fumando en la escuela

marzo 4, 2026 § 1 comentario

En la pedagogía woke, hay mucha ingenuidad —mucho adanismo. Pues su presupuesto fundamental —todos los alumnos están muy interesados en aprender… y las clases magistrales son algo así como un palo en las ruedas— no se ajusta a la realidad. Puedo admitir que el punto de partida del aprendizaje sea la curiosidad. Pues es así. Pero el paso de la curiosidad al interés exige otra munición que la que les proporciona a los chicos el wokismo pedagógico. El estudiante no es un territorio virgen del cual cabe extraer inmensas riquezas: viene con su mochila a cuestas. Y la mochila, si es ligera, podrá favorecer, sin duda, que el alumno sea capaz de transitar de la curiosidad al interés. Aun cuando nunca espontáneamente, salvo casos contados. Pero, si viene cargada de piedras, la escuela que dé por sentado que los chicos son —todos— una página en blanco se convierte en, simplemente, un orden disciplinario: seis horas encerrados aprendiendo a obedecer… lo que, dicho sea de paso, les ayudará a soportar largas jornadas de trabajo, aunque poco más. Ahora bien, las piedras tienen diferentes orígenes: desde familias desestructuradas, cuyo número va en aumento, hasta el mundo virtual, mucho más estimulante, en el que los chicos se instalan desde la más corta edad… de tal modo que lo que constituye un palo en las ruedas no es la clase magistral, sino la escuela en su conjunto.

Ciertamente, aprendemos lo que hacemos. Y poco aprendemos donde nos limitamos a memorizar fórmulas o párrafos —y aquí no estoy negando la importancia, fundamental, de ejercitar la memoria. Pero la escuela, si ha de formar —si ha de desarrollar aptitudes tanto humanas como intelectuales—, no puede renunciar a la cultura del esfuerzo —y quien dice esfuerzo, dice disciplina. Como tampoco, a transmitir el patrimonio cultural de Occidente. Al menos, porque no hay libertad sin saberes, ni donde la disciplina nos sigue pareciendo una camisa de fuerza. Y sin libertad —sin autonomía— continuaremos enfrentados a lo que deseamos —y ello al margen de que el deseo sea, de hecho, una imposición—, pero nunca a lo que queremos. Pues querer es perseguir. Y con insistencia. Se trata, obviamente, de la fuerza de voluntad. Y esta no se desarrolla sin cuestas lo suficientemente empinadas.

No obstante, la escuela woke abomina de lo anterior . De lo que se trata es de las competencias. ¿El resultado? Una mayoría de incompetentes. Esto es, más elitismo. Así, los alumnos saldrán sabiendo cómo se maqueta un periódico. Pero no tendrán nada que decir —nada que no sea lo que se dice por ahí. Pues quien viene con la mochila llena de piedras —la mayor parte de los chicos— difícilmente será estimulado por maestros reducidos a monitores de actividades, sobre el papel, engrescadores, pero que, de hecho, son enormemente aburridas, sobre todo si están concebidas dando por sentado que los adolescentes siguen siendo unos niños.

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