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enero 9, 2026 § Deja un comentario

Lo real en tanto que absolutamente otro es irrepresentable. No, porque no podamos representárnoslo —no porque carezcamos de antenas para captarlo—, sino porque en lo otro, como tal, no hay nada que captar. Debería haber lo otro. De acuerdo. Pero no puede darse… como tal. Y esto es lo que cuesta de pillar. Por decirlo en breve, debería haber lo otro porque existir significa, cuando menos, un hallarse expuestos a su posibilidad.

Sin embargo, también es cierto que lo absoluto, desde su lado, por así decirlo, debe realizarse. Pues, de lo contrario, no sería. Nada real que no se realice. Sencillamente, de no realizarse lo absoluto, no habría el haber. Ahora bien, la realización de lo absoluto —de lo otro par excellence— es la existencia. Y lo que esto significa es que lo absoluto se realiza en su negación de sí. Esto es, en lo que se presenta en relación con (y, consecuentemente, como la pérdida de la alteridad). De ahí que lo absoluto permanezca como lo ab-suelto del mundo. Hay lo que hay porque el haber de lo absoluto —el carácter otro o ajeno de lo real— es, en sí mismo, lo abstracto , lo abstraído o restado del cuanto es. En definitiva, nada en concreto sino la imposibilidad de lo meramente posible. Por eso, la posibilidad de lo absoluto es su poder de hacerse presente.

Hegel dijo que nada más real que lo abstracto. Esta tesis sigue siendo, en buena medida, platónica. El último Platón, sin embargo, también comprendió, antes que Hegel, aunque a su manera, que el envés de lo absoluto es su retroceso a un tiempo anterior a los tiempos, es decir, su trascendencia, la cual se ubica más allá del todo… como puro deber ser —como Bien. De ahí que el Bien sea no siendo aún nada. O que la creación sea, necesariamente, ex nihilo. Pero esto último supone ir un poco más lejos que donde se detuvo Platón.

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