de Parménides a Heráclito (y tiro porque me toca) (y 2)
octubre 1, 2026 § Deja un comentario
Los manuales suelen colocar a Heráclito en la orilla opuesta a la de Parménides. Así, donde este afirma la inmovilidad de lo real, pongamos por caso, Heráclito afirmaría lo contrario, a saber, que todo es tiempo. Sin embargo, no es que estén en orillas opuestas, sino, más bien, en extremos opuestos de un mismo hilo.
Aparentemente, Heráclito estaría rechazando uno de los postulados de la razón, en concreto, aquel que sostiene que ser y permanecer es lo mismo. Según este postulado, el cambio afectaría únicamente a los modos de ser, en definitiva, a la apariencia, pero no al ser —a lo real en sí—. Si podemos decir que algo ha cambiado de aspecto es porque ese algo, en sí mismo, no cambia. El agua sigue siendo agua aunque modifique su estado (y por eso, podemos decir que sufre cambios). Sin embargo, Heráclito no rechaza dicho postulado. Como pensador, no puede rechazarlo… en tanto que se trata de un postulado de la razón. Sencillamente, no cabe pensar contra el mismo. Así, que todo sea tiempo significaría que lo permanente o siempre presente es que nada permanece. En cualquier caso, lo que podríamos decir es que, a diferencia de Parménides, Heráclito estuvo más atento a las paradojas de la razón y, en defintiva, del hecho, ciertamente innegable, de que la nada no es.
Ahora bien, nada permanece… porque nada es sin su contrario, es decir, sin aquello que, en cierto sentido, lo niega. La realidad posee una estructura dialéctica. Y dialéctica significa que los contrarios no se limitan a coexistir en oposición, sino que se exigen mutuamente. No hay luz sin oscuridad. Y viceversa. Esto es, si todo fuese luz, no es que no hubiese oscuridad: es que no habría luz. Para entenderlo mejor, supongamos que, tras la muerte, fuésemos a parar a un mundo en el que no hubiera ningún resto de maldad, un mundo en donde todo fuera paz y amor. En ese caso, no podríamos evitar la impresión de irrealidad. Y tendríamos esta impresión porque, efectivamente, este mundo es imposible. Para que el bien pudiera realizarse o hacerse presente en ese mundo —para que hubiera bien— estaríamos obligados, incluso moralmente, a introducir una dosis de daño. De hecho, nosotros mismos seríamos ese daño… en tanto que no podríamos admitir un mundo donde no hubiese ni un resto de sombra, esto es, en tanto que nuestra propia existencia supondría la negación de ese mundo.
Llegados a este punto conviene destacar que Heráclito no dice o, mejor dicho, no se limita a decir que no sabríamos lo que es la luz si no supiéramos lo que es la oscuridad, sino que no habría luz si no hubiese oscuridad (y vicerversa). En este sentido, recurrirá al fuego como símbolo de la dialéctica. Y es que el fuego consume —niega— aquello que lo hace posible, por lo común, la madera. Algo parecido podríamos decir con respecto a, por ejemplo, la libertad: lo que aparentemente impide nuestra libertad —las vallas— es lo que la hace posible. No cabe saltar vallas —si es que la libertad consiste, precisamente, en poder saltarlas— donde no las hay.
En términos generales, Heráclito sostiene que la nada es el envés de lo real. Y por eso mismo, todo se encuentra sometido al tiempo. Es decir, nada termina de ser. Así, el hecho de que algo sea va con que nunca acabe siendo lo que es. Ahora bien, lo que no es del todo, lógicamente, no es. En definitiva, todo es en tanto que no es. La pregunta es cuál es la relación entre el haber en cuanto tal y el tiempo… aunque para responderla tengamos que ir más allá de lo que dijo explícitamente Heráclito —y ahora entramos en lo duro—.
Para comprender la tesis de Heráclito, basta con pensar con radicalidad sobre lo que Parménides dijo al afirmar que la nada no es. De entrada, lo que dice es que referirse a lo real en cuanto tal —es decir, al haber en sí— equivale a referirse a lo uno, ilimitado, etc. Como tal, tan solo hay un haber —y este no es, evidentemente, el de algo determinado, el del haber de las cosas—. Ahora bien, por eso mismo, el haber en cuanto tal —el haber al margen de su realización como el haber de las cosas— no es nada. Y puesto que hay el haber, el hecho de que el puro haber no sea nada significa que es no siendo nada. Esto resulta, cuando menos, muy extraño. Sin embargo, podemos hacernos una idea… si nos preguntamos qué habría si, de repente, se hiciera la más completa oscuridad y silencio. Y lo que habría es que nada habría enfrente o alrededor. Esto es, habría la nada —un puro ahí, un ahí sin nada—. Sería algo parecido al fin del mundo.
No obstante, al comprender esto último, comprendemos que el silencio y la oscuridad absolutos no son efectivamente posibles sin alguien que levante acta. De hacerse presente un puro ahí, no habría tan solo un puro ahí: habría, también, alguien —y lo habría porque no habría nada más—. En realidad, la nada no puede realizarse o hacerse presente… sin alguien que dé testimonio. En este sentido, que haya alguien en el ahí es una exigencia interna a un puro haber o, mejor dicho, de su realización. Y lo es en tanto que la negación de sí le es inherente: el puro haber es no (siendo nada). La existencia de alguien en el ahí es, consecuentemente, la expresión de la negación de sí intrínseca a la nada de un puro haber. Y porque este es no (siendo nada), lo es todo. Todo es haber. La nada no puede ser o darse como simplemente nada:… y, por eso mismo debe realizarse hacia aquello que la niega, el alguien en el ahí. Y debe realizarse porque, conviene recordarlo, no hay nada que no se realice. Tampoco estamos tan lejos de Parménides: la nada no puede realizarse como meramente nada.
Sin embargo, lo que no captó Parménides —y sí Heráclito— es que el tiempo es el otro lado de un puro haber —y en tanto que uno, ilimitado…—. Las cosas están en el tiempo —esto es, no terminando de ser lo que son— porque realizan la nada de un puro haber, una realización que implica, precisamente, la negación de sí: de su unicidad, infinitud, inmutabilidad… La irrealidad de un puro haber se realiza como la realidad del mundo, una realidad, en consecuencia, fugaz, fragmentaria, irreal.
Al fin y al cabo, el hecho de que nada termine de ser hay que leerlo en su doble sentido: por un lado, la nada termina de ser —esto es, se realiza— en las cosas que hay; pero, por otro —y por eso mismo—, las cosas que hay no terminan de ser, es decir, se encuentran sometidas al tiempo. Todo pasa… salvo el hecho mismo de que todo pasa.
el sacrificio de Isaac
octubre 1, 2026 § Deja un comentario
Al detener la mano de Abraham, Yavhé nos empujó hacie el ateísmo o, cuando menos, hacia la sospecha. Pero también a la Ley de los profetas. Pues mientras los dioses fueron tan palpables como los señores feudales durante el medioevo, el sacrificio fue una obviedad: ante el dios, hay que negociar. Un Dios que no exige sacrificios es un Dios intratable. Y un Dios intratable es como si no hubiera Dios.
De ahí que este Dios sea el único que exija justicia por lo que es y no porque lo diga… como pudiera decirnos lo contrario —Os 6,6. Pues frente a la nada o, mejor dicho, el siempre aún nadie de Dios-en-sí-mismo, esto es, enfrentados al impenetrable silencio de Dios, el otro lado de su gracia, la respuesta es la Ley que nos obliga a la fraternidad.