la monstruosidad de lo divino

agosto 10, 2026 § Deja un comentario

Al fin y al cabo, fue la extrema trascendencia de Dios la que nos libró de Dios. La expulsión del Edén fue, de hecho, una suerte —una gracia—. ¿Hasta cuándo Adán hubiera podido soportar, de no haber sido arrojado al mundo, la cercanía de Elohim? ¿Anhelo de Dios? No sabemos de lo que estamos hablando. En cualquier caso, la aspiración religiosa apunta al lado amable de Dios, aquel que consiste, precisamente, en retirarse. El goce inconfesable de dicha aspiración se asienta sobre la secreta convicción de que no se cumplirá. La experiencia más elemental de lo divino es inseparable del atávico terror a ser devorado —y devorado por un poder que se resiste a la simbolización—. Este terror queda, sin duda, sepultado por los mapas mentales que constituyen el orden del mundo. Pero sigue ahí. Como el dinosaurio de Monterroso. En este sentido, la mística y la psicosis serían las dos caras de un mismo despertar —el luminoso y el oscuro—. Y es que, en ambos casos, el dinosaurio abrió sus mandíbulas y lamió el rostro de su víctima. El psicótico, sin embargo, no regresó —no obtuvo el recurso de una simbólica que volviese a poner las cosas en su sitio—.

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