genealogía
marzo 22, 2010 § Deja un comentario
Nosotros los que conocemos somos desconocidos para nosotros, nosotros mismos somos desconocidos para nosotros mismos. No nos hemos buscado nunca —¿cómo iba a suceder que un día nos encontrásemos? Con razón se nos ha dicho: “donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón”. Nuestro tesoro está allí donde se asientan las colmenas de nuestro conocimiento. Estamos siempre en camino hacia ellas como animales que recogen la miel del espíritu y, así, nos preocupamos de corazón de una sola cosa: de “llevar algo a casa”. En lo que se refiere, por lo demás, a la vida, a las denominadas “vivencias” ¿quién de nosotros tiene suficiente seriedad para ellas —o suficiente tiempo? Me temo que en tales asuntos jamás hemos prestado la suficiente atención: ocurre precisamente que no tenemos allí nuestro corazón —¡y ni siquiera nuestro oído! Antes bien, así como un hombre divinamente distraído y absorto a quien el reloj acaba de atronarle fuertemente los oídos con las doce campanadas del mediodía se desvela de golpe y se pregunta “qué es lo que en realidad ha sonado ahí?”, así también nosotros nos frotamos a veces las orejas después de ocurridas las cosas y preguntamos, sorprendidos del todo, perplejos del todo, “¿qué es lo que en realidad hemos vivido ahí?”, más aún, “¿quiénes somos en realidad?” y nos ponemos a contar con retraso, como hemos dicho, las doce vibrantes campanadas de nuestra vivencia, de nuestra vida, de nuestro ser —pero siempre nos equivocamos en la cuenta… Necesariamente permanecemos extraños a nosotros mismos, no nos entendemos, tenemos que confundirnos con otros y en nosotros se cumple por siempre la frase que dice “cada uno es para sí mismo el más lejano” —en lo que a nosotros se refiere, no somos “los que conocemos”.
F Nietzsche
Deja un comentario