¿un error de principio?
junio 26, 2026 § Deja un comentario
El efecto, se dice, no es superior —no tiene más realidad— que la causa. Este principio lógico posee un contrapunto afectivo o, incluso, espiritual: el hijo participa de la naturaleza del padre, pero no la supera. Este último siempre se encuentra por encima. Sin embargo, el evolucionismo socava esta vieja lógica. A ojos de la teoría de la evolución, los progenitores del primer hombre fueron algo así como unos chimpancés. Adán, propiamente, tuvo que avergonzarse de sus padres. De ahí que se viera empujado a decirse a sí mismo que su verdadero padre habitaba en la dimensión desconocida. El paradigma del Padre, con sus variantes, dominó la Antigüedad. La Modernidad, con respecto a este asunto, comienza con Mary Shelley y su Frankenstein. El paso no fue inocente: por primera vez en la historia de las mentalidades, el hijo es superior al padre. Adán asume, por fin, su situación: me engendraron unos subnormales, literalmente. En clave teológica, Dios devino un nadie. Fue así que dejamos atrás la infancia. Ahora bien, por la misma lógica, como viera Nietzsche, nuestra época es la época en la que el hombre será superado. Pues no hace falta mucha perspicacia para caer en la cuenta de que el hombre modificado probablemente nos verá como Adán vio a sus progenitores: como un motivo para la vergüenza de sí. Y como es habitual, aquello que nos avergüenza no suele incitar nuestra piedad. Más bien, lo contrario.