inmersión
febrero 3, 2026 § Deja un comentario
Nacemos en un mundo, no en el mundo. Y pertenecer a un mundo significa que se nos da una perspectiva. Así, cada cosa remite a una red de cosas, sin la que no terminamos de saber qué es lo singular. Ver es siempre un ver como. Este saber de fábrica es de orden pragmático. En nuestro mundo, ver un martillo supone ver un clavo. Un aborigen del Mato Grosso, al ver un martillo, probablemente vea un hacha defectuosa. Esto es Heidegger. Pero antes de Heidegger, Hegel.
Que Dios ya no se dé por descontado —que ya no pertenezca a nuestro mundo— supone, por tanto, que Dios, hoy en día, no se integra en una perspectiva. Las cosas que nos traemos entre manos, sencillamente, han dejado de remitir a Dios. Es cierto que aún podemos hacernos un mapa mental en el que Dios se sitúe en el centro. Pero será por nuestra cuenta y riesgo. Como quienes se imaginan que han sido elegidos por extraterrestres para salvar a la humanidad del desastre. Sin embargo, este mapa a la carta no terminará de cuadrar con la perspectiva que rige nuestro trato con cuanto nos rodea. El mundo, diremos, nos ha sido dado por Dios. Pero seguiremos, de hecho, consumiéndolo. Esto es, como si no.
Sin embargo, Dios, en verdad, nunca pudo darse por descontado. Es la experiencia del Jakob en Peniel —también la del nazareno en el Gólgota. De ahí que Dios, en verdad, no pueda integrarse en ninguna visión del mundo. Es cierto que el cristianismo se presenta, históricamente, como una cosmovisión. Pero esta presentación supone un error de lectura. Pues difícilmente puede articularse como perspectiva una revelación que tiene lugar donde el mundo ha dejado de tener tiempo por delante.
De hecho, donde la mirada queda fuera de órbita no hay enfoque.