hegelianas (5)
septiembre 4, 2026 § Deja un comentario
Las cosas son lo que son y a la vez lo que no son. Esto es Hegel (y a grandes trazos, muy grandes). Y antes que él, fue Heráclito. Luego, vino el último Platón. La contradicción es inherente a lo real. No hay pensamiento profundo que no vaya a parar a la dialéctica. Por ejemplo, la oposición, evidente sobre el papel, entre esencia y accidente se vuelve probemática, por poco que se la piense. Así, referirse a la esencia o naturaleza de algo significa referirse a esos rasgos sin los cuáles nada es lo que es. La esencia del caballo difiere, pongamos por caso, de la de un caracol. Hablamos, por tanto, de los rasgos comunes.
Ahora bien, sin los rasgos accidentales —esa pata más corta, esa enorme peca en el lomo— un caballo no sería un caballo. O mejor dicho, eso no sería. No hay caballo que no difiera, en su singularidad, de su concepto, en definitiva, de lo que es. Pues esa enorme peca, esa pata más corta… podrían estar en cualquiera: no le pertenecen como caballo. En este sentido, podríamos decir que los rasgos accidentales constituyen el índice de su pertenencia a un mundo. Son la irrupción del mundo en el concepto, por así decirlo. En consecuencia, sin esos rasgos accidentales, un caballo no es. Y de ahí que podamos decir que son aún más esenciales —más necesarios— que los comunes. Sin los accidentes —los rasgos que difieren de la esencia, aquellos que marcan la diferenciaentre un individuo y otro— no habría nada.
En clave antropológica: lo esencial en un hombre es que sea rubio, tuerto, malhumorado…, no que sea humano. Si solo fuese humano no sería humano. Aunque también es verdad que si solo fuese rubio podría ser cualquier cosa. Y si esto es así, el accidente puro coincide con el ser en sí. El accidente puro —esa contingencia— es, consecuentemente, el índice de lo real como eterno diferir de lo real. Esto es, el índice de lo real absoluto. Al fin y al cabo, el accidente da la existencia porque lo real en sí es no siendo nada —porque es su negación de sí—.