Plato for dummies (3)
noviembre 6, 2026 § Deja un comentario
1— Como es sabido, para Platón, el cuerpo es la cárcel del alma. No somos alma y cuerpo, sino almas encerradas en cuerpos. La imagen es poderosa: el cuerpo —sus demandas— impide el vuelo del alma.
2— La idea de fondo es que nos encontramos bajo dos tipos de inclinaciones o exigencias: las que proceden del cuerpo y las que caracterizan el alma. Hoy en día diríamos que las primeras son las propias del mono que llevamos dentro, las más elementales, las que proceden del gen. Las segundas, en cambio, apuntan al más allá (y por más allá no me refiero, necesariamente, a los cielos). Así, no solo aspiramos a procrear, sino también a procear con amor. A que haya, en definitiva, encuentro y no solo rozamiento. De hecho, cuando reaccionamos instintivamente, no aspiramos estrictamente a nada. Las reacciones del mono que llevamos dentro solo buscan la satisfacción de la necesidad biológica. Ciertamente, el mono que llevamos dentro intentará aparearse con un cuerpo bello. Pero solo porque instintivamente sabe que la belleza es un signo de salud.
3— ¿Por qué, entonces, el cuerpo es una cárcel y no, simplemente, una habitación o, incluso, un hogar? Platón tiene en mente, sobre todo, la fragilidad del cuerpo, su exposición a la enfermedad, en definitiva, a la impotencia. Pero podríamos ir un poco más lejos. El cuerpo —hoy diríamos el gen— tiende a prevalecer. Pues supongamos que una mujer se enamora perdidamente de un hombre feo, con tara, un tanto deforme… por su carácter —su alma—. ¿Es posible? Sí. Pero también es posible —de hecho, lo más probable— que una vez surja el hiato, el malentendido, la incomprensión… —y, tarde o temprano, surgirán—, escuche la voz de su cuerpo diciéndole que, con ese hombre, no tendrá hijos sanos. Ciertamente, cabe que no lo escuche tal cual. Pero que, en su lugar, se diga a sí misma que el amor se ha terminado o que ya no es lo mismo que antes no quita, necesariamente, que sea el cuerpo —el gen— quien provoca ese sentimiento de rechazo. Vivir siendo fiel a la aspiración del alma no es fácil. El mono que llevamos dentro reclama una atención casi exclusiva.
4— El alma es la aspiración —el amor— a lo verdadero, a lo que en verdad tiene lugar en lo que pasa o sucede. Es, según Platón, lo que somos. Podríamos traducirlo del siguiente modo: al fin y al cabo, somos esa voluntad de permanecer leales a lo real, de vivir de acuerdo con la aparición. Pues, desde el horizonte de la nada, todo es aparición, milagro, excepción. Ciertamente, también podemos vivir de espaldas a esta voluntad —también podemos traicionarnos—. Es decir, entre sombras, sometidos a lo impersonal —a lo que se dice, se hace—, confundiendo lo que nos parece que es con lo que es y, en definitiva, el tener con el ser. Como si estuviéramos en Twitter, intentando imponer nuestra opinión (y ninguna opinión es nuestra: únicamente nos pertenece el interrogante, la inquietud, el no terminar de encontrarnos en donde estamos, la aspiración). Sin embargo, lo cierto es que nuestra altura no se mide por lo que poseemos —aun cuando esta sea nuestra creencia inicial—, sino por lo que amamos. Y amar, en griego, significa perseguir. Ahora bien, tan solo cabe amar lo inalcanzable, lo verdadero o real.
5— Lo que pone en juego el socrático cuidado del alma muestra un sesgo político: qué voz gobierna nuestra existencia —qué voz debe gobernarla—. Como sujetos estamos sujetos a. Así, o manda el mono que llevamos dentro, o manda el alma, nuestra más íntimo anhelo. De lo que se trata, al fin y al cabo, es de la formación del carácter, de que no nos pueda lo que nos sucede y no vale la pena. Esto es, de la libertad interior.
6— Que en lo más íntimo aspiremos a lo que trasciende el dato, a lo verdadero, a cuanto nos traemos entre manos —que el todo no termine de ser el todo para el alma— sugiere, según Platón, que no pertenecemos al mundo. Como si fuéramos de otro mundo, el mundo real. De ahí que la encarnación —que no seamos un cuerpo, sino que tengamos un cuerpo— sea entendida como una especie de caída, una caída en el tiempo. Ahora bien, ¿qué sabe quien sabe? Que la caída es, precisamente, lo que debe ser o acontecer. Sócrates, al menos según Platón, creyó que la muerte era un regreso. Y por eso el aprender a morir significa, en buena medida, un liberarse del imperativo del cuerpo, el cual nos mantiene a ras del suelo. No tengo tan claro que Platón estuviera convencido de que al morir regresamos. Pues no hay regreso que valga si la caída es la realización del Bien.