Nietzsche y la ira de Aquiles

octubre 4, 2026 § Deja un comentario

Es curioso —o, al menos, no he sabido verlo— que Nietzsche no cayera en la cuenta de que el pistoletazo de salida de la individuación fue la imputación. Quiero decir que sin imputación somos títeres. El individuo es, antes que nada, responsable de sus actos. Debe responder por ellos —y de ahí que sea potencialmente culpable—. La ira de Aquiles no fue, en su momento, de Aquiles. Más bien, se incrustó en Aquiles como un poder autónomo, divino. Como quien queda empapado por la lluvia o consumido por el fuego. El sentimiento de culpa, antes que ahogar el instinto vital, nos liberó de los dioses. Así fue como cortamos los hilos del titiritero.

También es verdad que no hay plata sin ganga. Y, por eso mismo, esta liberación condujo a una nueva coerción, la de quien se regodea, morbosamente, en el sentimiento de culpa provocado por el poder sacerdotal, aquel que nos condenó al infierno por el simple hecho de fantasear, pongamos por caso, con la mujer ajena. Nietzsche fue muy consciente del peso de esta lápida. Pero una cosa no quita la otra.

Ahora bien, ¿acaso no hubo castigos en los tiempos de Homero? ¿No se penalizaron las conductas desviadas? ¿Es que nunca se aplicó la Ley del talión? Evidentemente. Sin embargo, la mentalidad que corresponde a esta Ley fue muy diferente de la que sostiene el sentido de culpabilidad. Pues, en ese caso, se trataba de restituir el equilibrio natural que había quebrado la falta: diente por diente. Como quien cambia la pieza defectuosa de un motor por una nueva y equivalente. Aquí el tema no fue lo que uno es —inocente o culpable—, sino, únicamente, lo que uno hizo o dejó de hacer. El castigo fue, inicial y literalmente, una reparación. Con el cristianismo, devinó una fumigación. El tipo de sujeto que hay detrás no es, obviamente, el mismo.

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