por encima del hombro
octubre 8, 2026 § Deja un comentario
Una de las acusaciones que se dirigen contra la teología racional es que es más racional que teológica. Es habitual citar aquí a Pascal: «Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no de los filósofos y de los sabios.» El mensaje es simple: no cabe pensar a Dios, sin antes experimentarlo. De acuerdo. Sin embargo, lo que no está claro —o al menos no, hoy en día— es qué significa experimentar a Dios. De no planteárnoslo, fácilmente nos desplazaremos de lo simple a lo simplón.
Por lo común, la experiencia de Dios, actualmente, se entiende como sentimiento de Dios, o mejor dicho, como el sentimiento de un presencia invisible que, se supone, anda preocupándose por nuestra suerte. Sin embargo, la deriva sentimental de dicha experiencia fue —y sigue siendo— un as bajo la manga, el recurso desesperado de aquellos que pretenden, por motivos particulares —demasiado particulares—, seguir creyendo en Dios a pesar de que ya no es posible dar por descontado que haya Dios. Hace tiempo que lo sobrenatural ha dejado de verse naturalmente. Así, promover el factor sentimental como base de la fe equivaldría a darle un analgésico a quien padece cáncer… creyendo que este es el remedio. Es como si quienes rechazan la teología racional nos dijeran —y mirando al racionalista por encima del hombro— que se trata de adherirse a un mapa mental en donde todo encaja… siempre y cuando no nos hagamos demasiadas preguntas sobre las irregularidades del territorio. Es como si se nos pidera que siguiésemos utilizando un mapa medieval para orientarnos. Quizá podríamos continuar utilizándolo para ir al pueblo de al lado. Pero no, para transitar por Europa.
La teología racional —y aquí conviene tener presente que racional es un adjetivo— no tiene otro propósito que el apologético. La cuestión a la que se enfrenta —su única preocupación— es la de la verdad… teniendo en cuenta que no habrá hechos que la confirmen. Modernamente, no pueden haberlos. De ahí que posea un sesgo especulativo que, en apariencia, lo aleja de la experiencia. Sin duda, este es su riesgo. Pero se trata de un riesgo evitable. Pues el punto de partida de la teología racional es el Gólgota —tercer día incluido—, la cima en la que el mundo que corresponde a los mapas mentales se revela como cartón piedra. Nadie puede decir que ha experimentado a Dios mientras siga contando con Él como quien cuenta con el ángel de la guarda de su infancia. En realidad, la experiencia de Dios es indisociable de asumir el imperativo que se desprende de nuestro hallarnos frente a Dios, esto es, enfrentados a su insobornable trascendencia o silencio. Al fin y al cabo, la experiencia de Dios encuentra su envés en la cuestión de Dios, en el doble sentido del genitivo. Como fue el caso de Job.