filosofía y retórica
octubre 27, 2026 § Deja un comentario
La retórica, esa habilidad para desplazar las palabras de la tribu, tiene mala prensa. Tampoco es porque sí. Pues intuimos que el retórico —el sofista— nos seduce, al igual que el prestigitador, creando la ilusión de realidad donde no hay más que un trampantojo. Sin embargo, si nos seduce es porque aún creemos que las palabras arraigan sobre tierra firme. Fue Platón quien intentó desmarcar a su maestro, Sócrates, de sus contemporáneos, los sofistas. Y de ahí que acuñase el término filósofo, cuya intención fue, obviamente, polémica: Sócrates no fue unos de ellos… aunque lo pareciese. Ahora bien, la solución platónica al relativismo de la sofística fue la trascendencia: hay realidad, aunque no para nosotros. Para nosotros, su apariencia, su deformación, esto es, la perspectiva.
Sin embargo, no fue hasta, precisamente, el Sofista y, sobre todo, el Parménides que Platón no dio en el clavo del carácter dialéctico, por no decir paradójico, de lo real-absoluto y, en definitiva, del Bien. La disciplina de la razón —la lógica— es el único recurso para sortear el ilusionismo. Así, y por lógica, el haber se revela, en sí mismo, como un debe haber. Pero, por esta razón, el haber como tal —el puro haber— se suprime a sí mismo. Y de ahí el tiempo. Lo curioso es que, con ello, Platón vuelve a abrirle la puerta al sofista. Y de par en par. Al menos porque lo que nos queda es, precisamente, jugar con las palabras. Y acaso por obligación. Pues sobre el haber, en cuanto tal, no hay mucho más que decir.