antes y ahora
julio 31, 2026 § Deja un comentario
En la Antigüedad, nos dijimos, al dotar de humanidad a los dioses, qué parecidos somos a un dios. Hoy, qué parecidos somos a los chimpancés. Y ello a pesar del giro antropocéntrico. O, quizá, por eso mismo. Pues al situarnos en la atalaya del dios nos hemos vuelto ciegos a lo que significa hallarnos ante el exceso de lo divino —ante su de nada—. La divinidad es eterna. Lo que ha cambiado es nuestra percepción —simplemente, le hemos dado la espalda a dicho exceso: como si no lo hubiese—. Pero, como en el cuento de Monterroso, el disonaurio sigue ahí.