de Parménides a Heráclito (y tiro porque me toca) (1)
septiembre 30, 2026 § Deja un comentario
Entender lo que quiso decirnos Parménides no es fácil. Tampoco imposible. Sin embargo, para hincarle el diente hay que tener en cuenta que Parménides no se pregunta por el arjé —esa fue la pregunta de Tales y compañía, la pregunta, en definitiva, de la física—, sino por el significado de lo real como tal o en sí mismo: ¿en qué consiste el haber de lo real… al margen de su realización en lo sensible —en las cosas que hay—? Esta pregunta da pie, precisamente, a la tradición de la metafísica. Pues, como resulta evidente, la pregunta no admitirá como respuesta aquella que pueda proporcionarnos la física. Ciertamente, podemos decir que todo es agua o supercuerda. Pero aún quedaría pendiente qué significa decir de algo que es o está ahí, con independencia de su particular modo de ser. Al fin y al cabo, la pregunta de la metafísica, tal y como la formulará Leibniz siglos más tarde, es por qué algo en vez de nada. Esto es, por qué el agua o la supercuerda… en lugar de nada. Como cabe intuir, la respuesta a esta pregunta supondrá medirse con la nada.
Parménides, que sepamos, no dijo que nada es que no se realice o se muestre concretamente. Pero podemos presuponerlo a la hora de comprender qué significa interrogarse sobre lo real en sí o al margen de su realización: qué es lo que se realiza como mundo —como el haber de las cosas—. En el caso de la belleza, podemos entender que esta se realiza o hace presente en los cuerpos bellos. Pero, por eso mismo, podemos preguntarnos qué es la belleza en sí misma, la belleza que precisamente se realiza, aunque siempre relativamente o hasta cierto punto, en los cuerpos bellos (y el porqué de este siempre hasta cierto punto es algo sobre lo que volveremos). Por tanto, ¿qué se hace presente —aparece, muestra— en los cuerpos bellos y en tanto que bellos? La belleza, diremos. Pero ¿qué es lo bello en cuento tal? La pregunta de Parménides es, sin embargo, más universal. Cómo decíamos antes: en qué consiste que algo sea… con independencia de que sea mosca o árbol.
La respuesta de Parménides es conocida: decir ser es lo mismo que decir uno, ilimitado, eterno, inmutable… Para dar con ella, sin embargo, no disponemos de otro recurso que el de la razón. Pues de quedarnos con la sensibilidad —con el ver y el tocar— no iríamos más allá de lo que nos parece que es. Sucede aquí como con el cubo de Necker: que para responder a la pregunta qué es dicho cubo como tal tenemos que trascender la perspectiva. De ahí que Parménides dijera que ser y pensar es lo mismo. No hay otra vía de acceso a lo real en sí o como tal. No obstante, si la única vía —literalmente, el único método— es el de la razón, entonces hemos de partir, según Parménides, de lo que presupone el ejercicio mismo de la razón, a saber, que la nada no es (o por decirlo a la inversa, hay lo que hay, es lo que es). Para entender esto último no hay que confundir la nada con el vacío, aun cuando, por lo común, nos hagamos una idea de la nada imaginando un espacio sin nada. No es posible hacerse una idea de la nada… en tanto que la idea, de por sí, apunta a algo, en este caso a algo vacío. Pues bien, decir lo real equivale a decir lo uno, ilimitado, eterno, inmutable… porque —y este porque es el índice de la intervención de la razón— de lo contrario nos veríamos obligados a admitir la realidad de la nada. Por ejemplo, si hubiera dos realidades, tendríamos que admitir, a la hora de, precisamente, diferenciarlas, una nada de por medio. Y la nada no puede ser. De ahí que decir que ser y pensar es lo mismo supone decir que lo que la razón no admite es, sencillamente, imposible.
Para comprender el alcance de la tesis de Parménides quizá convendría sustituir ser por haber. Así, aun cuando hay muchas cosas, lo cierto es que el haber, como tal, es uno, ilimitado, etc. Hay el haber, obviamente. Pues es lo que tienen en común las cosas que hay o son, a saber, que están ahí. El haber lo es todo. Todo es haber. Y solo hay un todo. Ahora bien, por eso mismo, el haber como tal no es cosa. No puede serlo. Es decir, es no siendo nada en concreto. De ser cosa —algo en concreto—, estaríamos hablando de algo delimitado. Esto es, del haber de las cosas.
Hasta aquí Parménides. Sin embargo, si pensamos hasta el final que el haber sea no siendo nada en concreto, caeremos en la cuenta de su inconsistencia interna. Pero este caer en la cuenta nos empuja hacia el pensamiento de Heráclito, según el cual el ser —el puro haber— y la nada son las dos caras de lo mismo. Pero de ello hablamos en el siguiente post.
Roberto Calasso
septiembre 30, 2026 § Deja un comentario
Leyendo a Calasso, no puedes evitar la impresión de que los dioses siempre fueron una asunto literario. Quiero decir que su lugar es el texto, no el afuera. En el afuera solo hay poderes confusos, ruido y furia. También belleza. Pero aún queda pendiente que sean, precisamente, dioses. El dios se realiza en el texto. Y, por eso mismo, es el fruto del trabajo con el lenguaje. Los textos no levantan ningún acta. Pues es obvio que cuando, por ejemplo, leemos en la Teogonía que las melíades, al igual que las erinias, nacen de la sangre que brotaba de la herida que la hoz de Cronos había abieto en el vientre de Urano, Hesíodo no pretende describir. Los dioses alcanzan la realidad a través de las interminables variaciones sobre el tema de Dios. En relación con ello, no fue causal que las metamorfosis fuesen el medio par excellence de la epifanía. Al fin y al cabo, la convicción del politeísmo, esa religión campesina, fue que todo estaba lleno de dioses.