de esos polvos, estos lodos

junio 16, 2026 § Deja un comentario

Podemos admitir, especulativamente, que no somos más que polvo. Otro asunto es caer en la cuenta. Y quien cae fácilmente en la cuenta es aquel que sufre la limitación, sea física o intelectual. Por ejemplo, al experimentar, una y otra vez y en contraste con el inteligente, la impotencia a la hora de intentar comprender un ejercicio de mates. Es inevitable sentirse inferior… sobre todo si perteneces a un mundo que valora la inteligencia como lo más. De ahí que la constatación de la propia finitud vaya acompañada del sentimiento de vergüenza o, incluso, culpa: soy un mierda y no puedo dejar de serlo. Pues que seamos unos mierdas no solo tiene que ver con la inmesidad o el exceso que abraza cuanto es, sino también con el juicio: no mereces la vida que te ha sido dada; no deberías existir. Ambos, el exceso y el juicio, van de la mano, en el caso de las mujeres y los hombres. Tan solo basta desplazarse del inteligente al omnisciente para que cualquiera quede reducido a polvo. Quiero decir que la experiencia de lo divino va indisociablemente unida a lo político —a la diferencia entre quienes están por encima y quienes están por debajo.

No obstante, siempre ha sido así. La distancia que, en este aspecto, nos separa de la Antigüedad tiene que ver con de qué lado cae la moneda. Así, donde Dios se da por descontado, lo político será el reflejo natural del poder de Dios, mientras que donde la creencia en Dios se convierte en un asunto interno, la trascendencia solo podrá entenderse como una proyección de lo político. No es casual que Dios, en las canchas cristianas postconciliares, haya dejado de mostrarse como el Señor para ofrecerse como una variante del amigo invisible de la infancia. Sin embargo, al pasar del temor y la gracia a la complicidad hayamos tirado al niño con el agua sucia. Pues también es verdad que el agua, tras siglos de dominio eclesial, llegó a estar muy sucia.

Pues bien, visto lo anterior quizá estemos en mejor situación para comprender la visceralidad del anti-cristianismo de Nietzsche. Pues este, siendo consciente de que nos hallamos bajo la desmesura de lo que hay, propone, en lugar de hincar la rodilla, ponerse a bailar. En el baile, y no en el Mesías, reside la salvación. Sin embargo, el baile purificador es indiferente a la distinción entre un campo de flores y los de la muerte. O lo que es lo mismo, la salvación de Dios es de Dios. Y si esta salvación no nos convierte en chimpancés es porque el emulador de Dioniso aún es capaz de apreciar la belleza de los versos de Eliot. Quizá sigamos siendo unos mierdas. Pero unos mierdas a los que todo les da igual, salvo el comprender que no hay nada que comprender.

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