de los milagros
junio 10, 2026 § Deja un comentario
Creer que hay un Dios que se preocupa por nuestra suerte y no creer en los milagros es, cuando menos, curioso. O, al menos, no termina de coincidir con la creencia originaria o más espontánea, la de los galieos que fueron testigos de las obras de Jesús, el taumaturgo. Pues si hay Dios, su intervención tiene que ser prodigiosa, sobrenatural. Ciertamente, el signo de los signos fue, para Israel, la Creación. Pero el creador, tras el milagro, se tomó un descanso —y lo que no se incorpora en el día a día, tarde o temprano se olvida. De ahí la necesidad creyente de que Dios intervenga milagrosamente… de vez en cuando (y tiene que ser de vez en cuando para que la excepción de Dios siga siendo, precisamente, excepcional): que los ciegos recuperen la vista, que los demonios huyan ante la presencia del nazareno, que la estéril conciba un hijo… No fue mera superstición que los enviados de Dios participasen de su poder. Fue una conditio sine quan non, tratándose de Dios. Incluso Elías llegó a resucitar a los muertos.
Sin embargo, que nosotros no podamos leer los milagros —que tendamos a entenderlos como un modo de traducir una experiencia que puede prescindir, a la hora de expresarse, del fenómeno absolutamente singular— es el síntoma de que nuestro Dios ya no es el que era. Ahora bien, esto es así… por el acontecimiento del Gólgota. La acusación de los fariseos y sus adláteres fue consecuente: si fuiste capaz de resucitar a los muertos —si Dios estaba de tu parte—, baja de esa cruz… y creeremos en ti. Pero no hubo aquí fuegos de artificio: Jesús murió como un apestado de Dios. El poder que Jesús mostró en Galilea fue, a ojos judíos, el del diablo.
Ahora bien, lo que el Gólgota reveló tras el tercer día, y tan solo a quienes permanecieron fieles al enviado, es que el milagro de los milagros —el signo definitivo de Dios en el presente histórico— fue el de la multiplicación de los panes. Pues supuso la irrupción vertical de los tiempos finales en la continuidad horizontal del tiempo histórico, la transformación de la humanidad en una humanidad fraternal: que a nadie le falte el pan de cada día. Quizá no sea casual que el relato de la multiplicación de los panes esté en los cuatro evangelios. Evidentemente, esto solo pudo revelarse, como decía, tras el tercer día. Y este es, en realidad, el asunto crucial. Al menos, porque nuestra dificultad para el milagro afecta, obviamente, al gran milagro… sin el cual la fe deviene, en palabras de Pablo, ridícula.