maldad
abril 13, 2010 § Deja un comentario
¿Existe un maldad tan extrema que se encuentre más allá de toda posible redención? ¿Existe algo así como una voluntad de mal? Un pensamiento serio no puede responder fácilmente a esta cuestión. Es cierto que el mal ha sido mal comprendido en Occidente. Por lo común, en tanto que hijos de padres que convivieron sin amarse —en tanto que herederos de Atenas y de Jerusalén—, no sabemos qué decir. Por un lado, tendemos a creer griegamente que el mal es un error —o una enfermedad—. Por otro lado, sospechamos judíamente que el hombre, en el fondo, quiere el mal —que el hombre no puede admitir como propia la voluntad de Dios—. Ciertamente, nos tranquiliza creer que el hombre tiene remedio, que nadie puede actuar mal sin ignorar en qué consiste el verdadero bien. Nos tranquiliza creer que el hombre puede confiar en su posibilidad de transformación. Ahora bien, esta confianza no parece que vaya lo suficientemente lejos en el escrutinio. No se trata de ceder al peor de los pesimismos. Se trata de caer en la cuenta que el hombre no puede evitar desear la transgresión, donde se le impone la Ley. Se trata de comprender que el hombre, desde sí mismo, no puede amar la Ley. No es casual que el psiconanálisis sea un producto judío.
En cualquier caso, quizá deberíamos reconocer sin complejos que la fe es incompatible con la creencia roussoniana de que el hombre es bueno por naturaleza —que hay algo así como una chispa divina en el fondo del corazón humano—. Quien sostiene esto, por otro lado tan griego, aún no depende de Dios —aun no puede confiar únicamente en la literalmente increible intervención de Dios—. Aún no es lo suficientemente musulmán. Para el griego lo divino es una posibilidad del hombre, al menos por aproximación. El hombre puede hacer lo debido, santificarse. Pero para el judío, no cabe tal posibilidad. La Ley solo puede cumplirse externamente. O lo que viene a ser lo mismo, el hombre puede hacer justifcia, pero no amar. Porque el judío ha sufrido en carne propia la impiedad del corazón humano, solo el judío sabe que únicamente un dios puede salvarnos. Ciertamente, hay judíos que admiten esto de la chispa divina. Pero no se atreven a decir que el hombre pueda reconciliarse con ella —unirse a Dios—, haciendo lo debido. El hombre debe cumplir con la Ley. Pero no obtendrá, por ello, la bendición. La bendición permanece en el hombre, precisamente, como lo que ha sido dejado atrás… para que el hombre sea. La Creación es, sin duda, un origen absoluto.
(Ahora bien, un judío también está convencido de que si el hombre existe de espaldas a Dios es porque Dios le dió primero la espalda. Con todo, ésta y no otra es la raíz de lo mejor y lo peor del hombre, al fin y al cabo, de su genuina libertad. No deja de ser inquietante que el hombre solo viva en verdad mientras sigue sometido a una ciega confianza. Pero éste es, sin duda, otro asunto…)
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