiosos, es la condición de posibilidad de la fe. En realidad, Dios siempre se afirmo contra la evidencia del dios.
más allá de la novedad
noviembre 24, 2024 § Deja un comentario
En lo más íntimo anida el anhelo de descubrir lo nuevo —de sacar de sus entrañas el misterio. Sin embargo, más allá de lo ordinario, tan solo hallaremos la novedad, la sorpresa, la falta de costumbre. De ahí al nihilismo media un paso: nada realmente nuevo habrá bajo el Sol. Ni podrá haberlo sin que finalice el mundo. Pues lo nuevo es lo absoluto. Y lo absoluto es lo ab-suelto, precisamente, lo que tuvo que dar un paso atrás para que pudiera haber mundo. Quizá Karl Rahner no anduvo tan despistado cuando dijo aquello de que incluso en los cielos Dios seguiría siendo un misterio. Como tampoco la parusía obedece a un mente delirante. Al menos, porque lo nuevo —en definitiva, la redención— solo puede coincidir con el final del mundo.
pobres
noviembre 23, 2024 § Deja un comentario
Los pobres también se juzgan entre sí. Hay quienes luchan por abrirse camino. Y los que no dan un palo al agua. Hay los que se ayudan entre sí y los que son unos genuinos cabrones. Como en todas partes. La compasión del pobre, de haberla, no carga con la culpa —y quizá, por eso mismo, sea tan poco paternalista. Quizá sea cierto que el carácter, como decían los griegos, sea un destino. En cualquier caso, al pobre se le debe justicia. Pues nadie debe vivir como si fuera un perro callejero. Sea bueno de corazón o hijo de puta.
teo-lógicas (4)
noviembre 22, 2024 § Deja un comentario
¿Es posible que lo absoluto no sea lo primero, sino que lo primero sea el acto —un acto sin sujeto agente— por el que surge lo ab-suelto, la alteridad avant la lettre? Pues lo primero, lo anterior al mundo, no es nada. Esto es, la negación de la nada por la que el puro haber deviene, precisamente, lo ab-suelto del haber del mundo. Sin embargo, esto ya se nos dijo cuando el yhavista (J) concibió el hágase como el principio rector de la creación. Sin embargo, también añadió que el mundo va con el séptimo día. Y lo que esto significa es que con la luz irán las sombras. La cuestión: qué pesará más, si la luz o las sombras.
un ejercicio de retórica
noviembre 21, 2024 § Deja un comentario
Alguien dice lo siguiente: “usar algunas medidas para definir el rendimiento de un equipo de audio es similar a usar una cinta métrica para definir lo guapo que es alguien». ¿Que ha sucedido aquí? Pues, sencillamente, que la comparación empleada decanta la discusión. Con ello quiero decir que, si aceptamos la analogía, entonces no hay nada más de lo que hablar. Las imágenes rectoras son muy poderosas… hasta el punto de que, una vez aceptadas, resulta muy difícil liberarse de ellas. Así, quien pretenda defender que las mediciones lo dicen todo tendría que impugnar la analogía, esto es, el marco, diciendo, por ejemplo, que las medidas de un equipo de audio son, más bien, como los análisis médicos: que nos permiten saber si seguimos, o no, con salud. Esto es, si el equipo de audio está o no a la altura de lo exigible.
Algo parecido podríamos decir con respecto a la discusión teológica acerca de si Dios es padre o madre —o un cruce de ambos. Pues la disyuntiva se disuelve como azúcar en el café donde partimos de un Dios que, en sí mismo, sufre una crisis de identidad: como si, en cuanto tal, no fuera aún nadie. De hecho, según la confesión cristiana, Dios no tiene otro quien —otra esencia o modo de ser— que el de aquel que fue crucificado en su nombre. Y esto resulta tan escandaloso que probablemente todavía andemos un tanto lejos de admitirlo hasta sus últimas consecuencias.
seguimos estando solos
noviembre 20, 2024 § Deja un comentario
Si Dios es un océano, entonces seguimos estando solos. Sin embargo ¿por qué nos resulta tan difícil admitir que, al final, terminaremos disolviéndonos en lo anónimo como azúcar en el café? Tan solo lo eterno puede presentarse a la conciencia como divino. Pues el caer en la cuenta de la propia muerte es el primer paso de una sensibilidad por lo trascendente. Sin embargo, ¿por qué buscamos a alguien en lo eterno —? Esto es Occidente: la necesidad de un padre.
¿A qué se debe, sin embargo, esta necesidad? Quizá porque la subjetividad occidental no puede prescindir de un hacerse a uno mismo. Esto es, de una voluntad de afirmarse… frente a lo impersonal. Y nadie sabe qué quiere en realidad —y no solo desea— hasta que no sabe qué quiere de él su padre. Obediencia y transformación —de uno mismo y del mundo— son dos caras de la misma moneda. De ahí la resistencia del sujeto occidental a formar parte de la naturaleza —a disolverse en las aguas que, inicialmente, nos cubren. Dios contra los dioses. El nacimiento —el haber sido arrojados— contra la matriz.
Quizá no fuese casual que Nietzsche viera en Oriente la expresión más pura del nihilismo.
lo más (un ultra Platón en breve)
noviembre 19, 2024 § Deja un comentario
El bien —la luz, el sí…— es imposible. Y esto porque es —porque hay el bien, la luz, el sí…
Nada es que no se haga presente. Sin embargo, en su hacerse presente el bien deba renunciar, como quien dice, a su inmaculada eternidad. De otro modo, en su hacerse presente el bien debe incorporar a su contrario —el no, la oscuridad… Y ello porque de haber solo bien, no habría bien. Donde únicamente hubiera bien —o luz, o sí…—, obviamente, no habría oscuridad. Pero tampoco bien —o luz, o sí… Esto es, no habría nada.
Sin embargo, lo anterior no significa que en primer lugar haya el bien y, posteriormente, el bien incorpore a su contrario. Como acabamos de apuntar, el bien a secas o en sí —esto es, al margen de su hacerse presente— no es nada sin su contrario. Por consiguiente, si lo primero es el bien a secas, entonces lo primero es la negación de sí del bien, su es no siendo nada. Y aquí hay que tener en cuenta que este es no siendo nada supone, lógicamente, la negación de la nada.
Bien significa, por tanto, deber ser —en definitiva, el hágase. El bien implica su negación de sí… en tanto que, como bien a secas o puro bien, es no siendo nada. Con otras palabras, el deber ser del mundo —y nada es más allá de lo que adquiere una forma— es el otro lado de la negación de sí del bien. Consecuentemente, lo contrario al bien —el mal, la tara, la desproporción…— es el correlato, el efecto inmediato, de su es no siendo nada. El bien se hace presente negándose como tal. Porque hay el bien, no tan solo hay el bien.
Así, hay algo en vez de nada porque la nada es el más allá del mundo, de la totalidad de cuanto existe. El mundo es el resultado de la negación de sí del bien —la negación de sí que es el bien. O con otras palabras, de su llegar a ser nada en cuanto tal, de su retroceso a un pasado anterior a los tiempos, al fin y al cabo, de su devenir absoluto en su hacerse presente como lo bueno en cierta medida. Pues lo absoluto es lo ab-suelto, lo liberado del juicio y, por extensión, del tiempo presente. El fundamento del mundo, en tanto que ab-suelto del mundo, no pertenece al mundo —ni puede pertenecer. Y quien dice mundo, dice tiempo. Hay mundo porque hay lo absoluto. Sin embargo, el haber de lo absoluto —la eternidad del bien— es el haber de lo impresentable o inviable. O como decíamos al principio, de lo imposible. Hay lo posible porque, más allá de los mundos, hay lo imposible. Schelling, hacia el final de sus días, comprendió mejor que nadie que la razón llevada al extremo conduce de nuevo al mito. Pues solo por medio del mito podemos hacernos una idea de lo que es —y sigue siendo— antes de cualquier presencia o presente. En realidad, que lo absoluto sea lo ab-suelto es lo que da pie al tiempo.
La secuencia lógica sería, por tanto, la siguiente: el bien a secas —la luz, el sí…— es lo primero; pero el bien a secas no es nada (ya que solo es lo que posee una forma); por tanto, lo primero es que no hay nada, la negación de sí de la nada —el hágase, el debe tener lugar, la creación —… y, por eso mismo, el bien se hace presente… aunque siempre hasta cierto punto o en cierta medida. La invisibilidad de lo absoluto —el que sea no siendo nada, su continuo paso atrás— es el sostén de lo visible.
Acaso Hegel fuera el mejor lector de Platón. Y quizá por eso también, la filosofía comienza con Platón y termina con Hegel. Nietzsche, por su parte, y a pesar de que lo suyo no fuese, precisamente, la dialéctica, intuyó con fiera lucidez que el nihilismo es la otra cara del platonismo. Pues si lo dicho hasta ahora es cierto, entonces solo cabe esperar el eterno retorno de lo mismo. A lo sumo que el bien pese más que el mal. Satán bajo las botas del arcángel, como quien dice. Pero esta esperanza no fue, ciertamente, la de Nietzsche.
¿un dios de nuestra parte?
noviembre 18, 2024 § Deja un comentario
Epicuro fue muy consciente de lo que significaba ser un dios. Así, comprendió que los dioses, debido a su naturaleza netamente superior, no podían congeniar con nosotros. Pues ¿qué dios podría interesarse por la suerte de los ácaros? A lo sumo se entretienen, como un niño juega con sus gusanos de la seda. Carpe diem. De acuerdo.
La situación cambia, sin embargo, cuando nos saca de quicio el clamor de quienes viven como perros. Este es el punto de partida de la fe —y no la necesidad de asegurar que seguiremos por ahí tras la muerte.
Un dios no puede estar de nuestra parte. De ahí que la responsabilidad creyente —el tener que responder al grito del hambriento—, de algún modo, se enfrente a la indiferencia de un cosmos atravesado de dioses. Y puede que, por eso mismo, Israel viese, aunque a costa de un enorme sufrimiento, que el único dios que puede valer como Dios-en-favor-del-hombre fuese aquel que crea el mundo desplazándose a un tiempo anterior a los tiempos. Y quien dice desplazándose, dice negándose.
¿un Mesías impotente?
noviembre 17, 2024 § Deja un comentario
Una vez Dios se reveló como el Altísimo —tan alto que anda rozando la nada— su intervención quedó en manos del Mesías. A partir de ese momento, la esperanza creyente dejará de apuntar al acto ex machina de Dios —pues ese acto presupone que Dios no es más que un dios… entre otros. En su lugar, la irrupción del Mesías —de quien ocupa su lugar. La esperanza de Israel se transformó en la esperanza mesiánica.
Israel, sin embargo, fue muy consciente de la dificultad. ¿Cómo imaginar la intervención del Mesías? ¿Como una operación militar? Esta, sin duda, fue la expectativa más natural o espontánea. Y quizá, por eso mismo, no debería extrañarnos que terminase secularizada como ideal revolucionario. Pero un Mesías que empuñase las armas no termina de casar con la misericordia divina. Por otro lado, si el Mesías no aparece como un nuevo David ¿cómo reconocerlo? ¿Es posible que haya estado entre nosotros y no nos hayamos dado ni cuenta? Y si la fe comienza con la confesión —tú eres el que esperábamos—, ¿no se abre la puerta, por eso mismo, a los falsos mesías?
El cristianismo llegó a la peor audacia: ya vino y lo colgamos de una cruz. ¿El Mesías, por tanto, no fue capaz de transformar el mundo? La fuerza de la debilidad ¿no será un truco ad hoc?
En cualquier caso, la relación con Dios no es indisociable de la cuestión sobre el poder de Dios —en este caso, sobre el poder de una bondad sin resquicio. De ahí que el cristianismo no pueda prescindir de la resurrección de los muertos —esa imposible posibilidad— sin renunciar a lo más propio. Y quien dice resurrección dice esperar el regreso del Mesías. Y este es el asunto: ¿quién puede creer en lo imposible? En realidad, este fue siempre el asunto.
fenomenología cristiana
noviembre 16, 2024 § 1 comentario
El coloquio con Dios —el intimar con lo alto— termina como era de prever tratándose, precisamente, de lo alto: con el clamor de Getsemaní. ¿Después? A la espera. Como quien permanece fiel a lo que le ha sido dado y no termina de comprender. Pues han habido gestos de bondad donde no cabía ninguna bondad. Y mientras tanto, con el mazo dando. Esto es, Mt 25. El resto es espejismo.
Occidente
noviembre 15, 2024 § Deja un comentario
Suele decirse que cada cultura tiene su filosofía. No es exactamente así. En cualquier caso, tiene su cosmovisión, su sabiduría. La filosofía es un producto occidental, aunque respire los aromas de Oriente. O mejor dicho es, como la democracia, un producto griego… que dio pie a lo que hoy conocemos como Occidente. Y es que la filosofía nace, con Sócrates, como cuidado del alma… el cual —y en esto reside su novedad— se concibe sobre la base de la sospecha de sí, de lo que uno siente como verdadero, una sospecha que solo contará con la ayuda del imperativo lógico o racional y que, por eso mismo, no terminará haciendo buenas migas con la demagogia de la que se alimenta el ejercicio del poder. El conflicto entre filosofía y polis —un conflicto que no hallamos en Oriente— es la sangre que corre por las venas de Occidente. Israel —la otra columna vertebral—, y a través de sus profetas, extenderá este conflicto al mundo en su totalidad.
Paralelamente, se suele decir que el cristianismo triunfó históricamente adaptándose a la matriz griega. Y algunos ven aquí una traición al espíritu original. Y en parte es así. Pero, como viera Filón, si se adaptó es porque Moisés y Platón, cada uno a su modo, vieron algo muy parecido. De hecho, porque hubo cristianismo, Grecia pudo seguir configurando como quien no quiere la cosa la subjetividad occidental.
extraños
noviembre 14, 2024 § 1 comentario
Un simio nunca podrá quedarse en suspenso, sentirse como un extraño en medio del mundo. Un simio carece de inquietud. Pues la inquietud es un no terminar de encontrarse en donde uno está. Y esto porque tenemos un cuerpo. Ningún simio tiene cuerpo.
Quizá seamos títeres de lo impersonal. Sin embargo, siempre podremos mantenernos a distancia de lo que se nos impone (y, por extensión, perseverar en el mandato que se desprende de ese extrañamiento). Como si fuéramos un alma habitando un cuerpo que no nos pertenece. O un fantasma. El problema de las imágenes que nos permiten incorporar lo verdadero es que fácilmente pasamos del como si al como. Pues al dar el paso, acabaremos confundiendo el símbolo con el nombre, dejando atrás el extrañamiento de si, la suspensión, el que nuestra existencia apunte al misterio de una nada que es no siendo.
Parafraseando a Kafka, podríamos decir que hay lo verdadero, pero no para nosotros. Para nosotros, y en el mejor de los casos, el momento verdadero. Puede que no sea anecdótico que la caída se entendiera desde el principio como una caída en el tiempo. Aunque también es verdad que quienes, a pesar de lo dicho, persiguen lo verdadero no viven como el resto. De hecho, son incapaces.
las trampas de las imágenes (y 2)
noviembre 13, 2024 § Deja un comentario
Los manuales suelen decir que la filosofía se enfrenta al mito, superándolo. Y ciertamente, algo de esto hay —o bastante. Tales, con su todo es agua, prescinde del dios por primera vez. Sin embargo, Platón es consciente de que sin el mito difícilmente lograremos incorporar nuestra relación con lo verdadero. De ahí que en La República, distinga entre los mitos que contribuyen a la formación del alma —a la configuración del carácter— y los mitos que nos esclavizan. Al fin y al cabo, es lo que tiene habitar un cuerpo: que no podemos prescindir de su lenguaje. Y su lenguaje es el de las imágenes. La cuestión es, por tanto, qué mito se alinea mejor con lo que revela el pensar. Caverna.
las trampas de las imágenes (1)
noviembre 12, 2024 § Deja un comentario
El furor iconoclasta tiene como extraño compañero de viaje al donatismo y sus variantes: en ambos casos, se trata de buscar, en lo que respecta a la fe, la autenticidad, la pureza, lo sin mancha. Algo de esto hay también la publicidad o en los instagramers. ¿Que te dice quien cuelga en las redes el típico selfie? Soy así, tal y como me ves. Obviamente, no es así. Y lo sabemos. Sin embargo, preferimos dejarnos llevar por la fascinación, el hechizo, el truco del mago.
¿Qué distingue al sabio —al santo— del resto? Pues que ha incorporado lo que ya se sabe: que las morritos, a veces, también tienen mal aliento. Sencillamente, vive desde el conocimiento de lo verdadero —y a flor de piel. Como quien está de vuelta tras haber pisado fondo —y los fondos siempre están rebosantes de barro. Aunque por eso puede haber pureza. Como si está solo pudiera darse como ave Fénix. O como resurrección.
Incluso Dios se hizo presente con tara.
bajo el signo de la interrogación
noviembre 11, 2024 § Deja un comentario
Hoy en día, la relación con el dios es algo que solo puede decidirse desde nuestro lado —desde nuestra necesidad de amparo o tutela, de decirnos a nosotros mismos que no estamos solos. Ahora bien, como escribieron quienes abrieron la lata de la sospecha, se trata de una proyección. La cosmología moderna —y la cosmología, como viera Jakob Taubes, condiciona la creencia religiosa— no casa con el ángel de la guarda de la infancia. Aunque se vista con los oropeles del dios. Ya pasaron los tiempos en los que el asombro —y la desgracia— apuntaban directamente a la poder de la divinidad. En la Antigüedad, que nos hallamos bajo poderes que nos superan por entero nunca fue un supuesto: fue una evidencia. Como quien constata que llueve en un día de lluvia.
La cuestión que tiene que plantearse una teología que se tome en serio la Modernidad —y tomársela en serio no significa tragar con todas sus ruedas, algunas de molino— es si estamos ante algo más que una proyección. Y me atrevería a decir que sí. Pero no porque aún podamos apostar por otro mundo. Pues, de haberlo, sería en última instancia más de lo mismo. De cruzar el umbral tras la muerte, no podríamos evitar preguntarnos si acaso eso es todo, incluso admitiendo que no hubiese dolor ni injusticia. El todo no puede ser el todo para quien existe. Que estemos ante algo más que un delirio narcisista tiene que ver con que la existencia permanece inevitablemente abierta al misterio de una alteridad que, como tal, carece de rostro. Más aún: es el sufrimiento injusto de tantos que abre la existencia a la imposible posibilidad de un reset de dimensiones cósmicas, en donde, estando Satán bajo las botas del arcángel, podamos vivir en paz como transformados. Y decimos lo de las botas del arcángel —acaso la única imagen de una esperanza honesta— porque, en realidad, no puede haber bien, sin la sombra del mal.
Puede que no sea casual que, para Israel, la experiencia de Dios fuese indisociable de su interpelación, en el doble sentido del posesivo. O que, para el cristianismo, el único rostro de la alteridad a la que nos encontramos expuestos sea el de un crucificado en nombre de Dios. Y esto último —la revelación— no se decidió desde nuestro lado.
la divinidad y sus paradojas
noviembre 10, 2024 § Deja un comentario
Si Dios fuese un ente, aunque de otra dimensión, entonces tendría que sufrir el paso del tiempo y, por tanto, la degeneración. Pues nada de cuanto existe puede hallarse al margen de la temporalidad. Nada es que no aparezca o se haga presente. Pero la consecuencia de este hacerse presente es, precisamente, el presente. La manifestación de lo absolutamente otro —del haber en cuanto tal— va con la pérdida de su carácter absoluto (y por eso mismo queda ab-suelto, más allá del juicio). La eternidad de Dios es la eternidad de su continua negación de sí en la dirección de lo otro de sí, la humanidad. La temporalidad es el efecto del paso atrás de Dios —de su des-aparición o vaciamiento de sí.
Ciertamente, el sentimiento de hallarnos en manos de un poder que nos supera por entero es el sentimiento básico del homo religiosus. Y dado que llevamos impresa la fecha de caducidad desde que nacemos, la sensación de enfrentarnos, por contraste, a lo eterno es inevitable. Como acaso también lo sea imaginarlo como alguien. Pero solo el cristianismo se atrevió a ir más lejos, al proclamar al que murió como un apestado de Dios —aunque abandonándose a Dios— como el quién de Dios. No hay, cristianamente hablando, otra imagen. Y quizá por eso mismo, el cristianismo aún esté por estrenar —es un decir. Pues ¿acaso aún muchos cristianos no se dirigen a Dios como si Dios fuese alguien sin su cuerpo? Dios, en cuanto tal, es real. Pero, por eso mismo, no existe… en cuanto tal. Dios existe como el cuerpo de Dios o no existe como Dios.
sentimiento pagano
noviembre 9, 2024 § Deja un comentario
El sentimiento de estar en manos de la divinidad —o también, el de sentirse acompañado por ella— es el mismo en el cristianismo que en el paganismo. Que los dioses nos sean propicios. De ahí que aquellos creyentes que basan su fe solo en ese sentimiento de hallarse bajo el amparo de Dios, como si Dios fuese una variante cargada de esteroides del ángel de la guarda de nuestra niñez, fácilmente tiendan a estar de acuerdo con la idea de que las religiones son diferentes percepciones que tienen un grupo de ciegos palpando el mismo elefante.
Ciertamente, dicho sentimiento, tarde o temprano, entra en crisis. Sobre todo, ante la desgracia. Pero, como suele ocurrir también en ciencia, espontáneamente echamos mano de las hipótesis ad hoc: vete tú a saber cuál es la voluntad del dios. O también, algo habremos hecho mal. Para quien siente la presencia de la divinidad como quien huele una fuga de gas, nada podrá desmentir su sentimiento.
Puede que la singularidad del monoteísmo bíblico —como también la del epicureísmo, acaso su alternativa más sólida— tenga que ver con tomarse en serio el desmentido: no parece que el dios esté por la labor. La cuestión: ¿y ahora qué? Israel no dudó: obedecer el mandato que se desprende de la inabordablealtura de Dios, el que nos obliga a la fraternidad. Es posible que no entendamos el cristianismo hasta que no caigamos en la cuenta de que la proclamación del crucificado como el quién de Dios hace saltar por los aires cualquier creencia religiosa basada únicamente en el sentimiento de una presencia, se sobreentiende que benévola. Esto es, hasta que no hayamos comprendido —y a flor de piel— que la fe, a diferencia de la creencia en tanto que suposición, apunta a un Dios por venir. O mejor dicho, por regresar. De ahí que, cristianamente, no haya haya otra presencia que la del Espíritu… ese resto de las historias verdaderas.
la pieza de caza
noviembre 8, 2024 § Deja un comentario
El nihilismo es la antesala del valor. La nada importa. Pues todo se nos da —todo se decide— desde la nada. En definitiva, desde su retroceso en favor del mundo (y, por eso mismo, se impone como el eterno más allá del cuanto es).
Así, no comprendemos, por ejemplo, que la vida es sagrada —literalmente, inviolable— mientras no se nos revele como milagro o excepción cósmica. Quizá digamos que lo es. Pero difícilmente caeremos en la cuenta —difícilmente incorporaremos esta verdad. Es lo que tiene vivir de espaldas al acontecimiento. En su lugar, lo que simplemente sucede. De ahí la importancia de la ceremonia, elritual del cazador. Pues no debemos olvidar, frente a lo que simplemente pasa, que esa pieza que nos alimenta, antes nos fue dada.
primero: megacasting
noviembre 7, 2024 § Deja un comentario
El hombre y la mujer son lo que deben ser. Su naturaleza es inseparable de aquello que deberían llevar a cabo, precisamente, como humanos. Su humanidad va de la mano de una exigencia, en cierto sentido, moral. Así, el gen —lo que nos viene de fábrica y, por tanto, no cabe modificar sin dejar de ser lo que somos— posee un carácter normativo. Es decir, la mujer, por ejemplo, está programada genéticamente para ser madre y, por eso mismo, debe serlo. Otro asunto es que pueda serlo. Ahora bien, que una mujer no pudiera quedarse embarazada no niega la predisposición natural a engendrar que caracteriza a la mujer. Hablaríamos, propiamente, de una anomalía. La maternidad es, por tanto, el horizonte vital de la mujer, aquello que realiza su naturaleza o modo de ser.
Es verdad que, culturalmente, podríamos decidir manipular el gen femenino para suprimir esta tendencia natural… con el propósito de eliminar de un plumazo las servidumbres del embarazo y la crianza, de tal modo que, a partir de un momento dado, los hijos se tuviesen en un laboratorio. Sin embargo, el precio que pagaríamos de hacerlo sería el de la modificación de la naturaleza de la mujer. Es como si le añadiésemos un átomo de oxígeno al agua: que pasaría a ser otra cosa, en concreto, agua oxigenada.
Pregunta: ¿estás de acuerdo? ¿Por qué? Obviamente, has de tener en cuenta los argumentos de quienes opinarían lo contrario.
celos
noviembre 7, 2024 § Deja un comentario
Por lo común, nadie quiere tener como compañero a un hombre o una mujer celosos. Pues los celos denotan deseo de posesión. Y a nadie les gusta ser la mascota de otro. Sin embargo, imaginemos que una mujer le dice a su pareja que se irá pasar un fin de semana en la costa para reflexionar… y que le acompañará su mejor amigo. E imaginemos también que él le dijera que le parece muy bien. Esto es, que no sintiera celos en absoluto. ¿Acaso la mujer no acabaría convencida de que ella no le importa? En los asuntos que nos traemos entre manos, nada sin mezcla. Así, el amor, siempre con unas dosis de celos —de su contrario. Más aún: el amor los exige. En cierta medida. Evidentemente, los extremos son indeseables. Todo, como entendieron los griegos, es cuestión de equilibrio o proporción. Pero no tenemos una criterio que garantice cuál es, precisamente, la justa proporción. Aun cuando deba haberla.
rutinas
noviembre 6, 2024 § Deja un comentario
Hay en nosotros una necesidad de lo nuevo o extra-ordinario. La rutina deviene insoportable, aunque nos resulte, ciertamente, cómoda. Quizá porque genéticamente estamos programados para atender a lo sorprendente. Que el león no nos coja por sorpresa. Pero, sea como sea, permanecemos en el mejor de los casos a la expectativa. Otro asunto es que haya en verdad lo nuevo y no, simplemente, la distracción, la sorpresa de la novedad, ese trampantojo de lo nuevo. Pues lo nuevo es lo absolutamente otro, precisamente, lo que no puede darse como tal en el mundo. Y no puede darse porque el haber del mundo solo fue posible por el retroceso del carácter absoluto de una alteridad avant la lettre.
En el mundo, a lo sumo, la aparición, la cual no puede durar. Y no hablamos de fantasmas, sino del rostro de quien tenemos enfrente, aquel que se presenta como desnudez o desamparo… y que, por eso mismo, solo admite la adoración y el cuidado, en modo alguno el trato, la negociación. En la aparición, el cuerpo —esa máscara— ha quedado atrás.
Aunque quizá, en el fondo, sí que estemos hablando de fantasmas, al margen de la imagen que nos podamos hacer de ellos. Pues el rostro, en tanto que procede del más allá de uno mismo, es siempre un espectro, un siendo sin entidad. De ahí que clame, como cualquier fantasma, por un cuerpo. Y no el suyo, precisamente.
hay algo
noviembre 5, 2024 § 1 comentario
Espontáneamente, muchos creen que hay algo más allá. Y lo creen porque así lo sienten. Percibo una presencia, dicen… También la percibe quien sufre de esquizofrenia.
Platón dejó escrito en su Apología que una vida examinada posee más valor que una vida sin examinar. Pero ¿qué supone el examen —la interrogación— de sí? Si estos muchos se pusieran a pensar, puede que se preguntasen si ese más allá es algo conveniente. Pues podría ser que a lo largo del tiempo que nos ha tocado en suerte se tratara de ir purificando nuestra alma para servir de alimento a los ángeles. O también si su creencia es algo más que un whishful thinking. O si acaso podríamos soportar una vida eternamente dichosa. Es como cuando una chica te dice que se viste porque le gusta y no porque pretenda gustar: que no puedes evitar sonreír.
La lección socrática fue, al fin y al cabo, que la búsqueda de la verdad —de lo que en verdad tiene (el) lugar y no simplemente pasa—, en definitiva, el cuidado del alma comienza por una sana sospecha sobre uno mismo. De hecho, sin examen tampoco es que seamos tan distintos de los bonobos. Aunque nos pongamos a rezar como quien charla con el psicoanalista. Pero basta con leer la Biblia, para caer en la cuenta de que quienes lograron dialogar con Dios no lo hicieron sin tensar la cuerda.
mas Déu
noviembre 4, 2024 § Deja un comentario
El otro día leo en un texto de un grupo cristiano que Dios es Jesús. De acuerdo. De hecho, es lo que afirma la tradición creyente. Sin embargo, la cuestión es cómo se entiende esta proclamación. Pues leyendo el texto completo uno tiene la impresión de que estamos ante una variante del viejo docetismo. Dios no se altera con la encarnación. ¿Jesús? Dios mismo paseándose por la tierra con el ropaje de los humanos. Muy griego, muy razonable —o mejor dicho, religiosamente razonable.
Sin embargo, difícilmente comprenderemos el alcance de la dogmática cristológica —el alcance de la revelación— donde partimos de un Dios ya hecho. Y es que Dios sea Jesús —que Jesús sea el quien de Dios— no deja las cosas de Dios tal y como estaban. Un crucificado en nombre —en lugar— de Dios, ¿es Dios? ¿En serio? Si Dios es Jesús, entonces Dios —estrictamente, el Padre— aún no es nadie antes de poder identificarse con el crucificado —y gracias a su fe. El Padre es, en cuanto tal, su voluntad de reconocerse en el hombre. Y por eso mismo, la voz que clama, imperativamente, por el hombre —una voz cuyo eco escuchamos en los que carecen del pan de cada día.
El cristianismo proclama algo, ciertamente, insólito, a saber, que Dios tiene cuerpo. No dice que se vista con el cuerpo de un predicador, sino que sin ese cuerpo no hay aún Dios que valga como Dios. Ciertamente, esto esta muy cerca de decir que Dios no tiene otras manos que las nuestras… lo que, en definitiva, significa que de nuestras manos depende el presente de Dios. Y llegados a este punto uno podría preguntarse dónde queda el poder de Dios, un poder que, en principio, debería ser capaz de resucitar a los muertos.
Quizá el único modo de responder a la cuestión sea diciendo que dicho poder —y por tanto, la esperanza en una humanidad nueva— se activa con la entrega del hombre. Pero en ese caso, no estaríamos tan lejos del dios-energía-positiva, con lo que la voluntad de Dios no sería mucho más que una tendencia cósmica. Ahora bien, de ser así, seguiríamos estando solos. De ahí que la esperanza cristiana no pueda prescindir de la paternidad de Dios, entendida análogamente a la relación entre padres e hijos. Otro asunto es si esto es tal y como se lo imagina el creyente.
Platón o vámonos arriba: un ejercicio de lógica
noviembre 1, 2024 § Deja un comentario
- Se trata de comprender que nos está diciendo Platón cuando distingue entre dos mundos a la hora de enfrentarse a la pregunta sobre lo real, a saber, de qué hablamos cuando hablamos propiamente de lo real , esto es, en su carácter otro o absoluto.
- En principio, lo real es lo que es. Las cosas son, están ahí. Y por eso decimos que son reales. Ahora bien, nada es que no aparezca o se haga presente. La pregunta es, por tanto, qué es lo que aparece en lo que aparece como algo determinado, esto es, como cosa o ente. Con todo, no es fácil comprender el alcance de la pregunta. El árbol, la mesa, el hipopótamo… aparecen como árbol, mesa, hipopótamo. Y por eso podríamos decir que lo que aparece es, precisamente, aquello que los caracteriza como tales, a saber, su esencia. Así, cada árbol, mesa, hipopótamo… serían casos particulares de la idea de árbol, mesa, hipopótamo. Al igual que la belleza aparece en los cuerpos bellos. O la justicia, en las decisiones o leyes justas. Ahora bien, llegados a este punto conviene tener en cuenta que por idea Platón no entiende el concepto al que llegamos por abstracción tras constatar lo que tienen en común una serie de cosas semejantes. En cierto sentido, la idea existe independientemente de cuanto pueda representarla. Para entender mejor esto último, hay que poseer, como Platón, una mentalidad matemática, por decirlo así. Por ejemplo, podríamos dibujar la Torre Eiffel desde múltiples puntos de vista. Pero ningún dibujo, siendo de la Torre Eiffel, sería de la Torre Eiffel, esto es, de la torre Eiffel en sí o en cuanto tal. Propiamente, el dibujo de la Torre Eiffel al margen de cualquier perspectiva sería el plano de la Torre Eiffel y, en definitiva, el conjunto de las fórmulas matemáticas que hay detrás. Otro ejemplo: hay lo que se conoce como la proporción áurea. Pero nunca la veremos como tal. Siempre en aquello que la encarna, pongamos por caso, La Gioconda de Leonardo da Vinci. En cuanto tal, solo puede ser pensada.
- Sin embargo, el árbol, la mesa, el hipopótamo… antes que árbol, mesa, o hipopótamo son algo ahí (y que sean en primer lugar algo ahí es, precisamente, cuanto tienen en común). La pregunta por lo que aparece en cuanto aparece bajo tal o cual aspecto equivale a la pregunta por la consistencia del algo ahí… con independencia de cómo se nos muestra o aparece. ¿En que consiste, al fin y al cabo, que algo sea?
- La pregunta refleja, en el fondo, el orden jerárquico de las ideas. Un hipopótamo, por ejemplo, es un animal —y no, un mineral. La idea de hipopótamo se encontraría, así, por debajo de la idea de animal, oponiéndose esta última a la de mineral o, en general, a la de lo que no es un animal. Así, al igual que nos preguntamos por la consistencia del modo de ser del hipopótamo —¿en qué consiste ser un hipopótamo?— podemos preguntarnos por la consistencia de ser un animal. Sin embargo, lo cierto es que lo que tienen en común las cosas que son es, precisamente, que son. De ahí que la pregunta última o definitiva sea en qué consiste que algo sea o esté ahí. Es decir, en qué consiste, al fin y al cabo, el ahí en cuanto tal, al margen de un particular modo de ser ahí.
- La pregunta refleja, en el fondo, el orden jerárquico de las ideas. Un hipopótamo, por ejemplo, es un animal —y no, un mineral. La idea de hipopótamo se encontraría, así, por debajo de la idea de animal, oponiéndose esta última a la de mineral o, en general, a la de lo que no es un animal. Así, al igual que nos preguntamos por la consistencia del modo de ser del hipopótamo —¿en qué consiste ser un hipopótamo?— podemos preguntarnos por la consistencia de ser un animal. Sin embargo, lo cierto es que lo que tienen en común las cosas que son es, precisamente, que son. De ahí que la pregunta última o definitiva sea en qué consiste que algo sea o esté ahí. Es decir, en qué consiste, al fin y al cabo, el ahí en cuanto tal, al margen de un particular modo de ser ahí.
- Nada es que no se muestre a través de una serie de rasgos o características (y las implicaciones últimas de esta aparente obviedad las veremos más adelante). Todo cuando es posee una forma. Así, el árbol, la mesa, el hipopótamo… son lo que son debido a su forma —técnicamente, diríamos debido a que ejemplifican una esencia o modo de ser… el cual se expresa lingüísticamente como concepto. El primer Platón —el de los manuales de filosofía— dirá que el árbol, la mesa, el hipopótamo son lo que son porque participan de la idea de árbol, mesa, hipopótamo. Y solo participan porque el árbol, la mesa, el hipopótamo… en tanto que se encuentran sometidos al tiempo van dejando de ser lo que, en un momento dado, muestran ser. Pues cuanto no termina de ser, propiamente hablando, no es. Es como si su particular modo de ser les hubiera sido prestado. Pero ¿prestado a qué? A un algo ahí —y esta es, precisamente, la cuestión: cuál es la consistencia del mero ahí de algo, al margen de la forma o aspecto que nos muestra… si es que posee alguna consistencia. Pues nada es sin forma.
- Espontáneamente, hoy en día diríamos que lo que aparece en cualquier caso es la materia. De acuerdo. Pero, qué sería la materia en cuanto tal, es decir, al margen de su aparecer como árbol, mesa, hipopótamo… Esto es, al margen de su darse o hacerse presente en lo concreto. Un físico, actualmente, respondería a la pregunta escribiendo una fórmula en un papel. Ahora bien, la fórmula —la realidad de la materia como tal— posee una naturaleza abstracta: no es nada en particular —y porque no es nada en particular, dicha fórmula sostiene todo cuanto es. Esto es lo que Platón pretendía decirnos al afirmar que lo real es idea (y aquí hay que tener presente, una vez más, que por idea no se refería principalmente a la idea que nos hacemos o tenemos en mente). Por eso mismo, lo real, en cuanto tal, solo puede ser pensado… y pensado como lo que pertenecería a otro mundo, como quien dice, un mundo al que solo cabe acceder a través de la razón. En consecuencia, hablamos de un mundo meramente inteligible: la materia, en cuanto tal, no es visible o palpable. En cualquier caso, lo captado por nuestros sentidos son los diferentes modos de ser de la materia. La materia no pertenece al mundo de cuanto se encuentra ahí, al mundo denominado sensible (y no porque tenga sentimientos, obviamente). Más bien, lo trasciende. Con todo, aquí conviene tener en mente que Platón no habla propiamente de la materia, sino de lo real, del puro ser-ahí de algo —y por extensión del puro ser-otro.
- Para comprender mejor lo que quiso decirnos Platón —incluso más allá del Platón escolar— sustituyamos ser por haber. El haber es siempre el haber de las cosas. El haber en cuanto tal —el puro haber, el simple ahí— no es nada. De aparecer, aparecería como la oscuridad y el silencio más absolutos. Esto es, como nada ahí —como un simple afuera sin forma o aspecto. Sin embargo, que hablemos de la nada ahí ya significa que no es simplemente nada. Pues se haría presente como un puro ahí. Es como si dijéramos que la nada es su negación de sí. El simple afuera —una pura exterioridad— sería, en este sentido el resultado de dicha negación. La nada se exterioriza como puro haber o afuera. En tanto que el puro haber no es nada, tan solo hay el haber de las cosas. Aristóteles, discípulo de Platón, cogerá este testigo. De hecho, su pensamiento fue un seguir estirando el hilo del último Platón.
- Porque la nada es no siendo nada, el puro ahí se revelaría como la negación de la nada. Y esto sería, literalmente, lo primero o absoluto: el acto —aunque se trataría de un acto sin sujeto agente— por el que la nada se niega a sí misma… por decirlo así. Y si este acto es lo primero o absoluto, la nada de un puro haber es lo continuamente dejado atrás en favor del haber de las cosas —en favor del mundo. No hay haber que no sea el de las cosas que podemos ver y tocar. Antes decíamos que nada es que no se muestre sin forma. Pues bien, esto equivale a decir que la nada se muestra o revela en su contrario, el mundo que nos ha tocado en suerte. Sin embargo, comprender esto último supone comprender que en su revelarse, la nada se oculta o retrocede más allá de lo visible. Si hay algo en vez de nada es porque, en definitiva, lo que hay no es nada.
- Porque la nada es no siendo nada, el puro ahí se revelaría como la negación de la nada. Y esto sería, literalmente, lo primero o absoluto: el acto —aunque se trataría de un acto sin sujeto agente— por el que la nada se niega a sí misma… por decirlo así. Y si este acto es lo primero o absoluto, la nada de un puro haber es lo continuamente dejado atrás en favor del haber de las cosas —en favor del mundo. No hay haber que no sea el de las cosas que podemos ver y tocar. Antes decíamos que nada es que no se muestre sin forma. Pues bien, esto equivale a decir que la nada se muestra o revela en su contrario, el mundo que nos ha tocado en suerte. Sin embargo, comprender esto último supone comprender que en su revelarse, la nada se oculta o retrocede más allá de lo visible. Si hay algo en vez de nada es porque, en definitiva, lo que hay no es nada.
- Ciertamente, nada hay que sea por entero —o que termine de ser— lo que, en un momento dado, parece ser. Todo se encuentra sometido al tiempo. Sin embargo, por eso mismo, las cosas son. Es decir, porque representan —participan de— lo absolutamente real… que, como puro haber, es continuamente negado o dejado atrás en favor del mundo —del haber de las cosas. De ahí el doble sentido de la apariencia, un doble sentido que deberíamos entender como las dos caras de una misma moneda. Por un lado, en las apariencias aparece lo real. Pero, por otro, las apariencias son ilusorias. Que ambas acepciones de la palabra apariencia vayan de la mano significa que las apariencias son ilusorias… porque son reales. O porque son reales… son ilusorias. En este sentido, podríamos decir que lo que hizo Platón fue pensar a Parménides hasta el final. Y lo que esto significa es en la dirección de Heráclito.
- Ciertamente, nada hay que sea por entero —o que termine de ser— lo que, en un momento dado, parece ser. Todo se encuentra sometido al tiempo. Sin embargo, por eso mismo, las cosas son. Es decir, porque representan —participan de— lo absolutamente real… que, como puro haber, es continuamente negado o dejado atrás en favor del mundo —del haber de las cosas. De ahí el doble sentido de la apariencia, un doble sentido que deberíamos entender como las dos caras de una misma moneda. Por un lado, en las apariencias aparece lo real. Pero, por otro, las apariencias son ilusorias. Que ambas acepciones de la palabra apariencia vayan de la mano significa que las apariencias son ilusorias… porque son reales. O porque son reales… son ilusorias. En este sentido, podríamos decir que lo que hizo Platón fue pensar a Parménides hasta el final. Y lo que esto significa es en la dirección de Heráclito.
- La idea de un puro haber —la idea de Ser— es, por tanto, lo absoluto. Y absoluto significa, literalmente, lo ab-suelto o separado, soltado de, en definitiva, lo que no es en relación con o relativamente a . Y por eso mismo, es no siendo. Pues solo es o existe cuanto aparece. Ahora bien, nada aparece si no es en relación con un receptor —y por tanto, relativamente o desde una punto de vista. Por eso mismo, lo absolutamente otro —un puro haber— desaparece como tal en su aparecer como algo ahí —en definitiva, como el haber de las cosas. En este sentido, podríamos decir que hay lo absoluto —lo real como tal, esto es, en su carácter enteramente otro—, aunque su haber sea el de una negación de sí. El haber o tiene lugar siempre como el haber de las cosas —y por tanto, dando un paso atrás como puro haber—, o no tiene ningún lugar. Y decimos dando un paso atrás como puro haber porque el haber de las cosas es relativo. Todo cuanto existe se encuentra sometido al tiempo y, por esta razón, nada de cuanto cabe ver y tocar es por entero lo que parece.
- De ahí el hiato que, según Platón, separa el mundo real del aparente. En el mundo real —el mundo de la idea— no hay nada. Y lo que esto significa es que la idea es la negación de la nada —y por eso mismo, todo. Sin embargo, nuestro mundo es “real” —si las cosas están, ciertamente, ahí— porque el mundo real, lo absoluto es no siendo nada. Ahora bien, esto implica, a su vez, que lo absoluto, en tanto que absuelto, no admite la predicación o representación. Nada podemos decir de lo absoluto como tal… salvo lo que cabe decir con respecto a la idea de lo absoluto. Pues lo absoluto es absuelto, precisamente, de todo juicio. Y quien dice juicio dice afirmar algo sobre algo. Pues decir es, en definitiva, juzgar. Esto es así porque en el mundo todo es mezcla. No hay gesto, belleza, decisión… que sean químicamente puros. En cuanto es hay restos de no-ser —y esto es, en definitiva, el tiempo. Es lo que tiene que el haber sea, precisamente, negándose a sí mismo como puro haber. De esta negación de sí del haber, como quien dice, participa cuanto existe.
- Sin embargo, necesitamos juzgar, opinar, decir que cuanto nos traemos entre manos es tal y como lo decimos… para hacernos un mapa mental que nos permita orientarnos en medio de la complejidad. Pero lo cierto es que, pongamos por caso, no hay amor sin desamor, esto es, sin celos. O decisión justa que no pueda verse desde cierta óptica como injusta. O belleza, sin tara. Sin embargo, difícilmente podríamos orientarnos o tratar con cuanto nos rodea si no resolviéramos su ambigüedad mediante el decir que juzga antes de tiempo, esto es, mediante la opinión. Pues esta no admite la ambivalencia. En realidad, corta por lo sano… y mal. Así, fácilmente decimos que nuestra madre nos ama sin reservas, pues preferimos que sea así, evitando levantar la alfombra para ver que también ama el vínculo que mantiene con nosotros. Ambos aspectos del amor están presentes en el amor de una madre. La cuestión es en qué proporción. Pues cada madre ama a su modo. Y la proporción no es algo que podamos determinar con precisión. Al menos, porque el peso de cada aspecto del amor materno dependerá del momento o la circunstancia . En el fondo, la ignorancia socrática —el solo sé que no sé nada— es el resultado de un haber aprendido a vivir en la verdad. Esto es, irónicamente, en una especie de estado de suspensión. Como si todo, al fin y al cabo, fuese un como si. O por decirlo de otro modo, el como si lo es todo. El escepticismo socrático nunca fue un mero escepticismo, el cual se limita a constatar la imposibilidad de estar en lo cierto, sino el resultado, precisamente, del saber. Que no haya algo así como la verdad —que nada de cuanto existe sea por entero lo que parece— es porque hay la verdad —porque, en definitiva, lo verdadero del haber —su tener lugar o acontecer— es su negación de sí.
- Platón identificó la idea de Ser —de un puro haber— con la idea de Bien. La razón no es fácil de entender, aun cuando sea simple. El puro haber no es nada en concreto… y, por eso mismo, tiene que haber lo concreto. Ahora bien, lo difícil es comprender este por eso mismo. Pues hay que tener presente que el envés de la negación de sí del puro haber es un deber ser en el haber del mundo. Todo, por tanto, se encuentra bajo la exigencia de permanecer en lo que es. Y esto porque es. Así, por ejemplo, ningún cuerpo bello termina de ser bello… porque, en definitiva, debería serlo por entero. O por decirlo en general, que nada termine de ser o permanecer en lo que es —que todo se encuentre sujeto al paso tiempo y, por tanto, a su descomposición— presupone que siempredebería ser o permanecer. Y decir deber ser equivale a decir bien. De ahí que experimentemos la erosión del paso de los días como lo que no debería ser. En su negación de sí, la nada quiere ser, como quien dice, algo. Y esto es bueno: que haya algo en vez de nada.
- Difícilmente reconoceremos como madre a quien no se muestre como una buena madre. Ser madre va de la mano con tener que ser una buena madre. De lo contrario, hablaríamos de una simple progenitora o de un vientre de alquiler. Quien quiere ser médico —y no limitarse a ejercer de médico— quiere ser un buen médico. Ser significa ser por entero, esto es, integridad. Bien y ser se revelarían, por tanto, dos caras de una misma moneda. Otro asunto es que podamos determinar —que no podemos— hasta qué punto una buena madre es una buena madre.
- Difícilmente reconoceremos como madre a quien no se muestre como una buena madre. Ser madre va de la mano con tener que ser una buena madre. De lo contrario, hablaríamos de una simple progenitora o de un vientre de alquiler. Quien quiere ser médico —y no limitarse a ejercer de médico— quiere ser un buen médico. Ser significa ser por entero, esto es, integridad. Bien y ser se revelarían, por tanto, dos caras de una misma moneda. Otro asunto es que podamos determinar —que no podemos— hasta qué punto una buena madre es una buena madre.
- Sin embargo, y esto quizá nos conduciría más allá de Platón, el ser —el fondo permanente de un puro haber— se da o hace presente bajo la condición de su desaparición como tal. El haber en cuanto tal es dejando atrás su carácter absoluto o de puro haber. Por consiguiente, si ser y deber ser —el Bien— van de la mano, la concreción del Bien va con su no del todo. Y de ahí que lo que tiene que ser sea que lo que tiene que ser no termine de ser. Al fin y al cabo, el haber de las cosas participa del haber. Pero, por eso mismo, también de su negación de sí. O por decirlo a la manera de Heráclito, si todo fuese luz, no habría luz. Traducción: si no hubiese más que el puro haber, no habría el haber.