lo presente
febrero 26, 2026 § Deja un comentario
La presencia del poder depende de sus imágenes. En la antigua Roma, todos sabían quién mandaba: la efigie del César era omnipresente. Y, por eso mismo, producía un clima, un mundo. En la cristiandad, no se dudaba de la existencia de Dios: el crucifijo, las vírgenes, las figuras de los santos, las catedrales… invadieron los espacios. Pocos se atrevieron a cuestionar la omnipresencia de Dios en tanto que, efectivamente, Dios se encontraba en cualquier esquina a través de sus representaciones. La creencia en Dios es, antes que nada, un asunto ambiental y, en definitiva, político. La secularización —la quema de las iglesias, la desnudez de los locales protestantes…— provocó un cambio climático. Una vez realizada, Dios dejó de estar en el presente. O, lo que es lo mismo, ya no pudo darse por descontado. Al desplazarse a la interioridad —al depender del sentimiento creyente—, Dios dio el último paso hacia la irrelevancia. Y es que el sentimiento íntimo, contra lo que suele suponerse hoy en día, es un sucedáneo de la experiencia.
Así, fueron llegando los impostores, con el propósito, no siempre deshonesto, de ganar cotas de realidad: los océanos, la energía positiva, la conexión astral… Evidentemente, aunque en algunos casos lo pretendieran, no consiguieron traducir a las nuevas categorías el viejo Dios del teísmo. Más bien, fueron distintos perros con el mismo collar. De hecho, resulta curioso, por no decir sintomático, que la catequesis cristiana, sobre todo la de corte progresista, haya renunciado a centrarse en la vidas de los santos para ofrecer, en su lugar, ninotets. Es decir, en vez de la paradójica verdad que se revela en los Gólgotas de la historia —y que atestiguan buena parte de los santos—, la promoción de los buenas vibraciones. Ciertamente, esto es importante. El problema es que, al final, la transmisión de la herencia se quede solo en eso.
En cualquier caso, lo cierto es que la muerte de Dios dejó al descubierto el hueso de la espiritualidad bíblica —y, por extensión, el del cristianismo. Pues dicha espiritualidad nunca hizo buenas migas con las imágenes. De hecho, cristianamente, la única imagen de Dios —y sin la cual aún no es nadie— es la de un crucificado en su nombre. Es cierto que no hay verdad que sobreviva históricamente sin el apoyo de una política, la cual, y extrañamente, solo podrá apoyarla falsificándola, esto es, pactando con el mundo. Pero ya no habrá política que valga para el cristianismo, salvo acaso la más perversa, la que, antes que falsificar la verdad, la traiciona. De ahí que su superviviencia exija que los cristianos tomen conciencia del carácter resistente de su fe frente al poder del mundo, una toma de conciencia que, ahora, solo podrá sostenerse sobre la base de las historias —humanas, demasiado humanas— que confieren inteligibilidad a las fórmulas del credo. O, al menos, es lo que me atrevería a decir.