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junio 4, 2026 § Deja un comentario
Nada nuevo bajo el Sol. Todo es vacío y alimentarse de viento. El espíritu de Elohim apenas fue un soplo. ¿Acaso el Eclesiastés no anda cerca del nihilismo nietzscheano? Tan solo lo nuevo puede quebrar el eterno retorno de lo mismo. Pero hay vanidad —mucho ilusionismo— en quien aún espera el acontecimiento que interrumpirá la sólida reiteración del absurdo. No sucederá. O, mejor dicho, no cabe confiar sensatamente en que eso suceda.
Sin embargo, y a diferencia de Nietzsche, el predicador no cree que dé igual bailar sobre un campo de amapolas que sobre la pira de los gaseados. Ante la desmesura de un cosmos inexplicable, tan solo cabe asumir nuestra posición. Es decir, permanecer fieles la Ley de Dios, en última instancia, obedecer al mandato que nos obliga a la fraternidad… aun cuando esto último no es que se afirme explícitamente en el Eclesiastés. Ahora bien, lo cierto es que, sea como sea, el pensamiento de la crisis —el que, de hecho, expone el Eclesiastés, aunque también el libro de Job o los relatos de la Pasión— es el punto de partida de cualquier intento de, al menos, comprender qué significa hallarse ante Dios. Y quien admite esto último entiende que Nietzsche dio en el clavo cuando planteó el dilema existencial par excellence: o Dioniso, o el Crucificado.