diseño inteligente

junio 22, 2026 § 1 comentario

Como es sabido, la hipótesis del diseño inteligente, defendida hace años y entre otros por Anthony Flew, que pasó sorprendentemente del ateísmo militante a la creencia, sostiene que la complejidad del cosmos no puede deberse al azar. Que la probabilidad de que fuese así es la de un rascacielos que, tras haber saltado por los aires, volviese a su estado inicial… espontáneamente. De ahí que el orden cosmológico sea inexplicable a menos que apelemos a una mente creadora. Una variante, aunque anterior en el tiempo, fue la que expuso crípticamente Hegel en su Lógica: la razón mueve el universo. La hipótesis del diseño inteligente también encuentra su primer eco en el deísmo ilustrado, cuya aire de familia con el dios-arquitecto de la masonería es evidente. Sin embargo, ¿por qué tiene que haber un dios detrás? ¿Acaso no bastaría el número?

Sea como sea, es posible que esta fe sea compatible con la ciencia. Pero no lo es con el testimonio bíblico de Dios. Pues, Dios no crea el mundo como pueda hacerlo un demiurgo o un ente superior. Una mente creadora —esto es, con un plano del edificio sobre la mesa— no es más, pero quizá tampoco menos, que una mente creadora, un dios, con minúscula, con el que acaso tendríamos que aprender a lidiar. ¿Por qué digo esto? Porque Dios en verdad carece de la entidad del dios. Su trascendencia no es la de un ente superior o, si se prefiere, supremo. Pues ¿qué entidad posee el silencio que cubre por igual los campo de amapolas que los läger? Dios en verdad no tiene que ver con el orden del mundo, sino con su final.

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