hegelianas 5

agosto 4, 2026 § Deja un comentario

Las cosas son lo que son y a la vez lo que no son. Esto es Hegel (y a grandes trazos, muy grandes). La contradicción es inherente a lo real. Por ejemplo, la oposición, evidente sobre el papel, entre esencia y accidente se vuelve probemática, por poco que se la piense. Así, referirse a la esencia o naturaleza de algo significa referirse a esos rasgos sin los cuáles nada es lo que es. La esencia del caballo difiere, pongamos por caso, de la de un caracol. Hablamos, por tanto, de los rasgos comunes. Ahora bien, sin los rasgos accidentales —esa pata más corta, esa enorme peca en el lomo— un caballo no sería un caballo. O mejor dicho, eso no sería. No hay caballo que no difiera, en su singularidad, de su concepto, en definitiva, de lo que es. Pues esa enorme peca, esa pata más corta… podrían estar en cualquiera: no le pertenecen como caballo. En este sentido, podríamos decir que los rasgos accidentales constituyen el índice de su pertenencia a un mundo. Son la irrupción del mundo en el concepto, por así decirlo. En consecuencia, sin esos rasgos accidentales, un caballo no es. Y de ahí que podamos decir que son aún más esenciales —más necesarios— que los comunes. No en vano estos también se denominan específicos. En clave antropológica: lo esencial en un hombre es que sea rubio, tuerto, malhumorado…, no que sea humano. Si solo fuese humano no sería humano.

el segundo tiempo

agosto 4, 2026 § Deja un comentario

La esperanza creyente, tarde o temprano, debe enfrentarse a la cuestión sobre el poder de Dios. Quienes sostienen que Dios no puede concebirse —ni, por tanto, experimentarse— como poder es que no se encuentran en la situación de quien necesita que alguien le saque del pozo en el que se encuentra. Sin embargo, este poder no puede ser el de un deus ex machina. Pues Dios, en sí, carece de entidad. De hecho, no es secundario que, cristianamente, el poder de Dios haya sido transferido, y desde el principio, al Hijo del Hombre. Por eso, el poder de Dios está, como quien dice, en nuestras manos. Dios no tiene otras manos que las nuestras, como dejara escrito la Hillesum.

De ello, sin embargo, no se desprende que el Reino sea un ideal moral al que cabe aproximarse progresivamente. Como si el poder del amor fuera, aunque a su ritmo, eficaz. Pues el núcleo duro del mundo se resiste a la transformación. Y quizá sea por esta razón que la esperanza creyente apunte, inevitablemente, a un final del mundo —a la catástrofe, literalmente—. ¿También a un Juicio Universal? Por supuesto. Quienes formen el Reino —quienes vivan fraternalmente frente a un Dios sin otro rostro que el de un crucificado en su nombre— tendrán que ser pocos, un resto, unos elegidos. Pues de multiplicarse de nuevo como conejos, hasta el punto de que dejara de haber comunidad, este segundo tiempo acabaría siendo, de hecho, un mkII de lo mismo. Salvo que la Ley se imponga como tabú y, por eso mismo, desde el temor de Dios, no cabe la fraternidad entre millones de individuos. Y aquí no deberíamos confundir la fraternidad con una igualdad por defecto o definición.

¿Por qué, sin embargo, ese Reino sería de Dios? ¿Acaso porque solo como huérfanos de Dios podemos reconocernos como hijos de un mismo padre?

Con todo, en ese caso, la cuestión mesiánica —qué vida puede esperar las víctimas de nuestra impiedad— seguiría sin respuesta. Y de ahí que la esperanza creyente no pueda prescindir de lo imposible, esto es, de la resurrección de los muertos. La esperanza creyente, al fin y al cabo, nunca fue una expectativa, sino un impertativo en nombre de Dios: debe suceder aunque no pueda suceder.

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